Moral de los derechos: pedir en vez de dar
En estos últimos tiempos hay en la política nacional algo que resulta gracioso, algo que es –bien mirado- casi un chiste, una situación propia de un sketch de programa cómico, y está a cargo de nuestro presidente. Me refiero a los momentos en los que Kirchner pide por cosas que debería proveer. Cada vez que pide por la aparición con vida del testigo López, más allá de lo trágico del acontecimiento, se tiene la sensación de un gesto humorístico, ¿no es él precisamente quien está a cargo del estado y de su seguridad? Claro, no es el responsable directo, pero sí lo es en la medida en que las estructuras policiales y los servicios de información, que se muestran inoperantes frente al hecho (o, la otra opción, peligrosamente operativos), están a su cargo. Ser impotente, no haber sabido o querido lograr algo, no quiere decir que la culpa la tenga otro. Kirchner representa a los ojos de los votantes la imagen de un luchador, y enfatiza sus gestos al punto de resultar evidente que su lucha es sólo un recurso de comunicación, o incluso una falta de arte revestida de virtud, un defecto enarbolado como actitud combativa.
Que Kirchner pida la aparición con vida del testigo López, en público (es decir, de alguna manera dirigiéndose a nadie, tirando su retórica a un vacío operativo, por más funcional que resulte a la construcción de una imagen actitudinal que muchos compran por cierta) es como si un estudiante pidiera rabiosamente ser aprobado en un examen para el que no se preparó. O como si un adolescente dijera “¡ducha ya!”, tirado en su cama, a cuatro metros del agua, sin ningún obstáculo que le impida darse un baño. Pronto K va a empezar a pedir que termine la pobreza, que haya buenos planes de asistencia social. Va a pedir gasoil, trabajo, seguridad, como si fuera el presidente de otro país. En muchas cosas Kirchner es presidente pero se cree opositor. Es más lindo y más fácil denunciar la inoperancia de otros que hacerse cargo de la escena.
En el fondo se trata del equívoco que despierta siempre la moral de los derechos. Enormes sectores de la opinión pública consideran que la participación de la comunidad se agota en el esquema del reclamo y la indignación, que los derechos son el arma básica de la construcción social. Parece un principio inobjetable, pero se pasa por alto un hecho, central: ¿a quién se dirige el reclamo? ¿Quién sería ese protagonista central encargado de hacer lo que en realidad nos correspondería hacer a nosotros? El grado máximo del chiste es cuando el presidente reclama por los derechos que debería trabajar para lograr, pero lo cierto es que en general la realidad a la que deseamos enfrentar con pedidos requiere de todos nosotros actitudes más constructivas. Los derechos no son más que la expresión de deseos (valiosos deseos, estamos de acuerdo), pero si no son acompañados por acciones tendientes a lograr que esos deseos se cumplan sirven más para fomentar la pasividad que para impulsar los logros.
Consideremos un ejemplo: el caso de los derechos del niño. ¿Alguien podría estar en contra? Nadie. ¿Por qué no se cumplen? Porque no hay recursos ni capacidad suficiente para dar a todo niño una vida satisfactoria. ¿Por qué no la hay? Porque no hemos sabido desarrollarla, crearla, inventarla. ¿Es correcto reclamar por los derechos del niño? Más correcto es construir las situaciones que los harían posibles, y el principal ajuste podría ser descripto como el de superar la moral de los derechos hacia una moral de acción y de entusiasmo.
En esta línea no se trataría ya de reclamar, ni de vestirse de indignación, porque son actitudes aparentemente meritorias pero en realidad inútiles (o incluso, según los avatares de la política, profundamente contraproducentes). Se trata de generar riqueza, de inventar modos y maneras para que la sociedad despliegue nuevas fuerzas y capacidades, de dejar de cultivar el arte de la crítica, la decepción, la desazón, el desprecio del mundo, y cultivar en cambio las ganas, la capacidad de innovación e invención, el entusiasmo, el arte de hacer, de tratar con los obstáculos inevitables sin denunciarlos, aprendiendo más bien a superarlos, oponiendo a los encierros alternativas. Es correcto esperar que la actitud de los líderes tenga más que ver con la lúcida convocatoria a la construcción que con la viciosa y remanida demostración de una belicosidad fuera de lugar. Esa belicosidad, a la que solemos creer una elección utilitaria del presidente para sus fines de seducción de un electorado con pocas luces, ¿será realmente tal cosa, o provendrá más bien de un punto ciego en la psicología presidencial, de una situación poco saludable de su personalidad? La otra opción es que, una vez más, hechos delictivos se escondan bajo el nombre de defensa de los trabajadores: un clásico del peronismo. En realidad no tenemos que sorprendernos. Ni quejarnos. Hay que inventar. El mundo es así, Argentina forma parte del mundo. ¿Queremos que sea distinta? No hay reclamo que nos conduzca a lograr esa diferencia, estamos aquí para mostrar de qué somos capaces. |