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2003 - Revista Plan V

Más allá de las buenas intenciones

No es criticable tener buenas intenciones, el problema es que –miradas seriamente- éstas tienen por objeto más el de disuadir sospechas que el de resultar efectivas. En manos de muchos son formas públicas para ocultar formas privadas; en manos de otros son formas de salvarse del mal, que desalojan de sí y ven aparecer de manera excesiva en los otros. ¿Es en manos de unos terceros que éstas darían paso a una producción de hechos interesantes y valiosos? Parecería más bien que para ponerse productivas las buenas intenciones deben tanto dejar de ser intenciones como de ser buenas. Deben pasar por un lado a ser actos y no permanecer en el universo de la declamación, y al hallar consistencia de acto deben también incluir la agresividad, la ambición, el deseo que la posición “buena” no logra poner en juego. Al volvernos buenos de toda bondad eliminamos sin darnos cuenta de nuestra personalidad los impulsos afirmativos, egoístas y creativos que paradójicamente serían los únicos capaces de transformar tantos buenos deseos en algo más que futuras decepciones. Más que sentir que el bueno es un resignado y triste, lúcido pero aplastado por la vida, sería conveniente lograr un perfil de bueno no tan bueno, capaz de aceptar en sí la tridimensionalidad de cualquier personalidad normal. Para decirlo de otra forma: o cultivamos “la posición buena” o vivimos una vida de personas. Las personas no son solamente buenas, ni tampoco malas: son más o menos.

El párrafo anterior no debe entenderse como la propuesta de ser ni parecer por el contrario “malo”, quiere decir tener ojos para mirar al mundo que sean capaces de ir más allá de la simpleza del maniqueísmo y de adentrarse en el mucho más fértil universo de la comprensión, de la que surgen de manera creativa y natural nuevas realidades. Cuando no lo hacen, cuando de la comprensión no surge una acción superadora, debemos sospechar de la calidad de esa comprensión, ya que el entendimiento está ligado de manera directa a la acción que continúa la forma en constante elaboración de la realidad.

La simpleza del maniqueísmo -que es nuestra y no de otros- tiene dos facetas: una es la de plantear valores extremos, opuestos y traslúcidos, como si la realidad no fuera la complejidad que es sino una silueta asimilable a simple vista; otra es la de proyectar el origen de lo negativo en causas y agentes externos, y de esa forma salvar al practicante de esa filosofía de cualquier trabajo de crecimiento. Es decir, es una división grosera de partes y al mismo tiempo el emplazamiento de uno mismo en la parte… buena, ¿cuál si no? El maniqueísmo es una adicción al bien y al mal (drogas peligrosas: no te subas), se comporta a través de una veloz moralización de todos los problemas, trabaja en el blanco y negro del valor. Una moral rica es una moral en color, no sólo capaz de matices de gris sino de la captación de la extrema diversidad moral de la realidad social. Para aceptar que la diversidad problemática pueda ser descripta como color, por supuesto, debemos poner en juego una visión de la vida que en vez de expresarse como una pasión por el juicio, la moralización y la crítica logre entender que el conflicto es vida y no un desvío de la vida hacia zonas vedadas. Que logre, hay que decirlo con claridad total, salir de la ignorancia de creer que el horizonte de los problemas sociales es su posible y cercana solución y que deje en consecuencia de maldecir a todo actor social o sistema que no se ubique de manera directa en esa falsa sencillez.

Que los políticos mienten está fuera de cuestión. Confrontado en la intimidad ningún político debería negarlo, sobre todo si pretende que sus luces sean lo suficientemente poderosas como para poder guiar su camino político hacia un relativo éxito. (Por supuesto que existe la pregunta, en las conciencias de quienes no pertenecemos al mundo de la política: ¿saben que mienten, saben de manera clara que su discurso es funcional, operativo para cumplir con ciertas intenciones, o deben en cada caso creer lo que dicen como si fuera cierto?. Es decir: ¿se trata realmente de una lucidez operativa o de una patológica escisión de la personalidad que no permite que la conciencia sea capaz de percibir el juego de su propio doblez?).

Más que ver en la presencia de la mentira en la política el testimonio de una hipocresía deberíamos entender su funcionalidad. Sería un error creer que el político miente en su propio beneficio y que si actuara en beneficio público diría en cambio “toda la verdad”, o al menos la verdad de la que es capaz (aun en el peor de los casos siempre superior a la que accede a exponer). El político miente en beneficio de la sociedad, lo hace no sólo porque le conviene a su propia carrera de poder sino porque además la comunidad lo utiliza para su propio objetivo de eludir la verdad. ¿Por qué si no los candidatos que dicen más verdad son los menos votados? La explicación habitual, un poco corta de vista, sugiere que este hecho está determinado por una manipulación de la información, o de los hechos, como si el político hiciera uso de la verdad de manera completamente libre e independiente y no estuviera sumergido en una trama mucho más compleja de hechos y apariencias. No podemos negar que la sociedad misma es la que hace uso de la verdad (se miente), y prefiere una posición política y existencialmente cómoda antes que una realista. De otra forma los caminos de nuestro país serían menos escabrosos. A este ejercicio de una conciencia que se autoengaña y representa el rol de buena le corresponde el nombre de progresismo, y es un estado de minoría de edad de la conciencia, demagógicamente eficiente pero por lo demás…

En todo caso lo importante de estas encrucijadas morales es que en la medida en que las buenas intenciones o una visión cándida del sentido de la vida puedan dejar paso a una mayor capacidad de comprensión y observación de las cosas como son seremos también más capaces de pensamiento. Ver más verdad implica ver más allá de la mentira que gustamos creer, sea en relación con las intenciones (nuestras o de otros), sea en relación con la posibilidad de comunicar algo en el discurso político, o en la zona más amplia del conocimiento del mundo. No es bueno sin embargo abogar a lo loco por una verdad a la que no podríamos responder. Conviene ir mirando de a poco, aceptando incorporar aquello que podamos metabolizar. Así como un psicoanalista sabe que no es útil confrontar al paciente de manera directa con una verdad a la que este no puede hacer frente, nosotros debemos tenernos paciencia. Ser tridimensionales tiene sus problemas.

 

 

 

 
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