Buena o mala conciencia
“Mala conciencia” podría ser un nombre sensacional para una novela (de perversión) pero es una idea de resonancias filosóficas que da vueltas por ahí, y que sirve para describir una visión empobrecedora o a contramano del mundo. Tener mala conciencia es hacer las cosas a medias, sin poder afirmarlas, quitándoles sentido, suscribiendo a una versión negativa de fondo que empobrece todo en la existencia. El sujeto que la posee es a medias una sombra.
La mala conciencia es la que observa al mundo y sus infinitos fenómenos como si fueran siempre imperfectos, falsos, ilegítimos, mal intencionados, digitados ocultamente por una voluntad negativa. Se le opone a la buena conciencia o inocencia, para la cual, por el contrario, la realidad es plena en sí misma, consistente, verdadera y no responde a ninguna intención invisible. El que posee mala conciencia se cree inteligente aunque esa inteligencia no rinda fruto alguno, y suele padecer los efectos de las actitudes que promueve sobre sí mismo, a través de la impotencia, la depresión o la falta de horizonte. El que posee buena conciencia por el contrario, se enfrenta con un mundo interesante, valioso, en donde se presentan innumerables zonas de diversidad y atracción. La mala conciencia produce pasividad, la buena conciencia da ganas y lleva a la acción.
La mala conciencia es fundamentalmente defensiva. Es una coraza protectora contra un mundo que se siente malo, avasallante, imposible. La mala conciencia ve al mundo de una forma impura, distorsionada y logra que el mundo le responda con esas características. Nietzsche usa la palabra “afear” para describir esta acción propia de los espíritus incapaces de grandeza: afean el mundo, es decir, lo describen y sienten con actitud miserable. La buena conciencia, por el contrario, es una apertura a las cosas. No ve lo que no es, ve lo que es, se abre a lo real con una mirada comprensiva. La mala conciencia rechaza, no quiere entender. Aunque pretenda hacer valer sus versiones miserables como intentos de comprensión éstas son en realidad la reproducción de su propia miseria. Esas versiones -su estilo de conocimiento- buscan establecer la norma del desencanto, sostenido con datos y apariencia de objetividad, y no ver las cosas como son. Para poder ver las cosas hay que aceptar. Si frente a cada fenómeno vemos lo que debería ser, lo que querríamos que fuera, o lo que hubiera debido ser, lo que hacemos es quitarle densidad al mundo real. La mala conciencia cree que rechazar es valioso, cuando rechazar es cobarde o imposible.
Es cierto que la variable fundamental entre poseer buena o mala conciencia es de índole íntima y no electiva. La actitud de un sujeto está dada por el estilo afectivo que lo abrió (o cerró) al mundo, y no es el resultado de un acto de pensamiento. Pero también es cierto que el pensamiento es un campo de batalla, que el debate representa actitudes que buscan legitimarse o elaborarse y dar paso con suerte a posiciones de mayor fuerza. La variable fundamental está fuera de la influencia de un razonamiento, pero la observación del funcionamiento viciado de la mala conciencia puede ayudar a muchas conciencias en lucha a fortalecer lo mejor de sí y zafar de ella. Es un planteo simple, maniqueo tal vez, pero funciona. Permite pensar. Es cierto que los individuos alternamos entre una y otra de estas modalidades de conciencia, pero algunos se establecen en una de ellas como en su casa habitual.
Yo fui, soy soy –como todos, probablemente-, una conciencia en lucha. Adiestrado en las artes de la mala conciencia poco a poco pude abrirme a un estilo más feliz, sano y superador. El amor, el psicoanálisis y los proyectos luchados y realizados fueron los pilares del camino de mi avance. No está bien hablar de sí mismo, me dice mi mala conciencia, obstaculizando mi expresión, dando a entender que me mueve una búsqueda de auto referencia narcisista. Sin embargo, ¿de qué vamos a hablar sino de lo que nos pasa? Narcisista -le dice mi buena conciencia a mi mala conciencia, acotándola- sería instalarme como objeto central de toda reflexión, como referencia fundamental para aludir a cualquier tema. Pero, ¿acaso hay prosa que pueda salvarse de esto? Al menos puede o debe disimularlo, para no incomodar al lector. Sin embargo, el lector que se incomoda es el que, llevado por la mala conciencia, se vale de esta observación para anular la voz del que se decidió a hablar. Lo otro es la calidad de la propia expresión, y en ese nivel quedamos confiados a lo inmanejable. Importa en un escrito si hay contacto o no lo hay, y sobre todo si ese contacto sirve a un fin elaborativo, si genera formas y vida nuevas y logra zafar del entramado crítico y paralizante que pulula en la intelectualidad. La mayor parte de los que se interesan en la intelectualidad llegan a ella a partir de una situación patológica personal. La intelectualidad puede ser la oportunidad para superar esa vida encallada, pero la mayor parte de las veces no lo es, y sólo se alcanza una versión refinada de la patología. El humor descreído, la superioridad calma, del egresado de filosofía, es un buen ejemplo de situación humana enrarecida, que requeriría de una dosis superior de fuerza para deshacer su nudo y refundarse como apertura al mundo. |