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2004 - Noticias

La democracia real

Una cosa es aceptar que el voto universal y equivalente, fundamento de la democracia, es la mejor forma de solucionar las luchas de poder en una sociedad y otra muy distinta creer que la mayoría elige y expresa, por el hecho de serlo, la opción más valiosa entre las disponibles. Al menos eso podríamos decir desde un punto de vista capaz de reconocer criterios de eficiencia y utilidad objetivos, y teniendo en cuenta experiencias realizadas. Es fácil observar cómo, muchas o la mayor parte de las veces, un candidato menos exitoso que el ganador poseía mayores capacidades de gestión, mayor seriedad para el trabajo a abordar, menor tendencia a la corrupción, visiones más tendientes hacia un futuro de trabajo y de producción. En parte esta diferencia queda subsanada mediante el recurso del ballotage, que ayuda a veces a hacer primar perspectivas más refinadas e inteligentes que las que pueden darse en una primera vuelta.

Desde otra perspectiva, sin embargo, tenemos que reconocer que es precisamente a causa de su tendencia al error que una democracia es el sistema más valioso. Una elección con fallas, hecha con los habituales criterios de seducción, es decir, en una competencia entre candidatos en la que hubo lugar para la presión económica o informativa y desinformativa de los grupos de poder protagónicos, es más valiosa que el resultado que gustamos de imaginar como más racional. Y lo es precisamente porque representa no sólo la expresión sumada de todos los individuos nacionales, sino también la expresión del estado espiritual de la situación. Es decir, en la suma de votos se obtiene tanto una cifra conclusiva como la conformación de un sistema de poder que representa el panorama anímico y vital de la población, el estado de su verdad, precisamente a causa de las distorsiones y no pese a ellas.

En efecto, es imprescindible reconocer que tan importante como situar en la cabeza del estado a los hombres más capaces lo es que estos hombres puedan cumplir con la gestión de sus compromisos y pasiones. La objeción que señala el hecho de que estos hombres pueden ser los menos idóneos para gestionar según la conveniencia del bien común, por haber llegado a ocupar su lugar siendo beneficiados por el movimiento de los poderes y sus mecanismos no democráticos de legitimación, es poco atendible. Por lo contrario, permite más bien llegar a la enunciación temida pero cierta: lo mejor para una comunidad es que la democracia exprese los errores y defectos que esa comunidad posee de manera profunda. Sólo en esa expresión una sociedad puede elaborar su síntesis, su solución –en el caso de que la desee o sea capaz de ella-, mientras que en el alucinado e imposible camino de una racionalidad política inmaculada esta perdería su alma. Es más: tal camino no es posible, nuestro error es añorarlo más allá de lo prudente y dejarnos caer en el reproche frente a las formas que rigen. Ese reproche nos quita fuerza, conciencia e inteligencia. Una sociedad no es una máquina, es un cuerpo espiritual dotado de sentidos a los que es necesario comprender y actuar para permitirles ir logrando su forma más perfecta. Esa perfección no supone de ninguna manera la posibilidad de la ausencia de conflicto, cosa a la que ninguna sociedad puede aspirar, sino que se engendra permitiéndole vivir los conflictos que la hagan capaz de desarrollo.

Podemos ser más precisos en cuanto a ese desarrollo o crecimiento: se trata más de un proceso de maduración que de una cuestión de magnitudes productivas. Es cierto que una sociedad madura tiene mejores índices cuantitativos, que tanto su economía como su vida social se expresa en números positivos, lo que no podemos es reducir al intento de lograr esos índices positivos el arte del gobierno, como si en una sociedad no hubiera nadie, como si la política hubiera que pensarla y ejercerla en el espacio de una concepción impersonal y no teniendo en cuenta precisamente lo más concreto y detallado de la situación que se aspira a ordenar. El gobernante ejerce su poder dando entrada y salida en la escena de la conciencia nacional a los personajes que su intuición y capacidad pueden permitirle captar y reclutar. Estos personajes no suelen ser en su mayoría útiles y beneficiosos de manera directa, pero son los personajes reales, los componentes del drama familiar que no podemos desconocer y que debemos resolver. El arte está en convocarlos de manera que el proceso que los vuelve útiles a la construcción colectiva pueda darse, y el desarte o desastre sucede cuando su aparición en escena y su preeminencia logra en cambio hacerlos más nefastos.

El mundo imaginario es tan importante como el material. Lo concreto de una sociedad es el complejo panorama que se arma con la vida conjugada de seres en constante movimiento. Actuar tal vez no era, como veníamos creyendo, llevar adelante una sensata acción productiva, o encarnar el extremo de la racionalidad y la esterilidad en la opción revolucionaria. El vocablo puede señalar más bien la pertinencia de una expresión emotiva, aludir a una puesta en juego de lo inevitable y propio. No de lo que podemos inventar haciéndonos los correctos, sino de lo que realmente somos. Desde este punto de vista la democracia argentina goza de muy buena salud, y nuestra crisis y caída se explicaría como el camino necesario de nuestra forma de ser. Lo que tenemos que hacer es indagar qué escenografía de sectores permitiría armar un juego más logrado, cómo orquestar las imperfecciones que nos constituyen para que podamos vivir mejor, reconociendo la verdad emanada de nuestra democracia real. ¿Nos hubiera gustado ser de otra forma? Estas cosas no se eligen.

 

 

 

 
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