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2005 - Noticias

Miedo en la ciudad

La ciudad da miedo. Damos miedo nosotros. ¿O ellos? ¿Ellos quiénes? ¿Ibarra, mostrando la renovada hilacha de la corrupción y/o de la ineficiencia, la visión de la política como infinito trenzado de auto promoción, con poco espacio para el trabajo de servicio a la ciudadanía? ¿El gobierno de la ciudad o más bien un universo de dirigentes con gran dificultad para contactar con una población cada vez más esquiva y exigente, conocedora de todos los vicios de la política pero al mismo tiempo reacia a cuestionarse a sí misma, seguidora apasionada de quienes demuestran talento para la acusación, cultora de una posición de víctima desprevenida frente a todas las cosas? ¿El presidente, reaccionando a destiempo para hablar sobre todo de sí mismo, repitiendo el truco del enojo, hablando –ya una falta de respeto- otra vez de la mitologizada década de los 90, pareciendo haberse olvidado de que tanto él mismo como sus colaboradores más queridos tuvieron en ella roles importantes? ¿Los empresarios mezquinos, ciegos perseguidores del lucro supremo, religiosos terrenales que aspiran a morir embadurnados en guita? ¿Los empresarios o Chabán, o quien haya sido el que para ahorrar en seguridad (controlar las puertas de emergencia en vez de ponerles candados) despreció a su público tratándolo como si fuera ganado? ¿La banda, que sabía que el local estaba superpoblado pero que ligada a la ganancia de la noche a través de un porcentaje prefería –pese a darse cuenta del peligro- confiar en que esa noche tampoco nada iba a salir mal, como no había salido mal tantas otras noches? ¿La banda o el mundo chabón del aguante, que tolera las bengalas, que más bien entiende a las quemaduras que éstas siempre producen (y que luego los fans llevan como testimonio de valor y fidelidad) como una ceremonia de fiesta e iniciación, como una peligrosa fiesta adolescente (como son y tal vez no puedan dejar de ser las fiestas adolescentes, variando con suerte el grado del peligro)? ¿O incluso el mismo público, capaz (como lo hizo en tantos otros casos) de romper todo si algún organizador de evento intenta decir aquí no cabe nadie más, esto está lleno, un público que busca con fruición la oportunidad de desmadrarse porque eso es lo que su edad los hace necesitar (sacarse a la madre de encima para crecer y ser cada uno quien quiere o puede ser), un público para el que mayoritariamente (no todos, aunque esta identidad domine) tener cuidado con las cosas equivale a ser botón, buchón, burgués, fascistoide, porque siente –al igual que la opinión pública- que en el fondo todo es una farsa –aunque no lo sea-, que está todo digitado –aunque no lo esté-, que en este mundo no se puede nada –aunque se pueda mucho más de lo que somos capaces-?

No se puede decir nada. La tragedia parece inventada por Stephen King, premeditada de tanta saña y horror. Pero no ganamos nada con ocultar la cadena de responsabilidades. El sentido de una visión amplia, capaz de ir más allá del dolor, es que esta es la más útil a la hora de hacer lo único que cabe hacer ahora: evolucionar para que estas cosas no vuelvan a pasar, aprender de la experiencia, ser una sociedad capaz de madurar.

El descuido es falta de amor, y aunque parezca idiota decirlo es el amor la energía aglutinante y básica de la sociedad, el factor que nos hace capaces de los enormes logros que de tan acostumbrados que estamos a compartir ya no vemos (ciudades de diez millones de personas viviendo juntas). El descuido está en mil gestos mínimos que ojalá ahora se vuelvan visibles: no se puede tirar un cigarrillo encendido desde la parte de arriba de los estadios hacia abajo, porque abajo hay alguien; los chicos no tienen que manipular pirotecnia; no se va con bebés a un boliche; si un techo se incendia un poquito una noche hay que denunciar al boliche al día siguiente; o sacarlo si sos el dueño del lugar; si un inspector es coimero hay que denunciarlo, no aprovechar la oportunidad; si un empresario es coimero hay que denunciarlo, no sacarle plata; no se puede descuidar la seguridad, cualquier instante es la fisura que deja entrar la tragedia. Y también: hay que entender que un puesto en el gobierno (funcionarios de Defensa Civil, de Seguridad) no es una posición política sino un trabajo por hacer, y que requiere capacitación y esmero, responsabilidades de las que hay que ocuparse. Claro que es lindo, y sin duda justo, tirar contra Ibarra y Chabán, pero no nos quedemos en el mismo juego idiota de siempre, el de ponernos fuera de escena o de dedicar toda la inteligencia disponible a la denuncia y la noble indignación. La gran operación política que Argentina necesita es una gigantesca operación pedagógica. Hacerla es una responsabilidad del Estado. Los ciudadanos podemos ser descuidados o idiotas, pero el gobierno se inventó para salvarnos a nosotros de nuestra propia idiotez: el problema es que el Estado está hecho de nosotros mismos, y entonces la cosa se vuelve difícil.

 

 

 

 
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