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2004 - Revista ORT

No dupliquemos la catástrofe

Cuando me preguntaron si quería escribir un artículo para una publicación de ORT sobre los 10 años del atentado a la AMIA pensé / sentí: qué tarea ingrata, ¿qué se puede decir? Me fastidiaba la idea de tener que volver a hablar del horror, no poder escapar a la repetición de ciertos lugares comunes respecto de hechos de este tipo, a los que suele adjetivárselos una y otra vez con razón como aberrantes o monstruosos. Lo indiscutible de esa apreciación parecía no dejar lugar para nada más. Pero después pensé / sentí que había en realidad muchas otras cosas por decir, que no tenían que ver con reiterar la extrema crueldad del hecho ni nuestra desolación frente a él, por más que estas fueran reacciones sin duda las reacciones de base, sinceras y legítimas. ¿Por qué dar por supuesto que hay un único camino de abordaje del fenómeno, o por qué quedar atrapados en el círculo vicioso de señalar el mal y decir una y otra vez lo terrible de su acción y lo irracional de su origen? Hubo muertos (hay, iba a decir, como si lo espantoso de su muerte los hiciera omnipresentes) pero también hay vivos. Hay más vivos que muertos involucrados, no sólo en términos númericos sino también en el sentido de que somos los vivos los que necesitamos ahora hacer algo con lo sucedido, los que necesitamos pensarlo, sentirlo, elaborarlo, y me parece correcto fijarnos el objetivo de dedicarnos a la tarea de pensar esta vida que sigue y no quedar obnubilados con el terror, del cual seríamos víctimas transitivas si sólo pudiéramos repetir una y otra vez el mismo sentimiento.

¿Qué se puede decir, entonces, puestos en esta perspectiva?

Que el sufrimiento no es una corona de gloria, como propuso Borges en sus “Fragmentos para un evangelio apócrifo”, ni una identidad, ni la esencia de un ser, por más que a ese ser le haya tocado vivir una experiencia límite y nefasta. Que el sufrimiento es una parte o posibilidad de la vida, pero no nos hace mejores ni nos da merito. Que la necesidad de limitar el sufrimiento no debe llevarnos a negarlo pero que tampoco es necesario ni correcto escudarse en él para eludir la fluidez de una vida que será siempre exigente, que a veces será terrible y que también tiene un sinnúmero de experiencias posibles que no debemos desestimar.

Que lo peor, el odio expresado de la manera más cruel, es parte de la vida, que lo ha sido innumerables veces y sin duda volverá a serlo, que frente a esta dura certeza es mejor valorar toda felicidad posible, darle cabida, cultivarla, formarla, que sumirse en una desesperanza sin salida.

Que la lucha por lograr la justicia es valiosa pero no debe amargarnos, porque si consigue hacerlo se vuelve contraproducente.

Que las emociones que tienen los supervivientes asociadas a los hechos más terribles van cambiando y es lógico y natural que así sea, que lo que debemos sentir no está escrito en ningún lado, que podemos sentir dolor, angustia, miedo, sorpresa, enojo pero también hartazgo, insensibilidad, violencia, y que cabe algún día incluso instalarse en una cierta paz respecto de esos hechos terribles. Que la paz no tiene que ver con perdonar -porque hay cosas que no se perdonan- sino con querer vivir igual, querer vivir más allá de lo peor, pese a los dolores que en otro momento nos han inundado, y es importante que esto suceda, porque de esa forma la vida se regenera y supera su estancamiento. Que producir esta superación o avance no es faltarle el respeto a las víctimas directas sino saber que somos también víctimas indirectas y que es bueno en algún momento lograr dejar de serlo. Que es legítimo llegar a sentir que el dolor se agota y situarse en un escenario de posibilidades nuevas y estar dispuesto a permitir que se atenúe el recuerdo de lo que de otra forma nos hunde.

Que el valor de la memoria es importante pero secundario respecto del valor de una vida que quiere y merece ser vivida, que la memoria no es algo que deba mantenerse en forma intencional y a cualquier precio sino precisamente aquello que no puede desaparecer porque está presente en la forma de nuestra sensibilidad actual aunque no nos demos cuenta, y que intentar recuperarla por vía de conciencia y hacerla reinar sobre el presente es invertir los términos y preferir la muerte antes que la vida.

Escribo esta enumeración y me doy cuenta de que su búsqueda de afirmación de la vida responde a la preocupación por una posible duplicación de la catástrofe, la que tendría lugar si además de haberla padecido quisiéramos hacer de ella un foco de sentido permanente. Me preocupa que no sólo padezcamos el dolor y el miedo provocado por el atentado en sí, sino que no podamos luego seguir queriendo lo posible, que tiremos la realidad entera por la borda a partir de lo sufrido. Pienso en las generaciones más jóvenes y no quiero que este atentado prolongue su poder sobre ellos. No creo correcto imponerles el horror como un horizonte permanente, ni colaborar en la construcción de la idea de que la vida no tiene sentido o que estamos amenazados constantemente por un poder letal y arbitrario. Porque no es cierto y porque creerlo es una acción que limita la energía que en nosotros es afirmativa y vital, tratando de conducirla a un molde siniestro.

Pienso en en los familiares de las víctimas, en todos los afectados por el espanto y también para ellos creo que corresponde reivindicar un mundo posible, pese a lo vivido. Acotar el alcance del atentado pasa también por este tipo de formulaciones que propongo, que trabajan el sentido de lo ocurrido de manera de que su bestialidad no sea la última palabra, ni nuestro único recurso la indignación o el temor introyectado. La onda expansiva no debe avanzar más allá de lo que es realista y necesario que lo haga.

 

 

 

 
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