La buena fe y el oscuro fondo humano
A pesar de que en primera instancia estaríamos tentados
de sentir que el pedido de buena fe resulta, tanto por parte de los organismos
internacionales como por parte de los negociadores argentinos, una especie
de ingenuidad, lo cierto es que bien pensado el término remite a uno de
los principales problemas de la actividad económica: su oscuro fondo humano.
Por más que se la caracterice como ciencia exacta, la exactitud de la
economía está de manera irreductible destinada a la parcialidad. Mientras
más la economía se empeñe en excluir de su campo de trabajo y de reflexión
los imponderables, es decir, los factores irracionales y arbitrarios,
más desesperación generará en los minuciosos corazones de los economistas,
y de todos nosotros. Suponiendo, claro está, que el objetivo del estudio
de las materias económicas sea el de lograr alguna maestría en el arte
de llevar una sociedad, hay que reconocer que no se trata de avanzar frente
a los problemas presentes aplicando una mayor obsesión, sino de hacerlo
buscando una imagen más amplia y abarcativa.
Es necesario que la economía continúe dando el paso
que siempre intenta dar -su reflexión no es para nada ingenua-, e intente
incluir dentro del movimiento de las magnitudes ciertas que maneja el
sutil movimiento que se le escapa. En rigor, no se trata de arbitrariedades,
sino de órdenes pensables con un tipo de complejidad no numérica: lo emocional,
la confianza, lo que podríamos llamar variables espirituales.
Voluntad de acuerdo
Cuando en una negociación entonces se pide buena
fe se invoca la presencia de un elemento fundamental de este orden no
cuantificable: la voluntad de acuerdo. No se trata de otra cosa, podríamos
decir, que de poner un límite en la puja, de reconocer un interés superior
en la continuidad del trabajo en común que en la obtención del mayor beneficio
posible. Las negociaciones están llenas de tironeos y es normal que así
sea: se trata de una danza de intenciones que van encontrándose en un
punto aceptable para las partes. La buena fe es la música que permite
que esa danza vaya produciendo los movimientos paulatinos del acercamiento.
La otra posibilidad, a la que incluso las mejores negociaciones se entregan
por momentos, es la mala fe, el momento en que es necesario ejercer la
máxima presión posible. También esta fase es normal y aceptable, y no
debe asustar a nadie. No soy economista, y mi única virtud en temas económicos
es reconocer la ignorancia que la mayor parte del sentido común oculta
(opinando sobre todas las medidas de la conducción económica como si se
tratase de cosas sencillas cuando poseen una complejidad superior a la
sospechada), pero percibo un tono en la gestión del Ministerio de Economía
que me parece importante destacar: firme, serio, tranquilo, atento a las
variables políticas de una manera sutil. Por otra parte, la buena fe,
ese intangible de peso, no conviene creerlo sólo parte de la negociación
económica externa: es el componente principal de la vida comunitaria y
es importante no olvidarlo. Es verdad que no es posible ni útil desconocer
la ambición de las partes que conforman una sociedad, y hasta es necesario
también comprender hasta qué punto esa ambición arma la eclosión de libertades
que es una democracia y es básica para la salud y el empuje de ella.
Pero la buena fe tiene su espacio y su función en
el arte de vivir juntos: es la sustancia que hace de una sociedad un cuerpo
común. Tenerla no nos salva del enfrentamiento, ni debería salvarnos,
pero hace que podamos reconocer los intereses comunes, que podamos -como
en estas últimas décadas- vivir los choques de poder sin que haya una
violencia política declarada y explícita.
|