Miedo en la ciudad
La ciudad da miedo. Damos miedo nosotros. ¿O
ellos? ¿Ellos quiénes? ¿Ibarra, mostrando la renovada
hilacha de la corrupción y/o de la ineficiencia, la visión
de la política como infinito trenzado de auto promoción,
con poco espacio para el trabajo de servicio a la ciudadanía? ¿El
gobierno de la ciudad o más bien un universo de dirigentes con
gran dificultad para contactar con una población cada vez más
esquiva y exigente, conocedora de todos los vicios de la política
pero al mismo tiempo reacia a cuestionarse a sí misma, seguidora
apasionada de quienes demuestran talento para la acusación, cultora
de una posición de víctima desprevenida frente a todas las
cosas? ¿El presidente, reaccionando a destiempo para hablar sobre
todo de sí mismo, repitiendo el truco del enojo, hablando –ya
una falta de respeto- otra vez de la mitologizada década de los
90, pareciendo haberse olvidado de que tanto él mismo como sus
colaboradores más queridos tuvieron en ella roles importantes?
¿Los empresarios mezquinos, ciegos perseguidores del lucro supremo,
religiosos terrenales que aspiran a morir embadurnados en guita? ¿Los empresarios o Chabán, o quien haya sido el que para ahorrar en
seguridad (controlar las puertas de emergencia en vez de ponerles candados)
despreció a su público tratándolo como si fuera ganado?
¿La banda, que sabía que el local estaba superpoblado pero
que ligada a la ganancia de la noche a través de un porcentaje
prefería –pese a darse cuenta del peligro- confiar en que
esa noche tampoco nada iba a salir mal, como no había salido mal
tantas otras noches? ¿La banda o el mundo chabón del aguante,
que tolera las bengalas, que más bien entiende a las quemaduras
que éstas siempre producen (y que luego los fans llevan como testimonio
de valor y fidelidad) como una ceremonia de fiesta e iniciación,
como una peligrosa fiesta adolescente (como son y tal vez no puedan dejar
de ser las fiestas adolescentes, variando con suerte el grado del peligro)?
¿O incluso el mismo público, capaz (como lo hizo en tantos
otros casos) de romper todo si algún organizador de evento intenta
decir aquí no cabe nadie más, esto está lleno,
un público que busca con fruición la oportunidad de desmadrarse
porque eso es lo que su edad los hace necesitar (sacarse a la madre de
encima para crecer y ser cada uno quien quiere o puede ser), un público
para el que mayoritariamente (no todos, aunque esta identidad domine)
tener cuidado con las cosas equivale a ser botón, buchón,
burgués, fascistoide, porque siente –al igual que la opinión
pública- que en el fondo todo es una farsa –aunque no lo
sea-, que está todo digitado –aunque no lo esté-,
que en este mundo no se puede nada –aunque se pueda mucho más
de lo que somos capaces-?
No se puede decir nada. La tragedia parece inventada por Stephen King,
premeditada de tanta saña y horror. Pero no ganamos nada con ocultar
la cadena de responsabilidades. El sentido de una visión amplia,
capaz de ir más allá del dolor, es que esta es la más
útil a la hora de hacer lo único que cabe hacer ahora: evolucionar
para que estas cosas no vuelvan a pasar, aprender de la experiencia, ser
una sociedad capaz de madurar.
El descuido es falta de amor, y aunque parezca idiota decirlo es el amor
la energía aglutinante y básica de la sociedad, el factor
que nos hace capaces de los enormes logros que de tan acostumbrados que
estamos a compartir ya no vemos (ciudades de diez millones de personas
viviendo juntas). El descuido está en mil gestos mínimos
que ojalá ahora se vuelvan visibles: no se puede tirar un cigarrillo
encendido desde la parte de arriba de los estadios hacia abajo, porque
abajo hay alguien; los chicos no tienen que manipular pirotecnia; no se
va con bebés a un boliche; si un techo se incendia un poquito una
noche hay que denunciar al boliche al día siguiente; o sacarlo
si sos el dueño del lugar; si un inspector es coimero hay que denunciarlo,
no aprovechar la oportunidad; si un empresario es coimero hay que denunciarlo,
no sacarle plata; no se puede descuidar la seguridad, cualquier instante
es la fisura que deja entrar la tragedia. Y también: hay que entender
que un puesto en el gobierno (funcionarios de Defensa Civil, de Seguridad)
no es una posición política sino un trabajo por hacer, y
que requiere capacitación y esmero, responsabilidades de las que
hay que ocuparse. Claro que es lindo, y sin duda justo, tirar contra Ibarra
y Chabán, pero no nos quedemos en el mismo juego idiota de siempre,
el de ponernos fuera de escena o de dedicar toda la inteligencia disponible
a la denuncia y la noble indignación. La gran operación
política que Argentina necesita es una gigantesca operación
pedagógica. Hacerla es una responsabilidad del Estado. Los ciudadanos
podemos ser descuidados o idiotas, pero el gobierno se inventó
para salvarnos a nosotros de nuestra propia idiotez: el problema es que
el Estado está hecho de nosotros mismos, y entonces la cosa se
vuelve difícil. |