Macri y Lavagna
Aunque no parezca una emoción sana, lo cierto es que me gustan las agresiones del gobierno a Lavagna y a Macri, que las leo o escucho con placer, y que tal cosa sucede porque los dichos un poco desaforados e insultantes a los que me refiero confirman el hecho político principal de estos últimos tiempos: la aparición en la escena nacional de rivales peligrosos y con chance, cosa que pone fatalmente nerviosos a los hasta el momento muy confiados representantes del kirchnerismo.
La parte positiva de la emoción es la esperanza de que esos nervios, con los que muestran la hilacha diciendo barbaridades que no deberían decir, hagan que el gobierno se esmere más en resolver los temas pendientes y deje de lado la suficiencia bravucona que lo ha caracterizado. ¿A qué hilacha me refiero? A la que deja en claro que tras las apariencias de seguridad y éxito se revela la existencia de inconsistencias y temores, la que pone de relieve el hecho de que muchas cosas se hacen a medias y zafando de los problemas más que buscando con decisión sus raíces y sus soluciones. ¿El país crece gracias al presidente o pese a él?
Podríamos decir que todo político está compuesto por dos partes: una parte de lucha por el poder y una parte de servicio, búsqueda de logro o gestión. Esto es lógico y normal, y tenemos que entenderlo y aceptarlo en vez de pretender que la política sea la mera búsqueda del bien común independiente de la búsqueda del bien personal de los dirigentes. Es cierto que, para las actuales necesidades de la población argentina, la sensación es que los políticos tienden a ocuparse demasiado de la lucha por el poder y poco de la gestión, que su búsqueda de preeminencia política suele ocupar muchas veces todo el espacio disponible, cuando tendría que ocupar una parte menor. Podemos constatar que, como dice Sergio Berenstein, “los políticos se aburren con la gestión”. O podríamos plantearlo de otra manera: los políticos no han entendido que la mejor carta en el juego del poder es la buena gestión. (Tal vez no tienen necesidad de entender esta verdad, y eso sería grave, responsabilidad de la masa de votantes y su –nuestra- propia incapacidad, ya que preferimos unas mentiras bien dichas antes que verdades que requieren esfuerzos).
Es lo que suele plantearse como la diferencia entre un político menor o un estadista. El político de corto alcance tiene su mirada puesta en la voluntad popular, busca congraciarse con ella, dar lo que pide, actuar el guión que la imaginación del votante impone como horizonte inevitable. El estadista busca en cambio guiar esa voluntad hacia destinos que sabe mejores, pasando incluso por encima de la propia ignorancia de sus seguidores, transformándola, generando condiciones y movimientos que la voluntad popular nunca hubiera logrado por sí sola. El primero parece respetar a su público, ser el representante de la sabiduría esparcida por la masa. Mejor pensado, el fenómeno lleva el nombre de “demagogia” y parte y se escuda en la falsa idea de que el necesitado es quien mejor sabe cómo satisfacer su necesidad. Desde el punto de vista del estadista se concibe de otra forma el cambio necesario: la población en estado de precariedad no está en situación de determinar el camino que la sacaría de su estado, y ciertas transformaciones generales deben ser realizadas por una inteligencia y una capacidad de mayor alcance. ¿Iluminados? No hace falta llegar a tanto, basta con pensar en gente capaz, dirigentes con capacidad de querer y de hacer.
Podríamos también decir que como regla general un político en el poder se dedica a pensar en la rosca y en la oposición cuando no sabe muy bien que hacer con el poder que posee. Esa incapacidad le hace sentir su situación como frágil, y en vez de volverse capaz de logro se emperra en la observación de sus oponentes y hasta en el control férreo de los propios partidarios.
Es cierto que Lavagna formó parte del gobierno durante mucho tiempo, pero se le adjudica la responsabilidad por las mejores cosas del mismo, tal vez gracias a que tiene un perfil sofisticado y europeo, o a la mesura que caracterizó siempre el tono de sus intervenciones, tan distintas de los exabruptos del líder principal o de la pedantería de los Fernández, Cristina incluida.
Macri, por su parte, cuenta con la virtud de no venir del universo político, de ser un gestor que tiene el extraño deseo de aportar al país su capacidad, y que cuenta con una caja personal que nos hace suponer que esos intereses constructivos son legítimos. El lugar de hombre de derecha le cabe mal, y proviene más del hábito de un análisis político demasiado incapaz para pensar lo nuevo y demasiado enamorado de las viejas categorías y de su capacidad para confirmar la serie de los prejuicios habituales.
La política también es una novela, a la que seguimos muchos (no demasiados) con un interés parecido al que nos hace seguir las historias de los personajes de ficción que nos capturan. El problema es que esta historia es la nuestra, y que los hechos que vemos desde lejos en realidad están entretejidos con los de nuestro presente y nuestro futuro. ¿Podrán estos dos jugadores ayudar al país a dar algunos de los difíciles pasos deseados? |