Variaciones sobre el tema del cuerpo
El cuerpo es tremendo. Tan concreto que parece cosa,
es al mismo tiempo inasible como tema de pensamiento. Además, hay
que decirlo, como cosa es raro: está vivo. Veo mis manos escribiendo
el artículo y sé que el robot más perfecto sería
incapaz de reproducir estos movimientos y sus procesos invisibles. El
dinamismo de esta máquina es absoluto, sus metamorfosis transforman
la materia en emoción, voluntad e idea. La medicina tiene claro
el funcionamiento general del aparato, pero al precio de desalojar a la
persona interna. Verlo con tal precisión minuciosa requiere optar
por su cosificación total. Yo te arreglo las partes, vos encargate
del sentido, le dice el doctor al paciente. Ok, gracias, pero… ¿con
la angustia qué hago? Bueno, para el tema vaya al consultorio de
al lado, hay unos tipos que se dedican a eso. ¿Y cómo saben
qué hacer, son gente seria? Bueno, dicen que el que sabe es ud
pero que le cuesta darse cuenta y que ellos entonces lo ayudan, que le
fortalecen el yo. ¿Qué parte del cuerpo es el yo, doctor,
es algo de la rodilla? Mire, la verdad no es una parte del cuerpo, me
parece, para los médicos en serio todo eso es un poco raro, pero
funciona… Bueno, ¿el colesterol me lo trata ud y la culpa
me la tratan ellos, entonces? Así es. ¿Le puedo dejar el
cuerpo mientras voy al otro consultorio, para ir ganando tiempo? No, quédese,
lo puedo necesitar. Ok, pero apúrese que me siento mal y no sé
adonde tengo que ir.
Todo el sentido de ser humano está en la complicada auto observación
de uno mismo que se abre al vernos como cuerpo, como si esta cosa sangrante
que somos fuera en realidad otro. Al mirarlo ponemos en juego una distancia
tal que parece que hubiéramos llegado del cielo y por casualidad
hubiéramos devenido carne. Eso es lo que exactamente siente uno
a veces, demasiado identificado con su racionalidad. Es que el otro del
cuerpo, la conciencia, cree ser un dios cuando en realidad es un…
¿un testigo? No se puede casi hablar del tema, a cada paso hay
algo mal planteado. La conciencia no es el otro del cuerpo, es una parte
o función suya, pero la confusión proviene de la distinta
sustancia en la que existen.
En toda consideración que nos haga hablar de nuestro cuerpo estamos
mostrándonos en realidad idealistas, negando el chancho hecho de
nuestra esencia intestinal: no somos dos, somos uno. Hablar del cuerpo
es buscar la integridad pero también perderla, creando la ficción
de una diferencia o una distancia. Es decir, justo en el momento en que
parece que nos hubiéramos vuelto capaces de reivindicar la corporeidad
postergada lo hacemos de una forma que preserva aun la distancia. No se
puede decir mi cuerpo, debe decirse yo. Esta es la posición básica
y correcta, en donde el materialismo da a luz su versión más
plena. El objetivo no es cuidar nuestro cuerpo, o ponerlo -y no me refiero
al asunto sexual, sino a la metáfora que señala la involucración
de la puesta en juego-, porque no somos otros para manipularlo a él.
No hay que poner el cuerpo, el que se pone es uno. Incluso podríamos
decir que el cuerpo más pleno es aquel que no se concibe como tal,
que supera el momento meramente muscular para volverse una persona entera.
No necesariamente para privilegiar el espíritu y engordar hasta
la muerte con el pretexto de ser más que un cuerpo, sino para llegar
a entender que el mismo que va al gimnasio y logra movilidad vital es
el que al hacerlo entrena también otras cualidades y prestaciones
de su alma.
Sin embargo la personalidad no tiene pies o tendones. La persona no secreta
bilis, ni es la que hace del estofado célula, ni genera pelo voluntariamente.
Algo pasa en uno, en el costado cuerpo de la personalidad, que sobrepasa
de manera sobrenatural todas las acciones que podemos plantearnos como
sujetos normales como intenciones propias. Podemos aludir a esta recreación
material constante de nuestra existencia como a una alquimia natural que
realiza el milagro de ser. Y es realmente una alquimia, la más
sorprendente: la química echa a andar y evoluciona hasta dar lugar
a alguien. En realidad no es la química, no olvidemos que las ciencias
particulares no hacen más que registrar un fenómeno que
no les pertenece. La química lee químicamente a un mundo
que no es esencialmente químico, la física idem. ¿Cuál
es la esencia del fenómeno, entonces, de qué se trata en
nosotros?
La alquimia fundamental es esta que realiza el ser en un camino de músculos
y sentidos, en un universo de uñas, dientes, vértebras y
riñones. ¿Es el cuerpo es el que construye el ser o es el
ser el que construye al cuerpo, o aparecen los dos al mismo tiempo, tomados
de la mano o de la idea? El cuerpo no contiene al ser, lo irradia. Apenas
lo contiene, se le sale todo el tiempo. Aun más valiosa que la
transformación de la basura en oro, que tanto buscaban en otro
tiempo, es esta transformación de la materia sin vida en materia
alguien, esta personalización de lo inerte que es la vida. Tal
vez lo más interesante del cuerpo no sea su existencia material,
sino la posibilidad de plantear de una forma entrañable el tema
de lo vivo. Porque hablar de la vida como de un fenómeno objetivo
es ya raro y difícil, pero hacerlo a partir del tema del cuerpo
es habilitar una perspectiva particular que abre a observaciones de otro
modo imposibles. Este cuerpo que está vivo soy precisamente yo,
y al mismo tiempo me sé superado y desbordado por una materialidad
palpitante que no manejo ni decido. No por eso se trata menos de mí.
