Seguridad obligatoria
La medida parece simple pero bien pensada revela
una cuestión de gran importancia. Puede ser acusada de ser una
medida distractora -a través del absurdo recurso de decir que hay
cosas más urgentes, con lo cual sólo nos queda la opción
de estar constantemente hipnotizados con lo peor, al punto de sacralizarlo-
pero parece ser más bien lo contrario: una oportunidad para dejar
de distraerse. La obligatoriedad que desde esta semana rige en el tema
del uso del cinturón de seguridad tiene muchas consecuencias positivas:
da la oportunidad de comprender el sentido de la ley, salva vidas, propone
una reordenación del temor y de la reacción frente al temor,
y hasta puede sembrar una esperanza, si hacemos caso de las teorías
que nos dicen que a través de ciertos pequeños detalles
puede iniciarse el camino adecuado para el tratamiento de grandes problemas.
Lo estamos experimentando diariamente: el hecho de que ponerse el cinturón
ya no sea opcional desplaza la elucubración acerca de si nos lo
vamos a poner o no y nos coloca en la situación más estrecha
y concreta de tener simplemente que acordarnos de hacerlo. Antes el momento
de sentarnos al volante generaba un debate interno y se lo zanjaba con
una decisión personal. Ahora es una norma, no requiere que pensemos
nada, pide que seamos simplemente capaces de recordar que debemos cumplirla
y para dar ese paso ni siquiera debemos basarnos en una evaluación
moral de la regla: actuamos movidos por el temor de ser multados. Esto
revela una verdad profunda de la ley: el poder de represión que
la funda. Pero no saquemos consecuencias negativas de este hecho. Como
dice Haydee, mi suegra: en EEUU la gente respeta la norma de barrer la
nieve de la vereda no porque sean buenos ciudadanos sino porque si no
lo hacen los revientan con una multa. Acostumbrados a poner en cuestión
todo ejercicio del poder como indebido solemos no valorar la extrema importancia
del cumplimiento de la ley aunque esta se base en el escape de las represalias.
O sea: por un lado nos quejamos de que la ley no se cumpla, pero por otro
señalamos el carácter represivo de la ley: ¿no resulta
comprensible que a una opinión pública tan mañosa
le resulte difícil sacar adelante un país?
La norma salvará en el primer año de vigencia por lo menos
un centenar de vidas, más de las víctimas fatales que los
secuestros producen en el mismo lapso. De esta comparación no debemos
concluir que los secuestros son hechos inflados o mal comprendidos, se
trata simplemente de hacer evidente la dimensión de la importancia
de los resultados que obtendremos con este paso. Pero podemos continuar
esta línea de pensamiento y entender hasta qué punto la
aplicación de leyes y normas sencillas y bien pensadas tienen el
poder de contribuir a la causa general de mejorar nuestra vida social.
En vez de profundizar la dimensión del miedo tenemos que poner
el énfasis en los dos elementos que aparecen en el caso que estamos
tomando de ejemplo: la concepción de normas precisas (a veces tan
sencillas y evidentes como el uso del cinturón de seguridad, es
decir, la puesta en acción de algo que ya estaba ahí, colgando
inútilmente –comparaciones abstenerse-) y la imposición
de la misma desde la autoridad a cargo, que debe vigilar y castigar (reprimir,
sancionar, multar, ejercer en definitiva el poder de manera formativa)
a quien no responda.
Sea bienvenido el hecho, entonces, también porque representa (como
anteriormente lo hizo el cambio de política de la presidencia respecto
de las manifestaciones que interrumpían el tránsito) un
uso útil del poder. Queremos políticos que no estén
todo el día (parte del día puede ser, pero ¡todo!)
ejerciendo el arte de relacionarse entre si sino políticos que
se conciban como artistas del ejercicio formativo poder, personas en las
que se ha delegado la función de tomar iniciativas para el bien
colectivo y que tienen en su autoridad un recurso primordial. Esperemos
que hayamos llegado al momento de superar el prejuicio respecto del uso
de la autoridad en el que quedamos estancados después de las nefastas
experiencias de los gobiernos militares. Como ese ejercicio del poder
fue tan atroz concluimos que todo poder lo era, conclusión falsa
y perniciosa. El poder es la fuerza capaz de dar forma a la sociedad,
y el poder democrático tiene la legitimidad necesaria para hacerlo.
El código de convivencia de la ciudad, que aporta también
algunos limites a actividades que la demagogia tiende a preservar, es
otro ejemplo de este mismo avance. ¿Por qué serían
estos pequeños pasos una esperanza? Porque, como explica Malcom
Gladwell en su conocido libro “The turning point”, estos pequeños
detalles son capaces de modificar patrones profundos de sentido, permitiendo
que una situación problemática (en este caso la falta de
orden en el tránsito, pero por extensión la falta de orden
en el cumplimiento de la ley, y de allí también la falta
de capacidad de una sociedad de actuar según su propio beneficio)
revierta su tendencia a incrementarse y permita desarrollar un camino
en sentido contrario. El tema está estudiado y la teoría
de las ventanas rotas es su caso más comentado. Esta sostiene que
“una epidemia puede ser revertida reparando los pequeños
detalles del entorno”, para el caso, reparando las ventanas rotas
se modifica la tendencia a seguir rompiéndolas y se da una señal
muy clara en cuanto al valor del orden en ese ambiente. Tratándose
de una sociedad parcialmente desganada -para decirlo con suavidad- frente
a la tarea de darse una forma de vida plena y valiosa, esta norma puede
ser comprendida como un llamado a cambiar la actitud. La ciudadanía
puede adoptar una vez más el canallesco “estas son boludeces”
o bien tomarla como la oportunidad de desarrollar mayor capacidad de esmero
en el cuidado de la vida pública. Tratemos de ir hacia esta segunda
opción. Es necesario que demos cabida al tratamiento de los detalles,
ellos son una puerta de entrada a la posibilidad de modificar el gran
conjunto de nuestros grandes problemas. |