Teoría de la celebración:
Osho, Madonna y las fiestas
El término enciende dos caminos neuronales, acerca
dos referencias: Osho y Madonna. Osho, gurú de brillo intelectual, habla
de la celebración en algunos párrafos de su libro “Creatividad”. Madonna
canta holiday, celebrate, y la recuerdo trabajando como una obrera
en el escenario de River Plate, ganándose a la audiencia a base de entrega
y esfuerzo bien dirigido.
Empecemos por ver qué trae Osho. En el libro mencionado
dice: para mí hay dos tipos de personas, los ambiciosos y los celebrantes.
Desarrolla la idea explicando que los ambiciosos están locos, buscan siempre
más allá, quieren llegar a alguna parte. Los celebrantes en cambio ya
están donde deben estar, en vez de acudir al pretexto de una búsqueda
para ponerse lejos de sí mismos hacen a cada detalle de su realidad objeto
de una mirada amorosa. Y propone, exclamando: sed celebrantes, ¡celebrad!.
Ya tienes demasiado.
Llegado a este punto del texto siento siempre el
mismo acceso de gracia y humor, porque imagino este pensamiento contrastado
con las posiciones más retrógradas y lamentosas del sentido común. ¿”Lo
qué” hay que celebrar?, diría un progresista decepcionado por el avance
del liberalismo internacional, o un fracasado psicológico, o un doliente
por motivos de peso real e inobjetable.
Pero las ideas son herramientas. Sirven para algo,
no para todo. La idea de la celebración tiene su utilidad y su sentido
-como vamos a ver inmediatamente-, y también tiene, como tiene cualquier
otra herramienta, sus límites. Un martillo sirve para clavar clavos pero
no para pintar una pared. Nadie descalifica a un martillo por no ser capaz
de esparcir pintura por una superficie. En el campo de las ideas, sin
embargo, el recurso de la objeción suele inutilizar las visiones frente
a las que sentimos resistencia demostrando que no sirven para no que en
realidad nunca quisieron servir. ¿Qué es sentir resistencia frente a una
idea? Rechazar el mundo de posibilidades que esa idea abre, atacar la
idea para no tener que vivir la experiencia que ella trae consigo.
¿Para qué sirve la idea de celebración que propone
Osho? Celebrar no tiene que ver con vivir alguna circunstancia excepcional
(¡qué fantástica esta fiesta, mirá quién vino!), sino con darle plena
entidad a cada cosa de la existencia corriente. Osho pone ejemplos: las
flores se han abierto, los pájaros están cantando, el sol está en el cielo;
¡celébralo! Estás respirando, estás vivo y tienes conciencia, ¡celébralo! Lo celebrable no es en la perspectiva que Osho nos propone algo díficil
de conseguir, un logro, es por el contrario lo más básico de la vida,
aquello que damos generalmente por supuesto y pasamos por alto pero que
bien mirado se muestra como la maravilla extraordinaria que es. Lo celebrable
es la existencia misma, logro de todo logro, punto de partida de nuestras
vidas particulares y a la vez punto de llegada de millones de años de
acontecimientos impensables.
Digamos la enumeración de la frase citada con otras
palabras: hay flores, colores, exhuberancia de la forma, sexualidad vegetal
que se ofrece a la reproducción de la vida (¿son nuestros genitales las
flores de nuestro cuerpo, demasiado expresivas de la vida como para poder
ser estetizadas y puestas en tarjetas románticas?). Los pájaros cantan,
se buscan entre sí, vida que circula por el aire. El sol: fuente de luz
y calor, prototipo de toda invención de dios, realización natural de una
superpotencia de vida al punto de resultar peligroso en su abundancia
de energía liberada. Respiramos: tenemos fuelles alquímicos en nuestro
pecho que transforman el gas de nuestro entorno en vida asimilable, nutrición
elemental y constante, perfecta para mantener andando esta máquina de
carne que somos. Vivos y con conciencia: doblemente vivos, encendidos
de la vida y capaces de percibir esta pertenencia en una aventura lisérgica,
materia transfigurada al punto de admirarse de sí misma. ¿Es poco? La
pregunta nos lleva a la respuesta que merecen quienes se decepcionan al
suponer que tras la muerte no hay nada, y preguntan: ¿entonces todo esto
para nada? La respuesta correcta es: ¿te parece poco?, ¿querías más aun?,
¿acaso sabrías qué hacer con tanto?
Si tomamos la propuesta de la celebración al pie
de la letra es necesario hacerle una corrección, o mejor dicho un pequeño
ajuste, y agregar a esta enumeración de hechos naturales y básicos los
objetos que realmente nos rodean. De otra forma parecería que sólo puede
celebrarse la naturaleza en su estado puro de árbol y de pájaro, y nos
situaríamos inmediatamente en la lamentación (el antónimo de la celebración)
respecto de nuestra circunstancia moderna de acero y combustión. Diríamos,
desengañados, sí, Osho lo dice porque está en el campo, pero celebrar
en la ciudad no es fácil. Pero es posible: celebro el edificio de enfrente,
el colectivo que pasa, las estaciones de servicio, los canales de cable,
la bicicleta fija, las estufas y el modem.
