El sentido no es una ciencia
Cuando me cruzo en la vida con alguien que se ha desarrollado mucho, que tiene un mundo propio feliz, obra y riqueza, suele tratarse de personas que tienen muchos años de análisis, gran conocimiento de sí mismos, mucha capacidad de bucear en zonas emocionales extrañas, gran poder de desear y de hacer, una mirada compleja que sabe tratar con contradicciones y dificultades sin perder pie ni echar la culpa a otros y conservando, además, gran capacidad de alegría. ¿No sería bueno incluir en el debate la observación de los tipos de personas que las diversas posiciones teóricas producen?
No creo adecuado ni necesario defender al psicoanálisis en oposición a otras terapias. Una de las características valiosas del nuevo universo terapéutico es que se ha difuminado -al menos en muchos de sus exponentes, tal vez en los más útiles clínicamente- esa necesidad de afirmar que una sola de las muchas vías posibles es la correcta y verdadera. El mundo de las terapias no es científico en ese sentido: trata con un tipo de verdad que no se caracteriza por ser una forma unívoca, sino que se define más bien por su capacidad para producir ciertos efectos. Son las suyas verdades estratégicas, instrumentadas para dar lugar a movimientos subjetivos de alto valor. Esto no quiere decir que no sean verdades, o que se trate de construcciones arbitrarias: hay una autenticidad que define y arma los sentidos, y la efectividad de las teorías no tiene que ver con la derrota de los enemigos conceptuales sino con ocuparse de alguien que está ahí y respira.
Lo que la posición de Borch-Jacobsen muestra con toda claridad es la estrechez de cierta concepción del método científico, un rigor más mortis que otra cosa, una falta de amor por la vida, materia prima que es nuestro trabajo entender y frente a la que debemos producir la riqueza de lo útil y la elaboración del sentido.
El sentido, término elusivo pero central, no puede ser estudiado dentro del método de la ciencia. Esto no quiere decir que deba tratárselo de manera torpe o ilógica, sino que hay razones que la razón no alcanza a comprender, y un paso importante en el camino del entendimiento humano fue el reconocimiento de que el inconsciente es un concepto tan útil como útil es la resonancia magnética.
El de Borch-Jacobsen parece un pensamiento científico atrasado, simplista y poco sutil: la ciencia, pese a su rigor, también evoluciona, y si no, pensemos en cómo lucen hoy los conocimientos rigurosos de tiempo atrás. Su oportunismo no debe en realidad preocupar, es legítimo querer destronar al psicoanálisis si uno puja por otra escuela, y creo que el revuelo que despierta en el universo psi es porque su pretensión pone el dedo en otra llaga: la de las rigideces de ciertas escuelas psicoanalíticas a las que les cuesta abrirse y evolucionar, la de un psicoanálisis que, en vez de entender el devenir del mundo nuevo, adopta al pensarlo la acostumbrada serie de prejuicios seudocultos y progresistas con los que se describe una sociedad "que va para atrás", un "mundo que ya no es lo que era", etcétera.
Sí, es cierto, el mundo no es el que era, pero su vitalidad es tan firme como siempre. Tenemos -en la Argentina- más pobreza, pero también ejes culturales de sentido nuevos y valiosos, costumbres más avanzadas y en tren de evolucionar hacia formas que no sabemos aún pensar. El deber de quienes quieren ayudar a vivir a sus pacientes es el de ponerse a la altura del cambio, destrabar la vida que quiere surgir, usar a Freud y a quien se quiera sin construir leyes fuera del tiempo, no repetir más sandeces ignorantes del tipo "los valores se han perdido", cuando es fácil entender que no hay sociedad sin valores y no resulta tampoco difícil -si se está lo suficientemente alerta- ver que muchos de los nuevos valores son evolutivos.
Los límites de la ciencia son, entre otros: no tener respuesta para el origen del universo (describe el big bang, pero no tiene forma de explicar por qué hay universo y no la nada); no dar lugar a un conocimiento determinante en las cuestiones de la vida personal; reconocer que el absurdo aparece en las cuestiones relativas a la física de las partículas, etc. La ciencia se abre hoy a la inconstancia, al caos, a las turbulencias, pero la psicología que disputa el trono al psicoanálisis pretende ser científica de una manera obtusa, cerrando los campos oscilatorios propios de la individualidad. El crítico del psicoanálisis suele abogar por el cierre de sentidos que le resultan conflictivos e irracionales. Lo hace por su propia incapacidad para tratar con esa materia fundamental de la vida, y en ese camino expresa una ignorancia mayor: no sabe que la vida misma es un fenómeno irracional, plagado de aspectos fluctuantes y claroscuros.
Otra cosa más: es cierto que en los bares de la ciudad es posible ver con frecuencia ejemplares del lacanismo tabaquista, dotados de un estilo que habla más de abundantes neurotismos que de profesionales de la salud, y que hay mucha jerga que oculta más inconsciente del que revela. También es cierto que las escuelas y subgrupos son muchos, pero interpretar esta abundancia como la prueba de nuestra incapacidad de vivir me parece descaminado. Una mirada más realista, capaz de reconocer en la neurosis una forma esencial de la experiencia humana, debería ver en esta proliferación un gran y valioso deseo de conocernos a nosotros mismos, la tendencia a desarrollar vidas enraizadas en el deseo y a desplegar cada vez mayores capacidades de intimidad.
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