La democracia real
Una cosa es aceptar que el voto universal y equivalente,
fundamento de la democracia, es la mejor forma de solucionar las luchas
de poder en una sociedad y otra muy distinta creer que la mayoría
elige y expresa, por el hecho de serlo, la opción más valiosa
entre las disponibles. Al menos eso podríamos decir desde un punto
de vista capaz de reconocer criterios de eficiencia y utilidad objetivos,
y teniendo en cuenta experiencias realizadas. Es fácil observar
cómo, muchas o la mayor parte de las veces, un candidato menos
exitoso que el ganador poseía mayores capacidades de gestión,
mayor seriedad para el trabajo a abordar, menor tendencia a la corrupción,
visiones más tendientes hacia un futuro de trabajo y de producción.
En parte esta diferencia queda subsanada mediante el recurso del ballotage,
que ayuda a veces a hacer primar perspectivas más refinadas e inteligentes
que las que pueden darse en una primera vuelta.
Desde otra perspectiva, sin embargo, tenemos que reconocer que es precisamente
a causa de su tendencia al error que una democracia es el sistema más
valioso. Una elección con fallas, hecha con los habituales criterios
de seducción, es decir, en una competencia entre candidatos en
la que hubo lugar para la presión económica o informativa
y desinformativa de los grupos de poder protagónicos, es más
valiosa que el resultado que gustamos de imaginar como más racional.
Y lo es precisamente porque representa no sólo la expresión
sumada de todos los individuos nacionales, sino también la expresión
del estado espiritual de la situación. Es decir, en la suma de
votos se obtiene tanto una cifra conclusiva como la conformación
de un sistema de poder que representa el panorama anímico y vital
de la población, el estado de su verdad, precisamente a causa de
las distorsiones y no pese a ellas.
En efecto, es imprescindible reconocer que tan importante como situar
en la cabeza del estado a los hombres más capaces lo es que estos
hombres puedan cumplir con la gestión de sus compromisos y pasiones.
La objeción que señala el hecho de que estos hombres pueden
ser los menos idóneos para gestionar según la conveniencia
del bien común, por haber llegado a ocupar su lugar siendo beneficiados
por el movimiento de los poderes y sus mecanismos no democráticos
de legitimación, es poco atendible. Por lo contrario, permite más
bien llegar a la enunciación temida pero cierta: lo mejor para
una comunidad es que la democracia exprese los errores y defectos que
esa comunidad posee de manera profunda. Sólo en esa expresión
una sociedad puede elaborar su síntesis, su solución –en
el caso de que la desee o sea capaz de ella-, mientras que en el alucinado
e imposible camino de una racionalidad política inmaculada esta
perdería su alma. Es más: tal camino no es posible, nuestro
error es añorarlo más allá de lo prudente y dejarnos
caer en el reproche frente a las formas que rigen. Ese reproche nos quita
fuerza, conciencia e inteligencia. Una sociedad no es una máquina,
es un cuerpo espiritual dotado de sentidos a los que es necesario comprender
y actuar para permitirles ir logrando su forma más perfecta. Esa
perfección no supone de ninguna manera la posibilidad de la ausencia
de conflicto, cosa a la que ninguna sociedad puede aspirar, sino que se
engendra permitiéndole vivir los conflictos que la hagan capaz
de desarrollo.
Podemos ser más precisos en cuanto a ese desarrollo o crecimiento:
se trata más de un proceso de maduración que de una cuestión
de magnitudes productivas. Es cierto que una sociedad madura tiene mejores
índices cuantitativos, que tanto su economía como su vida
social se expresa en números positivos, lo que no podemos es reducir
al intento de lograr esos índices positivos el arte del gobierno,
como si en una sociedad no hubiera nadie, como si la política hubiera
que pensarla y ejercerla en el espacio de una concepción impersonal
y no teniendo en cuenta precisamente lo más concreto y detallado
de la situación que se aspira a ordenar. El gobernante ejerce su
poder dando entrada y salida en la escena de la conciencia nacional a
los personajes que su intuición y capacidad pueden permitirle captar
y reclutar. Estos personajes no suelen ser en su mayoría útiles
y beneficiosos de manera directa, pero son los personajes reales, los
componentes del drama familiar que no podemos desconocer y que debemos
resolver. El arte está en convocarlos de manera que el proceso
que los vuelve útiles a la construcción colectiva pueda
darse, y el desarte o desastre sucede cuando su aparición en escena
y su preeminencia logra en cambio hacerlos más nefastos.
El mundo imaginario es tan importante como el material. Lo concreto de
una sociedad es el complejo panorama que se arma con la vida conjugada
de seres en constante movimiento. Actuar tal vez no era, como veníamos
creyendo, llevar adelante una sensata acción productiva, o encarnar
el extremo de la racionalidad y la esterilidad en la opción revolucionaria.
El vocablo puede señalar más bien la pertinencia de una
expresión emotiva, aludir a una puesta en juego de lo inevitable
y propio. No de lo que podemos inventar haciéndonos los correctos,
sino de lo que realmente somos. Desde este punto de vista la democracia
argentina goza de muy buena salud, y nuestra crisis y caída se
explicaría como el camino necesario de nuestra forma de ser. Lo
que tenemos que hacer es indagar qué escenografía de sectores
permitiría armar un juego más logrado, cómo orquestar
las imperfecciones que nos constituyen para que podamos vivir mejor, reconociendo
la verdad emanada de nuestra democracia real. ¿Nos hubiera gustado
ser de otra forma? Estas cosas no se eligen. |