En el mismo texto Osho propone como modalidad congruente
con esta visión celebratoria la actitud del agradecimiento: toda la
energía que se convertía en angustia se convierte en gratitud. Todo
tu corazón late con un profundo agradecimiento. El agradecimiento es una
celebración aparentemente callada, distante del jolgorio, pero en su recorrido
detallado por las formas de las cosas, el agradecimiento impulsa la celebración.
El agradecimiento enhebra los objetos y las vivencias en el collar de
la conciencia (¡epa!). Gracias por mi reloj de plástico, gracias por la
lapicera, gracias por la factura del teléfono, gracias por mi DNI, gracias
por la servilleta de papel. Agradecer o celebrar grandes cosas es celebrar
menos, porque el objeto de alguna manera se impone a través del impacto.
Celebrar propiamente dicho es posible cuando el objeto es trivial y es
la mirada la que lo ensalza y exalta. La celebración es esa operación
de emplazamiento de los hechos en la escena de la gloria (¡epa otra vez!)
Pero volvamos sobre el punto conflictivo:
la celebración puede parecer una actitud un poco salame, sobre todo si
la contrastamos con la actitud seria y enterada de una sensibilidad exigente.
Sin embargo nos equivocaríamos si viésemos en este fenómeno celebratorio
un cómodo conformismo. Por el contrario, esta celebración constante de
todo lo dado es el punto más difícil para una sensibilidad que intenta
cuidarse y por lo tanto se administra -como lo hace toda sensibilidad
normal-, que gusta atarse en la sensatez en vez de ponerse a la altura
de la libertad de las posibilidades de la vida.
Para la perspectiva de la celebración el mundo es
pura riqueza. En vez de partir del principio de la carencia (en economía
se lo define como “no hay de todo para todos”) partimos en la celebración
del (¿delirante?) principio de la abundancia. Y entendemos la sensación
de falta de posibilidades no como una realidad sino como una estrategia
de la sensibilidad para sofrenar tanta disponibilidad. El mundo es pura
riqueza, se nos ofrece como un jardín de las mil y una noches en cada
paso que damos, ¿de qué fuerza habría que estar dotado para poder responder
a semejante derroche? La depresión es más llevadera que el estado de celebración,
es más económica, pide menos, da menos, todos en paz.
Lo difícil de cumplir en esta perspectiva celebratoria
es eliminar las salvedades. Uno suele decirse: bueno, sí, yo podría celebrar
siempre y cuando… y ahí introducimos la salvedad que nos cubre, que suele
ser una referencia al cuco llamado “el sistema” o algo por el estilo,
el reino excusante de las “circunstancias”. Pero lo extremo y revolucionario
de la propuesta está en que la celebración debe derramarse sobre lo concreto
e inmediato, sea cual sea su contenido y contexto.
Casi podríamos decir que la mirada de nuestro sentido
común es la opuesta a la de la celebración. En vez de exaltar la vida
real y captar su riqueza el sentido común se complace en declarar a esa
vida cerrada y pobre. La cantidad de pobreza disponible puede achacarse
más a esa actitud (la anti celebración convoca a la pobreza) que a circunstancias
ajenas a nuestras intenciones. Según Osho no hay circunstancias ajenas
a nuestras intenciones o mejor dicho a nuestra emanación de ser. La suya
es una visión de extrema auto responsabilidad pero sin el sentido pesado
y de reproche que la responsabilidad tiene en boca de un preceptor de
colegio secundario, por ejemplo.
De todas formas, y hay que aclararlo, no se puede
a partir de esta concepción de la celebración dar lugar a una exaltación
constante, a no ser que uno adopte la estrategia de representar (fingir)
una vida en vez de buscar simplemente (y complejamente) serla. En las
vidas reales la celebración es un vaivén, diríamos, posible sólo en momentos.
Pero esto no es una renuncia, también es posible marcar un carácter general
para la experiencia propia, y engarzar los distintos momentos de la existencia
personal en el hilo de amargura o en un hilo celebratorio.
¿Y Madonna? Ella representa el jolgorio, el punto
exultante de la celebración. Podemos usarla para llamar la atención sobre
otros aspectos de la celebración: el trabajo que lleva, la disciplina,
la ambición que la habita en profundidad, ambición que solemos leer como
egoista deseo de predominio pero que debemos comprender como benéfico
impulso de autoafirmación. Sí, lo mismo pero al revés. Cabe también entonces
la fiesta, la celebración organizada de un momento que se produce como
momento especial, rito de encuentro y desborde controlado. Si no es controlado
–cada uno sabe su medida- la celebración se desbarata, la ficción de que
más es siempre mejor hasta llegar al cielo no repara en que el cielo es
una versión de la muerte. Es más fácil apretar el acelerador hasta el
fondo que llevarlo en el punto de la velocidad que más felicidad aporta.
Pero la medida es un arte que llega con la edad.
Si nos fuéramos a basar en esta actitud para enfocar
las fiestas deberíamos rescatar la oportunidad que nos brindan de ser
felices. Abandonar la defensiva actitud de “otra vez el quilombo de la
interacción familiar y las grandes comidas” para dejarse llevar por el
encuentro tal como se presente. Cada cual celebra en la medida de sus
fuerzas.
|