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2006 - Diario Ciudadano (Mendoza)

Cómo no dejar de leer

Es muy frecuente que una persona sienta que el tiempo que dedica a la lectura no es todo el que querría dedicarle. Que sufra incluso con cierta desesperación tener que postergar una actividad a la que sabe tan importante para el crecimiento personal, a la que debe tantos descubrimientos y tantas perspectivas útiles, aplicables en la cotidianidad laboral o personal. El enunciado del problema no busca incentivar la lamentación ni agravar la angustia asociada al problema, sino señalar un aspecto secundario y descuidado que puede proporcionar una clave para retomar la lectura cuando esta fue abandonada, o para incrementarla de ser necesario hacerlo.

Suele muchas veces no tratarse de una falta de tiempo. Lo sabemos porque, cuando aparece un libro especial para nosotros somos capaces de transformarnos en ávidos recolectores de ratos perdidos, y convertimos en momentos de lectura inesperadas pausas de actividad. Como amantes secretos encontramos una vida paralela para atender a ese otro amor, a ese otro universo mental de expansión y de emociones. ¿Pero qué es lo que hace que a veces el tiempo sea capaz de doblarse de esa forma y quepa en él lo que parece imposible hacer caber en otros días? La respuesta es precisamente la señalada: la excitación asociada a determinados textos.

Y aquí es donde es necesario pensar con detenimiento. Solemos pensar que la variable para que esa excitación o entusiasmo tenga lugar es la calidad objetiva del libro. Si un libro es bueno, si ha sido recomendado por alguien que respetamos o si la crítica lo saluda como un referente inevitable, entonces debería desatar en nosotros un interés a la altura de tales valoraciones. Lo cierto es que las cosas no suceden de esa forma, y que el valor de un libro no tiene que ver con un registro objetivo sino con la forma en la que este encaja en nuestra búsqueda particular.

No se trata tanto, para decirlo de otra forma, de pensar en libros o en textos, tenemos más bien que observar y promover más bien el fenómeno de la lectura, es decir, el de un encuentro, siempre particular y determinado, entre un libro y una persona. ¿Y qué tiene que ver esto con encontrar o no los momentos para leer? Muchas veces la actividad de la lectura entra en crisis, es abandonada o al menos impedida, porque el lector se compromete a leer un texto que en verdad no le interesa, sin lograr darse cuenta de esa falta de interés.
El valor objetivo del libro atenta contra la posibilidad de darse cuenta: ¿cómo no va a ser interesante el Quijote?

Es importante abrir el espacio necesario como para que esa persona pueda decir, o decirse a sí misma: no digo nada sobre el valor de la obra, ni es mi aburrimiento al leerla prueba de mi falta de capacidad, lo que pasa es que no es el momento de este encuentro, o que no hemos sido hechos el uno para el otro. Es a partir de esa libertad de lectura que una persona puede manifestar y vivir sus reales intereses.

Lo digo de otra forma: tengo un rato libre, ¿qué hago, leo? Miro sobre la mesa el libro a medio leer, importante, meritorio, pero del que estoy desconectado. No, decido, mejor acomodo la ropa, o hablo por teléfono, o veo mis mails. Si fuera capaz de abandonarlo y dirigirme directamente al libro que en este momento preciso me resulta excitante leería más, viviría la experiencia de la lectura, seguiría el proceso exacto de mi crecimiento.

La promiscuidad que en el nivel amoroso resultaría destructiva (o al menos cansadora) es el modo de realización de la correcta experiencia de la lectura. No debemos generar compromisos con los textos sino con el deseo nuestro de ir hacia ellos, usarlos, comenzarlos e interrumpirlos sin culpa, picoteando libremente. Como en tantas otras cosas de la vida, un respeto excesivo por los mandatos arruina toda posibilidad de vivir plenamente. Para seguir leyendo hay que animarse a dejar libros por la mitad (o en las primeras 10 páginas) sin interpretar que eso quiere decir nada sobre ellos ni sobre nosotros. Busquemos la chispa donde la chispa está.

No es fácil hacerlo, uno pasa por ser un traidor, pero se trata de una forma de fidelidad superior, la de respetar nuestros intereses profundos, esos que se manifiestan en las curiosidades espontáneas.

Otra cosa más, importante para pensar la experiencia de la letura: no se trata en ella de una huída, sino de lo contrario. La lectura bien vivida implica una aproximación a sí mismo. La lectura es el espacio experimental en el que buscamos y creamos las nuevas pieles con las que nuestra sensibilidad va viviendo su transformación necesaria y evolucionando. Claro que esto sucede si nos dirigimos hacia los libros que nuestro deseo elige y no hacia los que se supone que “hay que leer”.

Aprender a leer es aprender esta dinámica del encuentro entre unas personas y unos textos, captar que el vínculo fundamental es el del deseo y de esa forma permitir que el encuentro amoroso sea vivido con felicidad. Es importante que entendamos bien esta dinámica, porque de otra forma no estamos educando para producir lecturas sino para fomentar el desencuentro entre los más chicos y el mundo de los libros. Cada uno tiene una serie de libros que le son necesarios y debe descubrirlos. Un docente debe ayudar en ese descubrimiento, sugerir lecturas, pero no partir de la idea de que hay libros imprescindibles y otros que no lo son. La libertad bien entendida tiene que ver con la aceptación plena del deseo. Sólo con su guía el crecimiento es posible.

 

 

 

 
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