Una visión pobrista
El pobrismo no es un mecanismo de dominación, es una visión de la
sociedad, una filosofía de vida, una versión del mundo. Como forma de
dominación es muy imperfecta, ya que debe pagar un altísimo costo en
la violencia que engendra y en la potencial revuelta justiciera que
hace asomar en el horizonte. El pobrismo es una forma de vivir la vida
y de pensar el país, una manera reducida de concebir al ser, la
creencia absurda de que el destino se manifiesta como una serie
infinita de carencias y que cualquier propuesta debe respetar el peso
de ese límite. La carencia es promovida como si se tratara de una
prueba de honradez, como si ser honrado fuera no aspirar a más porque
todo querer nos compromete en los caminos del mal. Su moral es una
moral de quedados que dicen estar siempre bajo una voluntad ajena,
cuando por lo general antes de la existencia de esa voluntad enemiga
lo que se evidencia es la falta de una voluntad propia.
El pobrismo es la política de la neurosis, de aspirar a poco, el plan
de no pagar, no ya la deuda externa sino ninguno de los precios que
una sociedad debe pagar para conquistar un buen nivel de vida
generalizado. Ni pagar cada persona los precios de su crecimiento
personal, se trate de su crecimiento afectivo, laboral, espiritual, de
cualquier tipo. Pobrismo es no ver ni entender que pagar los altos
precios que requiere la realización de una persona madura o de una
sociedad madura es lo que permite elevar el nivel de vida, como si la
finalidad fuera ante todo la de no modificar la existencia de una
pobreza a la que se dice querer eliminar pero a la que se reivindica
al mismo tiempo como cultura popular, como expresión de sabiduría y
campo de valores superiores. Pobrismo es hacer de la comunidad
carenciada una comunidad virtuosa, del hombre caído un personaje
siempre más valioso y mejor que el hombre entero y capaz de algo.
Pobrismo es confundir el hecho de que es necesario ayudar y asistir y
educar y formar a quienes padecen de miseria con la creencia de que a
ese estado se llega por haber sido bueno.
Pobrismo es rechazar el crecimiento por ver en la riqueza que este
genera la huella del diablo, pobrismo es ser más sensible a las
pérdidas que todo crecimiento siempre produce que a los beneficios de
tales metamorfosis. Pobrismo es estar enamorados de los momentos
débiles del desarrollo, preferir subrayar esos costos antes que hacer
pie en los posibles resultados de las apuestas osadas y tal vez
exitosas. Pobrismo es no aspirar a una vida plena sino a una mera
supervivencia, lo que constituye una forma de involucionar. Pobrismo
es no querer crecer, ver en el crecimiento una tentación indebida,
tener un repertorio de ideas para afear el camino de quien quiere
crecer, para arruinárselo, con la moral absurda de que si yo no puedo
o no quiero tampoco debe poder o querer nadie. Pobrismo es mirar para
atrás, pensar para atrás, querer para atrás, asegurarse la quietud con estratégicas morales de respeto y de temor. Pobrismo es creer que el
temor es una reverencia frente a una instancia importante que debe
respetarse, no captar la debilidad que ese temor entraña y no querer
por lo tanto nunca superarlo.
Pobrismo es creer que la gente que tiene plata no puede querer el bien
del país y por el contrario creer que lo que quiere y decide alguien
en mala situación es siempre bueno y correcto. Pobrismo es creer que
las malas ideas, las comprensiones limitadas de la situación, desde el
momento en que se tornan masivas se vuelven también verdaderas e
imprescindibles.
Pobrismo es, para un político, cortejar a la pobreza como a una novia,
siendo incapaz de generar otra estrategia de poder que la de reinar en
el vacío. Pobrismo es depresión de líder que no puede dejar de querer
reinar pero no sabe bien para qué, y pobrismo es también suponer que
a todo líder le pasa lo mismo, dar esa versión miserable de los hechos
según la que todo en el fondo responde al mismo vacío. Pobrismo es
halagar al sentido común, halagar al pueblo en sus aspectos más
quedados y conservadores, pobrismo es conformar ese poder de un pueblo
encaprichado con su facilismo, armar una ciudadanía con el lomo de sus
prejuicios bien sobado, contenta de ser mediocre y tiránica a la hora
de descalificar cualquier instancia que busque desafiarla, hacerla
crecer, llevarla a confrontar con sus límites de comodidad y a desprenderse de su moral de pobreza justa, de pobreza racionalizada,
de pobreza padecida pero de la cual siempre otro es responsable, de
pobreza que se convierte en plan de lucha en contra de aquel que osó
no ser pobre para castigar su osadía.
Pobrismo es preferir no hacer olas y quedarse en el confort y la
retroalimentación que produce el grupo de frustrados, es no querer
explorar las posibilidades disponibles, preferir el juego de
rechazarlas a todas para hacer más fuerte el sentido colectivo de la
frustración y centrarse en una lucha inverosímil e inventada, falsa,
optar por culpar al rico, al menos pobre, al que busca, como si fuera
responsable absoluto de la existencia de las dificultades que se
padecen.
No digo que nuestra sociedad sea total y fatalmente pobrista, pero me
parece productivo mirar a la cara estas tendencias poderosas en
nuestra vida social, porque es el único modo de aspirar a
desactivarlas. Hay entre nosotros también otras visiones, más capaces
y más vitales. Sería bueno distinguir unas de otras y aprender a
apoyar las tendencias más aptas para aprovechar lo que de positivo
tiene nuestro momento actual. Argentina tiene necesidad de enormes
dosis de buena conciencia, es decir, de modos de mirar la vida que la
hagan superar las miserias mentales que engendran miserias materiales.
Dejar de creer que nuestra pobreza proviene de enemigos feroces,
modificar el vicio de crear y recrear nuestros vacíos meritorios.
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