Teoría de la música
Sería imposible exagerar la importancia que tiene la música en la vida humana. En la actualidad su presencia es constante y su valor altísimo, y sabemos que desde tiempos remotísimos los hombres la han cultivado y apreciado. Es de suponer que su función y su sentido no han sido siempre los mismos, que hay distancia entre la música concebida como acercamiento a la divinidad y la música disfrutada como estimulante de los cuerpos en una discoteca (aunque tal vez precisamente tal diferencia no sea tan pronunciada). Más allá de estas variaciones podríamos intentar responder al desafío de entender de qué se trata en esta relación entre las personas y los sonidos que estas personas producen, cultivan, ordenan, trabajan, pulen, conservan y con los que expresan emociones y movimientos que no encontrarían otro modo de expresión eficiente. ¿Por qué la música nos toca tan profundamente, nos representa de forma tan precisa, nos acompaña y provoca, nos modifica y contiene, nos anula o exalta? El sentido de estas notas es avanzar en la comprensión de lo que ocurre en la experiencia musical:
- Son formas despojadas de materia, formas en el aire que buscan hacerse objeto y sólo lo consiguen cuando les hacemos lugar en nosotros, cuando les damos cuerpo para que estructuren su forma en la emoción.
- No es el oído el órgano que capta la música, es el cuerpo todo, tomado en su nivel de integración más completo: la emocionalidad. La música es cosa de emociones. El oído es el órgano puntual a través del cual se hace más perceptible ese universo emocional nómada. Si la música no encuentra donde anclar, un cuerpo que la concrete, queda cruda, sin ser del todo música.
- La música tiene un deseo, seductor, de entrar en nosotros. Esa ondulación de átomos tiene una intención, la de lograr su mayor densidad posible, y eso no pasa tanto por el volumen (con el que lógicamente amplía su campo de acción) como por lograr hacerse cuerpo al ser recibida amorosamente en alguien. Rechazar una música es como rechazar un abrazo. Hay abrazos horribles. Hay seducciones torpes que provocan más rechazo que aceptación.
- La relación con la música está determinada por la calidad de las experiencias emocionales que seamos capaces de tener. A una persona podemos interpretarla a partir de saber qué música le gusta. Por eso también uno se define por su música y busca un otro que guste de la música que a uno le gusta. Por eso es tan difícil tolerar las diferencias musicales, como es difícil abrazar a quien no queremos y/o no nos gusta. Hay demasiada intimidad en la música.
- La música es intimidad proyectada en forma tajante, tirada al aire. Intimidad expuesta, comunicada, objetiva, aunque uno pueda disimularse en la aparente pasividad del rol del oyente siempre se trata de algo que nos atraviesa de un lado a otro.
- El tamaño de los volúmenes del heavy metal es lo que hace que los músicos se muevan así, como si tuvieran toneladas de metal sobre sus hombros. Manipulan volúmenes sonoros que requieren esos esfuerzos y esas excitaciones. No es teatro, es mera necesidad física.
- La valoración de la letra es incapacidad de apreciar la música. Hay personas que aprecian a un músico por sus letras: necesitan pensar algo, no pueden entregarse a una música que no “diga nada”. Sienten que el sonido no basta, no pueden sentir la música, la suplantan por un abordaje literario, racional, por palabras a las que poder pensar. Pero la música es básicamente, sonido, irracionalidad, gusto arbitrario y por lo tanto libertad plena del ser.
- La música abstracta, electroacústica, concreta, es hiper racionalización y disimulo de la incapacidad de involucración emotiva. Es el colmo del abordaje pensado de la música. Se desprecia la sensibilidad y se postula la necesidad de una superación histórica, como si fuéramos sujetos de un estudio y no cuerpos que vibran. Los electroacústicos desprecian a los sensibles como si fueran banales, pero la música que no surge y no expresa una emocionalidad no prospera. La sensibilidad de los electroacústicos es una sensibilidad atorada.
- La música clásica es música de aventuras, narraciones contadas con sonidos que sin embargo no pueden ser transcriptas a hechos concretos y narrados. Las músicas más libres, que aceptan el mayor grado de arbitrariedad. Es música incomprensible, inasible, indomable: por eso se hace difícil escucharla, y por eso, para aprender a gustar de ella, hay que tolerar grados importantes de incerteza, prestarse al juego de un movimiento que no se entiende, ni puede ni debe entenderse.
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