No dupliquemos la catástrofe
Cuando me preguntaron si quería escribir
un artículo para una publicación de ORT sobre los 10 años
del atentado a la AMIA pensé / sentí: qué tarea ingrata,
¿qué se puede decir? Me fastidiaba la idea de tener que
volver a hablar del horror, no poder escapar a la repetición de
ciertos lugares comunes respecto de hechos de este tipo, a los que suele
adjetivárselos una y otra vez con razón como aberrantes
o monstruosos. Lo indiscutible de esa apreciación parecía
no dejar lugar para nada más. Pero después pensé
/ sentí que había en realidad muchas otras cosas por decir,
que no tenían que ver con reiterar la extrema crueldad del hecho
ni nuestra desolación frente a él, por más que estas
fueran reacciones sin duda las reacciones de base, sinceras y legítimas.
¿Por qué dar por supuesto que hay un único camino
de abordaje del fenómeno, o por qué quedar atrapados en
el círculo vicioso de señalar el mal y decir una y otra
vez lo terrible de su acción y lo irracional de su origen? Hubo
muertos (hay, iba a decir, como si lo espantoso de su muerte los hiciera
omnipresentes) pero también hay vivos. Hay más vivos que
muertos involucrados, no sólo en términos númericos
sino también en el sentido de que somos los vivos los que necesitamos
ahora hacer algo con lo sucedido, los que necesitamos pensarlo, sentirlo,
elaborarlo, y me parece correcto fijarnos el objetivo de dedicarnos a
la tarea de pensar esta vida que sigue y no quedar obnubilados con el
terror, del cual seríamos víctimas transitivas si sólo
pudiéramos repetir una y otra vez el mismo sentimiento.
¿Qué se puede decir, entonces, puestos en esta perspectiva?
Que el sufrimiento no es una corona de gloria, como propuso Borges en
sus “Fragmentos para un evangelio apócrifo”, ni una
identidad, ni la esencia de un ser, por más que a ese ser le haya
tocado vivir una experiencia límite y nefasta. Que el sufrimiento
es una parte o posibilidad de la vida, pero no nos hace mejores ni nos
da merito. Que la necesidad de limitar el sufrimiento no debe llevarnos
a negarlo pero que tampoco es necesario ni correcto escudarse en él
para eludir la fluidez de una vida que será siempre exigente, que
a veces será terrible y que también tiene un sinnúmero
de experiencias posibles que no debemos desestimar.
Que lo peor, el odio expresado de la manera más cruel, es parte
de la vida, que lo ha sido innumerables veces y sin duda volverá
a serlo, que frente a esta dura certeza es mejor valorar toda felicidad
posible, darle cabida, cultivarla, formarla, que sumirse en una desesperanza
sin salida.
Que la lucha por lograr la justicia es valiosa pero no debe amargarnos,
porque si consigue hacerlo se vuelve contraproducente.
Que las emociones que tienen los supervivientes asociadas a los hechos
más terribles van cambiando y es lógico y natural que así
sea, que lo que debemos sentir no está escrito en ningún
lado, que podemos sentir dolor, angustia, miedo, sorpresa, enojo pero
también hartazgo, insensibilidad, violencia, y que cabe algún
día incluso instalarse en una cierta paz respecto de esos hechos
terribles. Que la paz no tiene que ver con perdonar -porque hay cosas
que no se perdonan- sino con querer vivir igual, querer vivir más
allá de lo peor, pese a los dolores que en otro momento nos han
inundado, y es importante que esto suceda, porque de esa forma la vida
se regenera y supera su estancamiento. Que producir esta superación
o avance no es faltarle el respeto a las víctimas directas sino
saber que somos también víctimas indirectas y que es bueno
en algún momento lograr dejar de serlo. Que es legítimo
llegar a sentir que el dolor se agota y situarse en un escenario de posibilidades
nuevas y estar dispuesto a permitir que se atenúe el recuerdo de
lo que de otra forma nos hunde.
Que el valor de la memoria es importante pero secundario respecto del
valor de una vida que quiere y merece ser vivida, que la memoria no es
algo que deba mantenerse en forma intencional y a cualquier precio sino
precisamente aquello que no puede desaparecer porque está presente
en la forma de nuestra sensibilidad actual aunque no nos demos cuenta,
y que intentar recuperarla por vía de conciencia y hacerla reinar
sobre el presente es invertir los términos y preferir la muerte
antes que la vida.
Escribo esta enumeración y me doy cuenta de que su búsqueda
de afirmación de la vida responde a la preocupación por
una posible duplicación de la catástrofe, la que tendría
lugar si además de haberla padecido quisiéramos hacer de
ella un foco de sentido permanente. Me preocupa que no sólo padezcamos
el dolor y el miedo provocado por el atentado en sí, sino que no
podamos luego seguir queriendo lo posible, que tiremos la realidad entera
por la borda a partir de lo sufrido. Pienso en las generaciones más
jóvenes y no quiero que este atentado prolongue su poder sobre
ellos. No creo correcto imponerles el horror como un horizonte permanente,
ni colaborar en la construcción de la idea de que la vida no tiene
sentido o que estamos amenazados constantemente por un poder letal y arbitrario.
Porque no es cierto y porque creerlo es una acción que limita la
energía que en nosotros es afirmativa y vital, tratando de conducirla
a un molde siniestro.
Pienso en en los familiares de las víctimas, en todos los afectados
por el espanto y también para ellos creo que corresponde reivindicar
un mundo posible, pese a lo vivido. Acotar el alcance del atentado pasa
también por este tipo de formulaciones que propongo, que trabajan
el sentido de lo ocurrido de manera de que su bestialidad no sea la última
palabra, ni nuestro único recurso la indignación o el temor
introyectado. La onda expansiva no debe avanzar más allá
de lo que es realista y necesario que lo haga. |