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2006 - Diario Ciudadano (Mendoza)

Nuevos valores: la intimidad, sentido primordial

Un interesante rasgo cultural de nuestra época es el valor y lugar que ocupa la intimidad hoy. Y me refiero a la importancia que se le asigna a la cercanía que las personas puedan lograr entre sí, a esa proximidad solo posible a partir de un sentimiento de comodidad compartida, de autenticidad llana, de desinhibición estable y relajada. Tan nuevo es este valor que puede en principio no parecer un valor, sino la mera descripción de una situación interpersonal. Decir que la intimidad es un valor de nuestra época implica decir que es para nosotros algo extremadamente relevante, que dedicamos tiempo y energía a producirla, y que forma parte de manera general de lo que buscamos en las experiencias en las que participamos.
Consideremos un ejemplo: como parte de la falsa premisa “los valores se han perdido” (frase que expresa una visión del mundo atada al pasado e incapaz de captar la transformación moral) se suele aludir al caso de que hoy en día los hijos no “respetan” a sus padres. Es verdad que el valor principal en la relación padres e hijos hoy en día no es “respeto”, pero esto sucede porque “respeto” ha sido reemplazado por “amor” o “intimidad”.
En otra época se aspiraba a que cuando un padre hablara el hijo escuchara con respeto, es decir, en silencio expectante. En nuestra época, más evolucionada en estas –y otras tantas- cuestiones, un padre que habla espera que el hijo también hable, y en vez de inspirar temor o aprobación ese padre aspira a establecer relaciones de calidez y encuentro, y a disfrutar de sistemas de comunicación de ida y vuelta, en donde también el hijo pueda expresarse y dar a conocer su perspectiva personal.
Aclarémoslo, no es que el valor “respeto” se haya perdido, el antiguo valor evolucionó hasta producir un valor superador llamado “intimidad”. El amor de estos padres modernos que no quieren ser temidos por sus hijos incluye el antiguo valor del respeto, pero ofrece una versión más evolucionada del mismo. El amor respeta también, pero el respeto no es una versión convincente del amor, se queda muy corto. Creer que la esencia del amor es el respeto es dar una versión hipermoral y limitada de lo que tendría que ser más bien un paso de plenitud sensorial y de felicidad.
 Muchas experiencias pueden ser mencionadas para probar que la intimidad es un valor central de nuestro tiempo:

  • la abundancia de comunicaciones digitales, testimonio de un hambre de contacto en el individuo contemporáneo, que sabe aprovechar los nuevos medios disponibles, a la que no corresponde ver trágicamente como manifestación de aislamiento sino como una capacidad de encuentro,
  • la explosión de la telefonía celular (idem),
  • los cientos de tipos de terapias con las que distintos tipos de personas buscan ser más capaces de hacer contacto con otras personas, superando el estoicismo de una antes meritoria soledad,
  • la informalidad que domina el contacto social (que también puede describirse negativamente como “falta de educación” pero que debería en realidad ser comprendido como parte de una mayor fluidez en la comunicación entre las personas)

El valor de la intimidad atraviesa hoy incluso el mundo de la política, impidiendo que la clásica impostura del sujeto social creyéndose sujeto de la historia pueda prosperar. También en este punto la descripción más frecuente suele ser negativa, como si el cambio de nuestros modos de relación social fuera un simple testimonio de decadencia. En realidad, pensándolo más finamente, tendríamos que reconocer que se trata de la aparición de otros sentidos, y ser capaces de afirmar estos giros novedosos de nuestra siempre desbordante realidad como lo que son: formas propias, necesarias, más oportunidades de desarrollo que determinaciones que nos conducen a nuevos fracasos inevitables.
Aparece por supuesto, en el horizonte de estas reflexiones, la infaltable acusación de individualista para todas las posiciones que otorguen al lugar de la experiencia subjetiva un espacio tan relevante. Tenemos que animarnos a entender, de una vez por todas (y tal vez ese sea el cambio más importante, el trasfondo que nos hace conectar con el sentido de la intimidad) que lo que criticamos indebidamente como individualismo es en realidad el reconocimiento de la realidad más básica y esencial, es decir, la aceptación del hecho de que la vida humana se vive siempre desde la perspectiva de un sujeto preciso y determinado, es decir, desde un ser personal. Aceptarlo es también entender que la conformación del conjunto social es, con toda su importancia y su influencia decisiva, al mismo tiempo siempre vivida como una realidad de segunda instancia, el escenario en el que la aventura de llevar adelante la propia vida debe desplegarse.

La vida es necesariamente la vida individual, siempre la aventura de un sujeto que pone en juego su ser en cada uno de sus pasos, y es esa mirada suya la que anima luego el sentido de los hechos que observamos socialmente. Para decirlo de otra manera: no existe el hombre, existen las personas. Y si bien la suma de las personas concretas dan lugar a lo que hemos dado en llamar genéricamente “el hombre”, ese concepto no pasa de ser una abstracción. Abstracción necesaria, si, pero a la que conviene relativizar y poner en duda para poder elaborar el sentido de nuestras vidas concretas y carnales, para las que el encuentro y la intimidad resulta primordial.
 

 

 

 
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