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2006 - Diario Ciudadano (Mendoza)

Política e inseguridad

El tema de la seguridad es una de las preocupaciones más constantes de nuestra actualidad nacional. Desde cierta perspectiva que mezcla el cinismo con la ignorancia, y de la cual el gobierno parece a veces participar, se trata de un tema “de derecha”, como si los hechos fueran inventados por la oposición o como si poner énfasis en una cuestión tan superflua fuera propio de los que se ocupan obsesivamente de la propiedad, porque tienen más de lo que deberían. ¿O es un tema de derecha porque es una preocupación de los individuos, a la que suele contrastarse con los temas que afectan a las mayorías? Cuando se descubre finalmente que la delincuencia y la inseguridad afectan también o sobre todo a las clases bajas se llega a lamentar que se trate de una lucha de “pobres contra pobres”: ¿si fuera sólo un tema de “pobres contra ricos” entonces se reduciría su negatividad? La gran ciudadanía, la masa de votantes comunes, que no mira programas políticos por televisión, que apenas espía los titulares o los noticieros, que no conoce demasiado los nombres de los ministros y que no se ve afectada por las superfluas discusiones pseudo ideológicas, percibe los hechos de manera directa, afectada por el deterioro de la calidad de vida y atemorizada por la siempre presente amenaza de un nuevo delito.

No es culpa del gobierno, digámoslo una vez más, ya que no es el gobierno el causante del mal. No fue él quien creó la pobreza que parece empezar a ceder pero resulta de todas formas excesiva, ni tampoco generó la justicia ineficiente y viciosa que nos caracteriza. ¿Podríamos hablar entonces de responsabilidad? El gobierno no ha causado la inseguridad (y tal vez por eso considera injusto que se lo acuse) pero es su deber hacer todo lo posible para eliminarla, y no parece que se lo haya tomado demasiado en serio. ¿No lo ha hecho porque está ocupado con otras cosas, porque –como dice Segio Berensztein- los políticos se aburren con la gestión (se entusiasman con la rosca y la lucha por obtener un poder que finalmente no saben bien para qué usar, a la manera del Don Juan que una vez conquistada su presa pierde el interés en ella y busca una nueva), o no lo hace porque no sabe o no puede o no quiere desarmar la red de mafias y delitos en la que está finalmente comprometido de maneras que hoy resultan imperceptibles pero que al terminar el poder kirchnerista saldrán finalmente a la luz, como siempre terminan por salir a la luz pública los delitos de todos los gobiernos, arrastrando a los tribunales a figuras que habían jugado de intachables?

En todo caso, pierden una oportunidad única. Está bien, es verdad que no la necesitan. No necesitan dar el servicio de proveer seguridad a una ciudadanía acorralada porque gracias a la marcha de la economía igual parece que serán votados de manera contundente. (¿El país crece gracias al gobierno o pese a él?, sería la cuestión de fondo, la madre de todas las preguntas). La oportunidad sería la de hacerse cargo de una preocupación tan marcada y abundante para satisfacer el reclamo, de manera de volverse queridos y necesarios. Pero la pregunta subsiste, ¿no lo hacen porque no lo necesitan o porque no se dan cuenta de la enorme aprobación que podrían generar; o es que no sabrían en realidad cómo hacerlo, porque el problema es más grave de lo que aparece en las cifras, y porque quien tiene las manos ya un poco manchadas -y el cerebro un poco frito por un peronismo siempre caudillista y tan cargado de la retórica populista como despojado de la vocación patriótica de servicio- no sabe siquiera cómo se aprende a poder lo que en principio no se puede?

¿Hay que agarrárselas así con el gobierno o es mejor actitud la del aporte constructivo y la del reconocimiento de las virtudes que en todo gobierno hay? Este es el otro problema: el presidente y sus fernández tienen unos modales que llaman a la irritación y la virulencia. ¿Cómo se responde a la soberbía de un estilo que viene del sur pero parece la quintaesencia del peor porteñismo? Si las cosas son consideradas en profundidad el enemigo no es nunca el gobierno, pero ¿cómo evitar molestarse con un gobierno que parece tomarle el pelo a uno, usar modos y tonos que no admitiríamos a nadie en casa? O tal vez aparece en esta frase haya aparecido una de las claves por pensar: ¿será que en la Argentina demasiada gente está acostumbrada al maltrato, que esta clave social de crudeza inter humana expresa una realidad íntima de fondo a la que todavía no hemos podido transformar?

El presidente se molestó (“no lo vamos a hacer más, perdone señor”) con el hecho de que el tema de la seguridad haya sido usado políticamente. Pero, ¿para qué es la política sino para mejorar la vida de la gente? ¿Qué otro medio tiene el ciudadano para hacerse oir y mejorar sus condiciones que la política? ¿O qué versión tiene de la política el gobierno, una en la que no se trata de abordar los problemas reales sino de expresar compromisos vacíos con ideologías muertas? ¿O de simular hacerlo, al menos, para enmascarar las abrumantes incapacidades?
 

 

 

 
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