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2004 - Planeta Urbano

Variaciones sobre el tema del cuerpo

El cuerpo es tremendo. Tan concreto que parece cosa, es al mismo tiempo inasible como tema de pensamiento. Además, hay que decirlo, como cosa es raro: está vivo. Veo mis manos escribiendo el artículo y sé que el robot más perfecto sería incapaz de reproducir estos movimientos y sus procesos invisibles. El dinamismo de esta máquina es absoluto, sus metamorfosis transforman la materia en emoción, voluntad e idea. La medicina tiene claro el funcionamiento general del aparato, pero al precio de desalojar a la persona interna. Verlo con tal precisión minuciosa requiere optar por su cosificación total. Yo te arreglo las partes, vos encargate del sentido, le dice el doctor al paciente. Ok, gracias, pero… ¿con la angustia qué hago? Bueno, para el tema vaya al consultorio de al lado, hay unos tipos que se dedican a eso. ¿Y cómo saben qué hacer, son gente seria? Bueno, dicen que el que sabe es ud pero que le cuesta darse cuenta y que ellos entonces lo ayudan, que le fortalecen el yo. ¿Qué parte del cuerpo es el yo, doctor, es algo de la rodilla? Mire, la verdad no es una parte del cuerpo, me parece, para los médicos en serio todo eso es un poco raro, pero funciona… Bueno, ¿el colesterol me lo trata ud y la culpa me la tratan ellos, entonces? Así es. ¿Le puedo dejar el cuerpo mientras voy al otro consultorio, para ir ganando tiempo? No, quédese, lo puedo necesitar. Ok, pero apúrese que me siento mal y no sé adonde tengo que ir.

Todo el sentido de ser humano está en la complicada auto observación de uno mismo que se abre al vernos como cuerpo, como si esta cosa sangrante que somos fuera en realidad otro. Al mirarlo ponemos en juego una distancia tal que parece que hubiéramos llegado del cielo y por casualidad hubiéramos devenido carne. Eso es lo que exactamente siente uno a veces, demasiado identificado con su racionalidad. Es que el otro del cuerpo, la conciencia, cree ser un dios cuando en realidad es un… ¿un testigo? No se puede casi hablar del tema, a cada paso hay algo mal planteado. La conciencia no es el otro del cuerpo, es una parte o función suya, pero la confusión proviene de la distinta sustancia en la que existen.

En toda consideración que nos haga hablar de nuestro cuerpo estamos mostrándonos en realidad idealistas, negando el chancho hecho de nuestra esencia intestinal: no somos dos, somos uno. Hablar del cuerpo es buscar la integridad pero también perderla, creando la ficción de una diferencia o una distancia. Es decir, justo en el momento en que parece que nos hubiéramos vuelto capaces de reivindicar la corporeidad postergada lo hacemos de una forma que preserva aun la distancia. No se puede decir mi cuerpo, debe decirse yo. Esta es la posición básica y correcta, en donde el materialismo da a luz su versión más plena. El objetivo no es cuidar nuestro cuerpo, o ponerlo -y no me refiero al asunto sexual, sino a la metáfora que señala la involucración de la puesta en juego-, porque no somos otros para manipularlo a él. No hay que poner el cuerpo, el que se pone es uno. Incluso podríamos decir que el cuerpo más pleno es aquel que no se concibe como tal, que supera el momento meramente muscular para volverse una persona entera. No necesariamente para privilegiar el espíritu y engordar hasta la muerte con el pretexto de ser más que un cuerpo, sino para llegar a entender que el mismo que va al gimnasio y logra movilidad vital es el que al hacerlo entrena también otras cualidades y prestaciones de su alma.

Sin embargo la personalidad no tiene pies o tendones. La persona no secreta bilis, ni es la que hace del estofado célula, ni genera pelo voluntariamente. Algo pasa en uno, en el costado cuerpo de la personalidad, que sobrepasa de manera sobrenatural todas las acciones que podemos plantearnos como sujetos normales como intenciones propias. Podemos aludir a esta recreación material constante de nuestra existencia como a una alquimia natural que realiza el milagro de ser. Y es realmente una alquimia, la más sorprendente: la química echa a andar y evoluciona hasta dar lugar a alguien. En realidad no es la química, no olvidemos que las ciencias particulares no hacen más que registrar un fenómeno que no les pertenece. La química lee químicamente a un mundo que no es esencialmente químico, la física idem. ¿Cuál es la esencia del fenómeno, entonces, de qué se trata en nosotros?

La alquimia fundamental es esta que realiza el ser en un camino de músculos y sentidos, en un universo de uñas, dientes, vértebras y riñones. ¿Es el cuerpo es el que construye el ser o es el ser el que construye al cuerpo, o aparecen los dos al mismo tiempo, tomados de la mano o de la idea? El cuerpo no contiene al ser, lo irradia. Apenas lo contiene, se le sale todo el tiempo. Aun más valiosa que la transformación de la basura en oro, que tanto buscaban en otro tiempo, es esta transformación de la materia sin vida en materia alguien, esta personalización de lo inerte que es la vida. Tal vez lo más interesante del cuerpo no sea su existencia material, sino la posibilidad de plantear de una forma entrañable el tema de lo vivo. Porque hablar de la vida como de un fenómeno objetivo es ya raro y difícil, pero hacerlo a partir del tema del cuerpo es habilitar una perspectiva particular que abre a observaciones de otro modo imposibles. Este cuerpo que está vivo soy precisamente yo, y al mismo tiempo me sé superado y desbordado por una materialidad palpitante que no manejo ni decido. No por eso se trata menos de mí. El cuerpo es también la posibilidad de plantear desde una posición íntima no sólo el tema del ser sino el de la voluntad y tantos otros.

