Más allá de las buenas intenciones
No es criticable tener buenas intenciones, el problema
es que –miradas seriamente- éstas tienen por objeto más el de disuadir
sospechas que el de resultar efectivas. En manos de muchos son formas
públicas para ocultar formas privadas; en manos de otros son formas de
salvarse del mal, que desalojan de sí y ven aparecer de manera excesiva
en los otros. ¿Es en manos de unos terceros que éstas darían paso a una
producción de hechos interesantes y valiosos? Parecería más bien que para
ponerse productivas las buenas intenciones deben tanto dejar de ser intenciones como de ser buenas. Deben pasar por un lado a ser actos y no permanecer
en el universo de la declamación, y al hallar consistencia de acto deben
también incluir la agresividad, la ambición, el deseo que la posición
“buena” no logra poner en juego. Al volvernos buenos de toda bondad eliminamos
sin darnos cuenta de nuestra personalidad los impulsos afirmativos, egoístas
y creativos que paradójicamente serían los únicos capaces de transformar
tantos buenos deseos en algo más que futuras decepciones. Más que sentir
que el bueno es un resignado y triste, lúcido pero aplastado por la vida,
sería conveniente lograr un perfil de bueno no tan bueno, capaz
de aceptar en sí la tridimensionalidad de cualquier personalidad normal.
Para decirlo de otra forma: o cultivamos “la posición buena” o vivimos
una vida de personas. Las personas no son solamente buenas, ni tampoco
malas: son más o menos.
El párrafo anterior no debe entenderse como la propuesta
de ser ni parecer por el contrario “malo”, quiere decir tener ojos para
mirar al mundo que sean capaces de ir más allá de la simpleza del maniqueísmo
y de adentrarse en el mucho más fértil universo de la comprensión, de
la que surgen de manera creativa y natural nuevas realidades. Cuando no
lo hacen, cuando de la comprensión no surge una acción superadora, debemos
sospechar de la calidad de esa comprensión, ya que el entendimiento está
ligado de manera directa a la acción que continúa la forma en constante
elaboración de la realidad.
La simpleza del maniqueísmo -que es nuestra y no
de otros- tiene dos facetas: una es la de plantear valores extremos, opuestos
y traslúcidos, como si la realidad no fuera la complejidad que es sino
una silueta asimilable a simple vista; otra es la de proyectar el origen
de lo negativo en causas y agentes externos, y de esa forma salvar al
practicante de esa filosofía de cualquier trabajo de crecimiento. Es decir,
es una división grosera de partes y al mismo tiempo el emplazamiento de
uno mismo en la parte… buena, ¿cuál si no? El maniqueísmo es una adicción
al bien y al mal (drogas peligrosas: no te subas), se comporta a través
de una veloz moralización de todos los problemas, trabaja en el blanco
y negro del valor. Una moral rica es una moral en color, no sólo capaz
de matices de gris sino de la captación de la extrema diversidad moral
de la realidad social. Para aceptar que la diversidad problemática pueda
ser descripta como color, por supuesto, debemos poner en juego
una visión de la vida que en vez de expresarse como una pasión por el
juicio, la moralización y la crítica logre entender que el conflicto es
vida y no un desvío de la vida hacia zonas vedadas. Que logre, hay que
decirlo con claridad total, salir de la ignorancia de creer que el horizonte
de los problemas sociales es su posible y cercana solución y que deje
en consecuencia de maldecir a todo actor social o sistema que no se ubique
de manera directa en esa falsa sencillez.
Que los políticos mienten está fuera de cuestión.
Confrontado en la intimidad ningún político debería negarlo, sobre todo
si pretende que sus luces sean lo suficientemente poderosas como para
poder guiar su camino político hacia un relativo éxito. (Por supuesto
que existe la pregunta, en las conciencias de quienes no pertenecemos
al mundo de la política: ¿saben que mienten, saben de manera clara
que su discurso es funcional, operativo para cumplir con ciertas intenciones,
o deben en cada caso creer lo que dicen como si fuera cierto?. Es decir:
¿se trata realmente de una lucidez operativa o de una patológica escisión
de la personalidad que no permite que la conciencia sea capaz de percibir
el juego de su propio doblez?).
Más que ver en la presencia de la mentira en la política
el testimonio de una hipocresía deberíamos entender su funcionalidad.
Sería un error creer que el político miente en su propio beneficio y que
si actuara en beneficio público diría en cambio “toda la verdad”, o al
menos la verdad de la que es capaz (aun en el peor de los casos siempre
superior a la que accede a exponer). El político miente en beneficio de
la sociedad, lo hace no sólo porque le conviene a su propia carrera de
poder sino porque además la comunidad lo utiliza para su propio objetivo
de eludir la verdad. ¿Por qué si no los candidatos que dicen más verdad
son los menos votados? La explicación habitual, un poco corta de vista,
sugiere que este hecho está determinado por una manipulación de
la información, o de los hechos, como si el político hiciera uso de la
verdad de manera completamente libre e independiente y no estuviera sumergido
en una trama mucho más compleja de hechos y apariencias. No podemos negar
que la sociedad misma es la que hace uso de la verdad (se miente), y prefiere
una posición política y existencialmente cómoda antes que una realista.
De otra forma los caminos de nuestro país serían menos escabrosos. A este
ejercicio de una conciencia que se autoengaña y representa el rol de buena le corresponde el nombre de progresismo, y es un estado de minoría de
edad de la conciencia, demagógicamente eficiente pero por lo demás…
En todo caso lo importante de estas encrucijadas
morales es que en la medida en que las buenas intenciones o una visión
cándida del sentido de la vida puedan dejar paso a una mayor capacidad
de comprensión y observación de las cosas como son seremos también más
capaces de pensamiento. Ver más verdad implica ver más allá de la mentira
que gustamos creer, sea en relación con las intenciones (nuestras o de
otros), sea en relación con la posibilidad de comunicar algo en el discurso
político, o en la zona más amplia del conocimiento del mundo. No es bueno
sin embargo abogar a lo loco por una verdad a la que no podríamos responder.
Conviene ir mirando de a poco, aceptando incorporar aquello que podamos
metabolizar. Así como un psicoanalista sabe que no es útil confrontar
al paciente de manera directa con una verdad a la que este no puede hacer
frente, nosotros debemos tenernos paciencia. Ser tridimensionales tiene
sus problemas.
|