Notas sobre el Mundial
El mundial de fútbol es un fenómeno que exacerba los nacionalismos, ¿es bueno el nacionalismo? Por más que se diga lo contrario, no se trata de un fenómeno “natural”: el nacionalismo es una construcción de los estados nacionales, y no podemos decir a ciencia cierta qué función cumple. Sabemos en todo caso que es más fundamental en la realización de guerras que de logros: los logros piden individuos capaces, no masas fundidas en sentimientos simbólicos de exaltados y simplistas. El nacionalismo está demasiado ligado a cosas negativas (guerra de Malvinas, espíritu violento de los 70, aislamiento del mundo, orgullo injustificado -más bien necio- obsesión por nuestro propio pasado, supuestos valores esenciales dudosos, etc).
El mundial de fútbol genera el siguiente escenario posible en muchos lugares del mundo: gente sin un gobierno eficaz, sin grandes logros, va a sentir que está todo bien si su país gana, ¿está bien eso? ¿Es bueno que los pobres sintamos el consuelo de una victoria simbólica o sería mejor confrontarnos con nuestra incapacidad? Aunque tal vez esa victoria simbólica, ayudando a subir nuestra autoestima, permite otros pasos de crecimiento, también simbólicos… ¿Será posible que un país, estimulado por una victoria deportiva, logre aumentar sus ganas de vivir y de allí también su producción?
Aunque puestos en esa reflexión deberíamos incluir el estilo del juego, y el tipo de intención que se expresa en el deporte. Cada nación tiene su impronta, y la de Argentina no es la mejor. Nuestros dos campeonatos ganados son en parte ilegítimos: el 6 a 0 contra Perú es dudoso, y un gol a Inglaterra fue hecho con la mano. A nadie le importa, la moral argentina es ganemos de cualquier manera, pero ganar así es en muchos sentidos peor que perder. Es por eso que pudimos ganar un par de mundiales pero no podemos deshacernos de la pobreza, a la que más bien incrementamos con el paso de las décadas…
El mundial es una ilusión, un divertimento, un artificio, pero ¿es malo por eso? Otra perspectiva sería: no sobre-interpretemos, el disfrute del deporte es parte de la distensión de vivir, un entretenimiento para los que quieren entretenerse así. Necesitamos más libertad no más amargura… El mundial no significa la iluminación de los pueblos, pero hay muchas más otras cosas en la vida que iluminarse…
Sin embargo me dan tristeza esos hombres que los domingos huyen de su casa y de su familia para ir a gritar a la cancha, en una situación de precariedad emocional profunda. Me da tristeza y angustia el paisaje desolado del domingo en una ciudad en la que resuena la voz sacada de un locutor narrando con pasión los movimientos de dos equipos jugando a la pelota. Me desespera que la conversación entre varones tenga en el fútbol su motivo principal. Que se considere que hinchar por un equipo es necesario y valioso. Sebreli señaló que la raíz etimológica de “hincha” tiene que ver con el odio. Es cierto que “el amor por los colores” de la propia camiseta suele sonar más a resentimiento y odio por los “colores” del otro que a opción vital propia.
Claro que no está mal que el fútbol exista, ¿quién es uno para pretender corregir la realidad hasta el punto de querer prohibirlo (aunque como fantasía me parece que sería un experimento interesante, junto con la suspensión de la tele)? Savater se equivoca cuando se indigna, y Sebreli también. ¿No pueden entender que no somos todos iguales y que determinados tipos de persona necesitan ese escenario deportivo para canalizar sus pasiones, que no encuentran otros objetos ni destinos para vivirlas? Me sorprende en Savater, que escribió un libro tan lindo sobre Nietzsche, que no entienda que –como dice el filósofo alemán- “es indigno de un espíritu profundo ver una objeción en la existencia de la mediocridad”, como si esta no cumpliera una función importante, como si todo el mundo fuera capaz de ocupaciones sublimes.
Me gusta ver el mundial. No siempre me gusta el fútbol de Argentina. Me gusta el fútbol inglés o alemán, súper veloz y súper ofensivo. La nobleza del equipo, y la belleza del espectáculo, tienen que ver con ir de manera decidida a marcar goles, con entrega y dedicación. El equipo argentino refleja muchas veces más bien nuestra moral especulativa, calculadora, que ahorra esfuerzo y talento, que traba su talento en consideraciones secundarias, narcisistas, que neurotiza su capacidad en vericuetos que le impiden ganar por superioridad. Ganar de cualquier manera no es lindo. Hay que ganar bien, siendo más, mucho más en lo posible, que el adversario, por capacidad y talento, no por trampitas y miserias.
“Pasión de multitudes”: tampoco me parece que eso sea una virtud, más bien suele ser un rasgo de desgracia. Los sentimientos masivos suelen ser siempre emociones fascistas: limitan al individuo. Aunque tal vez es necesario que haya expresiones de ese tipo, incluso fascistas, en una sociedad que quiera funcionar bien. Muchas personas necesitan expresarse en la masa, no pueden sino encontrar ese modo de elaboración para energías que pasan por ellas.
El fútbol no es cultura. Lo único que faltaba. El fútbol es deporte. ¿Qué necesidad hay de hacer del deporte cultura? La necesidad de aparecer como cultos sin serlo. El deporte puede ser bello, y valioso, pero entendamos que la cultura pide más refinamiento y más libertad, otro tipo de deseos y de expresiones. Decir que el fútbol es cultura es como decir que “carburación es cultura” o que “paddle es cultura”. Seguimos en la demagógica y peronista posición de sobarle el lomo al pueblo para que esté contento con su miseria, en vez de ayudarlo a superarla.
No está mal que haya fútbol, claro que no, el problema es que falten otras cosas. ¿El fútbol nos une y ayuda a que esas cosas terminen lográndose? La verdad que no lo sé, tal vez sí, tal vez no. Correte que quiero ver el corner, ¿cómo se llama el negro ese? |