Entre otros, la muerte. Hemos abordado históricamente la cuestión diciendo que el que muere es él, no yo, tan alma y etereo que casi se diría que parezco un suspiro. El cuerpo envejece, yo sigo siendo el mismo. El cuerpo defeca, yo leo o pienso en cosas lindas. Estoy atrapado en este cuerpo transpirado y confuso. Mi prisión está llena de pelos, pero mi alma es lampiña y huele a jabón de tocador. ¿El amor es bello o es vello? ¿Te toco el cuerpo o te toco a vos? Otro tema, el de la identificación: ¿soy mi cuerpo porque no puedo estar en otro lugar que donde está él o porque mis ideas, emociones y pesadillas son las suyas? ¿Quién soy yo, éste? Si yo fuera el cuerpo una foto respondería a la pregunta por mi ser. La cédula de identidad cree eso: foto y nombre. Y número: hay que contar los cuerpos para poder organizarnos un poco, es una buena idea.

Se puede ver todo como si se tratara de cuerpos, ¿no es así acaso? De un cuerpo sale otro cuerpo, si nueve meses antes otro cuerpo se introdujo en él y dejó su huella. ¿La gordura es una abundancia de cuerpo?, ¿hay gente que tiene más cuerpo que otra, o se trata de la misma cantidad diseñada de otra forma? ¿Y la belleza? Hablamos de belleza interior para decir que alguien feo resulta hermoso o agradable, ¿belleza interior es tenes unos lindos pulmones, un cerebelo encantador o un esófago bien formado? Ella no disfruta de su cuerpo, podemos decir. ¿No habría que decir mejor ella no disfruta de ella, o simplemente ella no disfruta? Pero estamos hablando del caso de una persona que va al gimnasio y es posible pensar el caso de quien disfruta de ciertas experiencias que son estrictamente corporales. ¿Se va al gimnasio a disfrutar de ser un cuerpo o a trabajarlo como a una cosa? Distintas personas harán distintas experiencias. Pero también es un difrute corporal disfrutar de la lectura, o de una sinfonía de Brahms, aunque no bailemos. También hay quien baila mucho pero lo hace racionalmente. Los planteos que proponen que hay cosas de la cabeza y cosas del cuerpo son graciosos e ingenuos: ¿acaso no es la cabeza una parte –bastante importante al parecer- del mismo cuerpo? ¿Se ha visto alguna vez una cabeza sin cuerpo o un cuerpo sin cabeza? Sí, se ha visto, pero se trataba de una revolución o del resultado de algún otro hecho violento.

El cuerpo es el representante de la materia en la legislatura del ser. El cuerpo es la parte obrera, que reclama y necesita, e impide que los excelsos contenidos espirituales disfruten de sus volutas de pura forma sin consecuencias. El cuerpo es el vulgar que arrastramos a todas partes: pedorrea o eyacula, tiene caspa o tose, se rie convulsivamente o tiene dolores que nos hacen sufrir. Es el erecto o indispuesto, contento como un chico o preocupado como una madre. El cuerpo es el amigo de clase baja al que convencemos de que se porte bien en una reunión elegante : basta que le convidemos una copa de más para que empiece con su serie de exabruptos. El cuerpo es el mejor amigo del hombre, y de la mujer, aunque considerada desde el punto de vista del cuerpo esa diferencia sea poderosísima. Los cuerpos se suman, a veces, como la batería al celular, en una interacción maravillosa. No importa tanto la ficha sino los seres que ellas conectan. Las fichas deben funcionar, claro está, pero el fenómeno corporal se verifica más en la intensidad de una emoción o en la sensualidad que junta al cuerpo y a la persona que creemos va adentro.

El cuerpo usa bufanda, el dio lo tiene uno. El cuerpo camina, yo me quedo quieto y miro las veredas y los edificios. A mí me pica, el se rasca. Tiene hambre y lo llevo a un restaurante: traigale algo a este que está como loco. Nos dan un menú. Me dice: apurate, agarrá el pancito, pedile manteca. Le digo: ¿no preferís esperar que llegue el bife? Y el pobre no se da cuenta que lo hago comerse otro cuerpo, o tal vez en su lenguaje de bestia no le parece mal zamparse a un prójimo.

La ropa es la casa del cuerpo. La catedral o la choza. ¿El cuerpo es la casa del espiritu? Nietzsche dice que alma es una palabra para designar algo en el cuerpo. Y que el espiritu es una cualidad o capacidad de algunos cuerpos, no de todos. Su visión jerárquica sostiene que incluso en el mismo cuerpo propio hay jefes y funciones, uno que manda y otros que obecen. El cuerpo es un mundo social que requiere orden y la revolución lo mata. Hacer la revolución es siempre matar a alguien: las células más simples quieren hacer de neuronas, no hay que dejarlos. Optemos por la evolución, si podemos elegir.

 

 

 

 
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