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2004 - La Nación

No se trata de vencer al enemigo

El efecto de la fecha patria sobre nosotros pareciera ser el siguiente: miramos para atrás y nos decepcionamos, suponemos a aquellos hombres superiores a los actuales, y nos decimos que deberíamos retomar el compromiso, no abandonar la patria, cómo es posible que hayamos caído tan bajo. Esta percepción no es sin embargo más que un nuevo ejemplo de nuestra habitual pasión triste, de nuestra preferencia por el desencanto antes que por la comprensión, de nuestra costumbre de pensarnos acorralados antes que capaces de concebir salidas y oportunidades.

¿Pero es que se puede leer la historia de otra forma? Sí, se puede. Es necesario recordar que en 1810 las cosas tenían otro sentido. La sociedad era infinitamente más simple, la vida más difícil y más cruel, la guerra una experiencia constante, la independencia una finalidad confusa. Se mataba y se moría aun más gratuitamente que hoy. Precisamente es importante comprender que parte de las dificultades de nuestra Argentina actual tienen que ver con que nadie quiere ya morir por la patria, o para decirlo más claramente, que se quiere una comunidad que no pida perder la vida sino quererla y usarla.

Y no sólo se puede leer la historia de otra forma, también hay que comprender su esencia, que no es otra que la virginidad del presente. Por más que sea moneda conrriente en nuestro tipo de inteligencia el remitirnos al pasado en busca de índices para construir sentido, tenemos que entender que la historia no puede proveerlos. Y no porque no trate cuestiones reveladoras, sino porque la fuerza que resulta más necesaria y útil es la del deseo presente. Esta incluye la historia, es su resultado, y pide menos volver a hacer consciente el proceso de su composición que ser vivida. El presente virgen es el objeto de la historia, su rasgo principal, el filo de donde surgen los hechos, y este no pide compromiso con lo ya sido sino que señala y pide vida actual, osadía, aprender a pensar de manera de evitar los encierros en los que gustamos ponernos.

En el peor momento de su crisis reciente Argentina vivió un trance importante. El peligro compartido nos hizo ver el sentido que tiene la palabra, la realidad, la idea de país. Por un momento, confusamente, se hizo presente en diversos sectores la percepción del cuerpo común del que formamos parte, visible a través del hecho de estar atados a un mismo destino. ¿Pudimos capitalizar esa perpeción, la volvimos a nuestro favor? En la presidencia actual hay algo de eso, y algo de su contrario. Probablemente el alto porcentaje de aceptación del presidente tenga que ver con el deseo de apoyar, con la percepción de que la oposición sistemática, como forma de vida o sistema mental, no hace mundo, que ella tiene más que ver con una militancia en la crisis que con querer dar forma plena a la comunidad nacional. Por otro lado, sin embargo, vemos como en la ideología del actual momento político -y no tenemos que responsabilizar por esto sólo al gobierno- fluyen elementos que en vez de trabajar para lograr reafirmar el cuerpo común y su necesaria conciencia lo hacen en el sentido contrario: me refiero a la creación y canonización de los ogros del momento y a los falsos horizontes morales que plantean: neoliberalismo, década de los 90, los malos que hacen negocios y que nos quieren hacer daño. Las fases por las que atraviesa la presidencia (con sus distintos responsables) no originan desde la nada estos procesos, lo más importante no ocurre en el plano de los hechos políticos. Estos son el reflejo postergado de procesos de sentido que ocupan a la población, en donde se gesta el grado de lo posible y el tono de una época.

Algo más sobre el apoyo. En su nivel más elemental este es mero deseo de creer, expresión de fe, pero en un desarrollo más avanzado supera la pasividad de la expectativa y se transforma en voluntad de hacer e inventar. La idea de la invención es más precisa y sugerente que la de participación, porque la participación sigue fácilmente caminos inefectivos e ideologicos, mientras que la invención señala la necesidad y el valor de lo nuevo, y alude de esa forma al inmenso campo de oportunidades que significa en lo profundo la palabra libertad. Porque tal vez podríamos decir que el sentido del 25 de Mayo, y el de nuestra distancia o relativo desinterés respecto de la fecha patria, tiene que ver con el trasfondo de las concepciones de la idea de libertad. Hoy, para nosotros, la libertad no es algo que se obtiene derrotanto al enemigo. Así lo fue probablemente en la época del histórico Mayo, sobre todo si aceptamos aplicar el pensamiento sencillo con el que vemos la historia desde la opinión pública. Pero para el campo de la realidad actual si hay un enemigo ese somos nosotros mismos. Libertad hoy en día quiere decir sacarse de encima el hábito mediocre de la repetición de crisis, el vicio de aferrarnos a kits ideologicos sencillistas que eluden la complejidad necesaria para el crecimiento, y poder encarar el trabajo de diseño de mundo, de creación de formas, el atrevimiento de querer vivir en la imperfección a la que la vida humana nos condena buscando lo mejor en lo posible. La libertad no es un destino final, alcanzable de una vez para siempre, es más bien una dinámica, y son el proyecto personal y sus ganas de base las fuerzas que buscan en ella vovlerse capaces de movimientos amplios y propios. Es cierto que la fecha patria nos resulta un símbolo bastante indiferente, pero no hace falta lamentar la situación, es mejor comprender la distancia y vivir los problemas en sus formulaciones más reales y recientes. Allí reencontraríamos el sentido del país que creemos perdido.

 

 

 

 
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