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2004 - Noticias

Necesitamos más Torcuatos

Cada vez que a alguien se le escapa una verdad dicha sin ambages la opinión pública reacciona castigándolo. Casos: el canciller chileno diciendo que el peronismo es una mafia, el presidente de Uruguay diciendo que los argentinos son todos (somos, ejem) ladrones, Julio Werthein diciendo que el argentino no quiere trabajar, el padre Farinello señalando con resignación algo parecido. Cunde la indignación, se buscan formas de anular la contundencia de tales frases explosivas. ¿Se trata de formulaciones simplistas? Es probable que sean señalamientos algo vagos y un poco extremos, pero bueno sería que esa capacidad de sentirnos indignados cuando nuestro honor se pone en duda fuera capacidad para generar realidades que no dejaran lugar a tales dudas. Y bueno sería también que dejáramos de hacernos las vírgenes mancilladas y miráramos las cosas un poco más de frente.

No es la primera vez que los dichos de Torcuato di Tella caen dentro de esta serie. Hay una cierta predisposición a hacer de él un loco o un tarado, cuando salta a la vista que no es ni lo uno ni lo otro. No sólo tiene una trayectoria académica reconocida internacionalmente sino que ha colaborado con la formación de toneladas de argentinos capaces. También como funcionario es especial: nombrado pese a su insistencia en no querer serlo, dotado de un sentido del humor permanente y poco dado a la representación de la formalidad y al ocultamiento que parece caracterizar a la esencia misma del funcionario. Es la primera vez que veo a un funcionario feliz, dijo alguien. Podemos no acordar con su criterio (una concepción de cultura ligada a lo popular, descentralizar la gestión de la secretaría, buscar formas de integrar a los grupos piqueteros y afines –lo cual es, reconozcámoslo, una buena estrategia para neutralizar sus peores rasgos, como el mismo di Tella explica si se le da chance-) pero no debemos olvidar que siempre un funcionario tiene un criterio propio y el derecho de definir el sentido de su gestión, y que ésta no tiene por qué satisfacer a todos. ¿Que no hace nada? Es tan fácil formular esa acusación, y parte con tanta facilidad de personas que lo ignoran todo acerca de la gestión pública o de esta gestión particular… ¿Se conoce acaso su plan para quintuplicar el presupuesto de la Secretaría a su cargo?

Torcuato dijo: la cultura no es prioridad en Argentina. No dijo que no era importante, en sí, dijo que no lo era para la Argentina actual. No dijo que no debía serlo, dijo que no lo era en los hechos. ¿Acaso no es cierto, no es una mera y sencilla constatación de lo visible? Miles de personas indignadas por esta verdad evitan cuidadosamente el cultivo de su propia cultura personal: es como el lugar común que expresa la preocupación por el hecho de que los chicos de hoy no leen, ¿leen acaso esas masas de adultos irritados por la supuesta decadencia cultural de los jóvenes? Torcuato dijo: en comparación con el hambre de los chicos en Santiago del Estero no importa quien (suprimo los exabruptos más escandalosos) esté al frente de la Academia Nacional de las Artes ¿Es falso, está mal? ¿Se supone que tenemos que desgarrarnos las vestiduras por la suerte de Amalita o de Nacha, o de quién sea, o será cierto que tenemos un país con niveles de pobreza altísimos y que vale la pena reconocer otras urgencias? ¿Cómo es el juego: pasarse la vida diciendo que nuestra situación es insostenible pero luego censurar a quien sin pelos en la lengua señala las prioridades y apasionarnos en la defensa de falsas víctimas? ¿Por qué hay en nuestro medio un deseo tan grande de pegarle a Torcuato di Tella, de dónde surge este deseo de emplazar sus dichos en el peor de los contextos, de hacer de él el payaso que no es?

Es probable que no se le perdone su tono libre, su soltura para hablar con independencia y decir en público las cosas que todos decimos en privado. Es probable que su actitud rompa el tácito pacto por el que nos comprometimos a adoptar, para tratar las cuestiones nacionales, un tono de escamoteo y falsedad, ese amor por el circunloquio y el disimulo, como si fuera más importante mantener el statuo quo (al cual se describe erróneamente como respeto) que favorecer la vitalidad de nuestra sociedad y su pensamiento (vitalidad que resulta en cambio siempre un poco chancha). Mil Torcuatos di Tella serían necesarios entre nosotros, y hasta mil Jorges Asís (¿ideológicamente opuestos, complementarios?), personas capaces de hablar sin intentar quedar bien, poniendo el dedo en las llagas, planteando problemas, faltando el respeto a una manera de vivir las instituciones que no nos conduce a nada bueno. Democracia no es simular ser buenitos todo el tiempo, es cultivar la verdadera diferencia y no sofocarla sintiéndola amenazante o porque se la ha expresado de manera demasiado clara y directa. La moral que critica a quienes dicen estas verdades crudas públicamente recuerda a la moral de los profesores de bachillerato de un par de décadas atrás: confunden respeto con formalidad, formalidad con educación, falsedad con normalidad, crean personalidades sumisas y faltas de autenticidad. No nos confundamos, ese estilo es el que produjo la crisis educativa actual, no algo que debemos lamentar haber perdido sino algo que debemos lamentar no haber podido aun reemplazar de manera eficiente.

Volviendo a Torcuato di Tella y los lengua larga: por un lado vivimos diciendo que el país no anda, pero por otro crucificamos a aquellos que señalan las causas de estas disfunciones de manera irreverente. Hay una burocracia de la crítica que sólo acepta los cuestionamientos que circulan por los rituales caminos establecidos: ¿no conviene pensar en las realidades concretas más que desprestigiar a quienes las aluden crudamente?

 

 

 

 
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