Lo que la filosofía le dijo a la política
El momento político, nuestra crisis instalada que
deja ya de ser crisis, es un momento en el que se oponen distintas visiones
del mundo. Se enfrentan candidatos en la lucha electoral, pero desde otro
punto de vista son modos de vivir los que se enfrentan, modos que no pueden
atribuirse de manera clara las propuestas de uno u otro sino que están
entremezcladas en todos ellos, y en todos nosotros. La compleja situación
puede ser abordada identificando dos sentidos opuestos: el de la producción
de crisis –o desastre– y el de la producción de país. La idea que subyace
en esta propuesta de análisis es que cualquiera sea la realidad que vivimos
ésta es un resultado directo de nuestros actos, que somos nosotros los
que engendramos nuestra riqueza o nuestra pobreza a través de la forma
y el estilo de tejer nuestras vidas y nuestras relaciones sociales.
La producción de crisis es indirecta y tal vez hasta
inconsciente, pero al mismo tiempo clara e intencional. Tiene que ver
entre otras cosas con nuestra evidente militancia nacional en la decepción
y la negatividad, como si esta fuera una opción de lucha y lucidez cuando
no es más que construcción de calamidades. La vemos asomar por ejemplo
en ideas infantiles del tipo “que se vayan todos” (como si siempre la
responsabilidad la tuviera otro, y fuera más importante mostrarse inmaculado
y digno que intervenir), o en la absurdidad de que el voto en blanco “es
un mensaje a la clase política”. Como mensaje, esa abstinencia sería en
todo caso traducible a las siguientes palabras: hagan lo que quieran con
nosotros que total nos conformamos con hacernos los dignos y los ofendidos
¿Acaso no es claro que la lucha contra la corrupción es una lucha de poder
y no una simple oposición de posturas morales, que se trata de generar
mundo y no de indignarse? ¿Hasta cuando vamos a sentir cariño por estas
posiciones pasivas y su falsa apariencia de acción? En última instancia,
¿por qué creer que las cosas deberían cambiar por sí mismas, sin nuestra
participación decidida?
Responsabilidad
El fracaso, la catástrofe, la desgracia, cumplen
un rol poderoso en nuestra sociedad. Es una función simbólica que estructura
realidades y momentos, un compromiso afectivo de incapacidad de logros
que nos da extrañas y perversas satisfacciones. Hay que dejar de pensar
nuestra caída como un hecho que se nos vino encima pese a nuestros intentos
de evitarla y entender cómo la engendramos. Nuestra situación, proviene
de la pobreza humana que está en nosotros y no pudimos aun superar. No
es que seamos pobres por la crisis, es al revés, la crisis expresa nuestra
pobreza. Y es útil y necesario comenzar a pensar la pobreza como carencia
de cualidades y no como mera carencia material. Si no penetramos en su
sentido profundo no vamos a lograr jamás disminuirla.
El otro sentido que disputa espacios en nuestra sociedad
es el de la producción de país ¿a través de qué acciones o actitudes se
hace visible? La realidad se reproduce constantemente a sí misma, y de
esa generación incesante forman parte las vidas individuales y concretas
que producen caminos personales. Ver ese movimiento vital constante e
inevitable de la realidad, comprender lo nuevo que se insinúa en los brotes
de vida y no declararlos nulos es parte del trabajo. Es también necesario
e importante dejar de concebir al individuo como un factor de oposición
a la producción de bienestar comunitario, y entender que él es la puerta
para la mayor creatividad social posible.
Los sentidos sociales explícitos alcanzan logros
interesantes a través de los proyectos de muchas organizaciones, pero
es siempre el deseo individual el que está en el origen y la implementación
de esos movimientos.
Los individuos no son instancias que deben desaparecer
para promover el avance de la sociedad, son la posibilidad de dar lugar
a una aventura concreta de vivir. Y no es siquiera necesario que deje
de lado su propio provecho para resultar útil, ya que cuando el individuo
persigue su bienestar enriquece el universo social mucho más que cuando
renuncia a sí para traducirse en mero militante de social, cuya producción
suele ser más simbólica que efectiva.
El sentido de la construcción de país aparece también
en toda zona de nuestra experiencia en donde las ganas de vivir se hacen
su espacio y avanzan, entendiendo que la existencia de obstáculos y problemas
no es algo fuera de lugar sino lo propio de todo camino de logro. Sí,
ganas de vivir, esa noción que suena indebida o torpe en el contexto de
una reflexión política es la más indicada, precisamente porque corta la
gravedad y la parálisis con la presencia de una variable de afirmación
directa y desde todo punto de vista necesaria.
Más que atravesar un nuevo nivel de sacrificio la
acción de hacer país está en el camino de permitirnos nuevos entusiasmos.
¿Quién puede entusiasmarse por el trabajo político? Por suerte muchos
y no es necesario que el entusiasmo circule por los partidos, en este
punto es nuevamente visible el rol fundamental del individuo, ya que el
sentido de la construcción de país aparece cada vez que una dificultad
es asumida en un movimiento de avance de la responsabilidad como noción
y realidad comunitaria. La nueva política no es “que se vayan todos” sino
la aceptación de la dificultad como algo propio. Y no hace siquiera falta
afiliarse a un partido, si uno prefiere no hacerlo: el movimiento político
es la sociedad misma, en la que hay que participar creciendo, como individuo
y como miembro activo de una comunidad.
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