El cuerpo es también la posibilidad de plantear desde una posición
íntima no sólo el tema del ser sino el de la voluntad y
tantos otros.
Entre otros, la muerte. Hemos abordado históricamente la cuestión
diciendo que el que muere es él, no yo, tan alma y etereo que casi
se diría que parezco un suspiro. El cuerpo envejece, yo sigo siendo
el mismo. El cuerpo defeca, yo leo o pienso en cosas lindas. Estoy atrapado
en este cuerpo transpirado y confuso. Mi prisión está llena
de pelos, pero mi alma es lampiña y huele a jabón de tocador.
¿El amor es bello o es vello? ¿Te toco el cuerpo o te toco
a vos? Otro tema, el de la identificación: ¿soy mi cuerpo
porque no puedo estar en otro lugar que donde está él o
porque mis ideas, emociones y pesadillas son las suyas? ¿Quién
soy yo, éste? Si yo fuera el cuerpo una foto respondería
a la pregunta por mi ser. La cédula de identidad cree eso: foto
y nombre. Y número: hay que contar los cuerpos para poder organizarnos
un poco, es una buena idea.
Se puede ver todo como si se tratara de cuerpos, ¿no es así
acaso? De un cuerpo sale otro cuerpo, si nueve meses antes otro cuerpo
se introdujo en él y dejó su huella. ¿La gordura
es una abundancia de cuerpo?, ¿hay gente que tiene más cuerpo
que otra, o se trata de la misma cantidad diseñada de otra forma?
¿Y la belleza? Hablamos de belleza interior para decir que alguien
feo resulta hermoso o agradable, ¿belleza interior es tenes unos
lindos pulmones, un cerebelo encantador o un esófago bien formado?
Ella no disfruta de su cuerpo, podemos decir. ¿No habría
que decir mejor ella no disfruta de ella, o simplemente ella no disfruta?
Pero estamos hablando del caso de una persona que va al gimnasio y es
posible pensar el caso de quien disfruta de ciertas experiencias que son
estrictamente corporales. ¿Se va al gimnasio a disfrutar de ser
un cuerpo o a trabajarlo como a una cosa? Distintas personas harán
distintas experiencias. Pero también es un difrute corporal disfrutar
de la lectura, o de una sinfonía de Brahms, aunque no bailemos.
También hay quien baila mucho pero lo hace racionalmente. Los planteos
que proponen que hay cosas de la cabeza y cosas del cuerpo son graciosos
e ingenuos: ¿acaso no es la cabeza una parte –bastante importante
al parecer- del mismo cuerpo? ¿Se ha visto alguna vez una cabeza
sin cuerpo o un cuerpo sin cabeza? Sí, se ha visto, pero se trataba
de una revolución o del resultado de algún otro hecho violento.
El cuerpo es el representante de la materia en la legislatura del ser.
El cuerpo es la parte obrera, que reclama y necesita, e impide que los
excelsos contenidos espirituales disfruten de sus volutas de pura forma
sin consecuencias. El cuerpo es el vulgar que arrastramos a todas partes:
pedorrea o eyacula, tiene caspa o tose, se rie convulsivamente o tiene
dolores que nos hacen sufrir. Es el erecto o indispuesto, contento como
un chico o preocupado como una madre. El cuerpo es el amigo de clase baja
al que convencemos de que se porte bien en una reunión elegante
: basta que le convidemos una copa de más para que empiece con
su serie de exabruptos. El cuerpo es el mejor amigo del hombre, y de la
mujer, aunque considerada desde el punto de vista del cuerpo esa diferencia
sea poderosísima. Los cuerpos se suman, a veces, como la batería
al celular, en una interacción maravillosa. No importa tanto la
ficha sino los seres que ellas conectan. Las fichas deben funcionar, claro
está, pero el fenómeno corporal se verifica más en
la intensidad de una emoción o en la sensualidad que junta al cuerpo
y a la persona que creemos va adentro.
El cuerpo usa bufanda, el dio lo tiene uno. El cuerpo camina, yo me quedo
quieto y miro las veredas y los edificios. A mí me pica, el se
rasca. Tiene hambre y lo llevo a un restaurante: traigale algo a este
que está como loco. Nos dan un menú. Me dice: apurate, agarrá
el pancito, pedile manteca. Le digo: ¿no preferís esperar
que llegue el bife? Y el pobre no se da cuenta que lo hago comerse otro
cuerpo, o tal vez en su lenguaje de bestia no le parece mal zamparse a
un prójimo.
La ropa es la casa del cuerpo. La catedral o la choza. ¿El cuerpo
es la casa del espiritu? Nietzsche dice que alma es una palabra para designar
algo en el cuerpo. Y que el espiritu es una cualidad o capacidad de algunos
cuerpos, no de todos. Su visión jerárquica sostiene que
incluso en el mismo cuerpo propio hay jefes y funciones, uno que manda
y otros que obecen. El cuerpo es un mundo social que requiere orden y
la revolución lo mata. Hacer la revolución es siempre matar
a alguien: las células más simples quieren hacer de neuronas,
no hay que dejarlos. Optemos por la evolución, si podemos elegir. |