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2006 - Diario Ciudadano (Mendoza)

Educación: ¿deber o deseo?

1. ¿Qué es la educación?

Es el camino más efectivo para el crecimiento, se trate de un país o de una persona. Podríamos decir que hay dos vías para mejorar la realidad social. Una es la política, que es capaz de afectar a la sociedad en poco tiempo, pero que resulta para nosotros muy poco efectiva. Otra es la educación, que es tremendamente efectiva, pero trabaja a largo plazo. La educación es la política del crecimiento.

La educación es el proceso por el cual una persona, o una sociedad, crecen en poder y tiene la posibilidad de acceder a nuevos niveles de capacidad, de felicidad y plenitud. La educación es una bandera necesaria, una propuesta política cultural, una preocupación orientadora, una vía para transformar el amor por el mundo en procesos concretos de logro. La educación es además, bien entendida, la forma de desplegar la sensualidad del sentido. El sentido de vivir se abre cuando una sensibilidad aprende a desplegarse y a paladear la vida. Educar es abrir la sensibilidad a este proceso de enriquecimiento.

2. ¿Para qué educar o, para qué educarnos?

Los terapeutas señalan a la incapacidad de lograr relaciones de intimidad satisfactoria como el principal factor de infelicidad en nuestras vidas. Hay que educar y educarnos para mejorar la forma de relacionarnos, para generar capacidades de comunicación, para que podamos conocernos mejor y para saber qué queremos y cómo lograrlo.

La educación está en crisis porque el mundo cambió y porque le cuesta ponerse a la altura de ese cambio. La transformación no debe ser interpretada como un deterioro: es una metamorfosis profunda que abre más de lo que cierra. Hay que educar a la educación para que sea capaz de comprender el cambio y vivirlo adecuadamente, para que al hacerlo pueda acompañar los procesos de la vida actual, en vez de adoptar esa posición frecuente de reproche y desencanto con la que pretende añorar un mundo que ya no es ni puede ser. Cuando la educación hace esto reniega de su poder siempre vigente, y en vez de reinventarse tira la toalla. Una educación quejosa o decepcionada no es educación.

3. ¿Se han perdido los valores?

Algunos se han perdido, pero otros han nacido. La moral no es sentido tallado en piedra, los valores son entidades vivas, en constante transformación. Los valores nacen, viven y mueren. Al morir dejan el lugar a valores nuevos.

Algunos valores incluso han evolucionado. Estamos acostumbrados a pensar bien de personas que han dado su vida luchando por sus valores, pero hoy –sabiamente- pedimos valores por los que vivir, no valores por los que morir. Esto es bueno, es un buen cambio, pero tiene un efecto secundario en el que tenemos que pensar. Este nuevo planteo nos impide hacer las paces con la noción del esfuerzo. Cuando era bueno morir por los valores, el sentido del esfuerzo estaba ligado con el sacrificio: había que sacrificarse. Hoy no queremos sacrificarnos, ¿cómo hacemos entonces para hacer esfuerzos?

Entendiendo que el esfuerzo no es una expresión del deber, sino del querer. No hay que hacer un esfuerzo para dejarse de lado, hay que hacer un esfuerzo para asumirse y dar la batalla por la vida que uno quiere llevar. La vida plena que uno quiere llevar pide esfuerzos, esfuerzos que no nos van a matar, sino esfuerzos que nos van a hacer vivir más plenamente. Para esto tenemos que educar, y educarnos.

4. ¿Se enseñan los valores?

Sólo de manera indirecta. Sabemos por experiencia propia que no se logra hacer de alguien una  buena persona diciéndole 300 millones de veces que es bueno ser bueno. Además, esa imagen del bien que hace que concibamos que ser buena persona es ser prolijo y formal es una imagen vacía, propia del imaginario de otra época, y hoy tenemos que aprender a generar una sociedad plena a través de una imagen del bien más verosimil.

Los valores se enseñan creando una atmósfera de fluidez y libertad, dejando que el deseo de las personas se abra camino en una situación en la que las formas de vivir puedan replantearse y recrearse constantemente. Se forman personas buenas si se les ayuda a desplegar su sensibilidad y su deseo, no si se las intenta someter al imperio del deber.

Si una persona es apoyada en el despliegue de su querer formará en sí misma una sensibilidad vital, amorosa, abierta. Si es educada en el intento de hacerla caber en el molde del deber empezará a albergar resentimiento, desazón, desinterés.

5. ¿Cómo se hace para educar moralmente?

Hay que captar y reproducir los valores propios de nuestra época, esos que llevamos en nosotros pero que nos cuesta pensar. El pensamiento atrasa, no tiene palabra para decir el sentido actual, la inteligencia adopta una idea de profundidad errada, creyendo que la oscuridad y el desencanto son formas de la lucidez, cuando son más bien formas de la impotencia.

Una educación moral hoy pide que formemos protagonistas, pasó el tiempo de la modosidad. La excitación está en el aire, gracias a los medios de comunicación y a la libertad cada vez mayor de expresión y a la libertad de nuestras costumbres. El conocimiento está suelto, anda por ahí. Educar para el bien es hoy educar para el deseo.

Enseñar a las personas a que sean capaces de ayudarse a sí mismas, a transformarse en protagonistas de sus vidas, a asumir la aventura de ser una persona que quiere crecer y quiere vivir bien, es un objetivo valiosísimo. Y es a la vez un aporte social imprescindible. La sociedad no mejora neutralizando a los individuos sino potenciándolos: darle alas a las personas no es despreocuparse por el bien social sino exactamente lo contrario. Queremos una sociedad llena de individuos plenos y capaces, no un universo asistencialista de pasividad y esclavizado agradecimiento.
 

 

 

 
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