Necesitamos más Torcuatos
Cada vez que a alguien se le escapa una verdad dicha
sin ambages la opinión pública reacciona castigándolo.
Casos: el canciller chileno diciendo que el peronismo es una mafia, el
presidente de Uruguay diciendo que los argentinos son todos (somos, ejem)
ladrones, Julio Werthein diciendo que el argentino no quiere trabajar,
el padre Farinello señalando con resignación algo parecido.
Cunde la indignación, se buscan formas de anular la contundencia
de tales frases explosivas. ¿Se trata de formulaciones simplistas?
Es probable que sean señalamientos algo vagos y un poco extremos,
pero bueno sería que esa capacidad de sentirnos indignados cuando
nuestro honor se pone en duda fuera capacidad para generar realidades
que no dejaran lugar a tales dudas. Y bueno sería también
que dejáramos de hacernos las vírgenes mancilladas y miráramos
las cosas un poco más de frente.
No es la primera vez que los dichos de Torcuato di Tella caen dentro
de esta serie. Hay una cierta predisposición a hacer de él
un loco o un tarado, cuando salta a la vista que no es ni lo uno ni lo
otro. No sólo tiene una trayectoria académica reconocida
internacionalmente sino que ha colaborado con la formación de toneladas
de argentinos capaces. También como funcionario es especial: nombrado
pese a su insistencia en no querer serlo, dotado de un sentido del humor
permanente y poco dado a la representación de la formalidad y al
ocultamiento que parece caracterizar a la esencia misma del funcionario.
Es la primera vez que veo a un funcionario feliz, dijo alguien. Podemos
no acordar con su criterio (una concepción de cultura ligada a
lo popular, descentralizar la gestión de la secretaría,
buscar formas de integrar a los grupos piqueteros y afines –lo cual
es, reconozcámoslo, una buena estrategia para neutralizar sus peores
rasgos, como el mismo di Tella explica si se le da chance-) pero no debemos
olvidar que siempre un funcionario tiene un criterio propio y el derecho
de definir el sentido de su gestión, y que ésta no tiene
por qué satisfacer a todos. ¿Que no hace nada? Es tan fácil
formular esa acusación, y parte con tanta facilidad de personas
que lo ignoran todo acerca de la gestión pública o de esta
gestión particular… ¿Se conoce acaso su plan para
quintuplicar el presupuesto de la Secretaría a su cargo?
Torcuato dijo: la cultura no es prioridad en Argentina. No dijo
que no era importante, en sí, dijo que no lo era para la Argentina
actual. No dijo que no debía serlo, dijo que no lo era en los hechos.
¿Acaso no es cierto, no es una mera y sencilla constatación
de lo visible? Miles de personas indignadas por esta verdad evitan cuidadosamente
el cultivo de su propia cultura personal: es como el lugar común
que expresa la preocupación por el hecho de que los chicos de hoy
no leen, ¿leen acaso esas masas de adultos irritados por la supuesta
decadencia cultural de los jóvenes? Torcuato dijo: en comparación
con el hambre de los chicos en Santiago del Estero no importa quien (suprimo
los exabruptos más escandalosos) esté al frente de la Academia
Nacional de las Artes ¿Es falso, está mal? ¿Se
supone que tenemos que desgarrarnos las vestiduras por la suerte de Amalita
o de Nacha, o de quién sea, o será cierto que tenemos un
país con niveles de pobreza altísimos y que vale la pena
reconocer otras urgencias? ¿Cómo es el juego: pasarse la
vida diciendo que nuestra situación es insostenible pero luego
censurar a quien sin pelos en la lengua señala las prioridades
y apasionarnos en la defensa de falsas víctimas? ¿Por qué
hay en nuestro medio un deseo tan grande de pegarle a Torcuato di Tella,
de dónde surge este deseo de emplazar sus dichos en el peor de
los contextos, de hacer de él el payaso que no es?
Es probable que no se le perdone su tono libre, su soltura para hablar
con independencia y decir en público las cosas que todos decimos
en privado. Es probable que su actitud rompa el tácito pacto por
el que nos comprometimos a adoptar, para tratar las cuestiones nacionales,
un tono de escamoteo y falsedad, ese amor por el circunloquio y el disimulo,
como si fuera más importante mantener el statuo quo (al cual se
describe erróneamente como respeto) que favorecer la vitalidad
de nuestra sociedad y su pensamiento (vitalidad que resulta en cambio
siempre un poco chancha). Mil Torcuatos di Tella serían necesarios
entre nosotros, y hasta mil Jorges Asís (¿ideológicamente
opuestos, complementarios?), personas capaces de hablar sin intentar quedar
bien, poniendo el dedo en las llagas, planteando problemas, faltando el
respeto a una manera de vivir las instituciones que no nos conduce a nada
bueno. Democracia no es simular ser buenitos todo el tiempo, es cultivar
la verdadera diferencia y no sofocarla sintiéndola amenazante o
porque se la ha expresado de manera demasiado clara y directa. La moral
que critica a quienes dicen estas verdades crudas públicamente
recuerda a la moral de los profesores de bachillerato de un par de décadas
atrás: confunden respeto con formalidad, formalidad con educación,
falsedad con normalidad, crean personalidades sumisas y faltas de autenticidad.
No nos confundamos, ese estilo es el que produjo la crisis educativa actual,
no algo que debemos lamentar haber perdido sino algo que debemos lamentar
no haber podido aun reemplazar de manera eficiente.
Volviendo a Torcuato di Tella y los lengua larga: por un lado vivimos
diciendo que el país no anda, pero por otro crucificamos a aquellos
que señalan las causas de estas disfunciones de manera irreverente.
Hay una burocracia de la crítica que sólo acepta los cuestionamientos
que circulan por los rituales caminos establecidos: ¿no conviene
pensar en las realidades concretas más que desprestigiar a quienes
las aluden crudamente? |