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2006 - Diario Ciudadano (Mendoza)

El pensamiento y las empresas

Desde muchas perspectivas políticas las empresas son el blanco de ataques justicieros, como si fueran ellas las representantes del desvío moral humano. Se las considera entonces organizaciones deshumanizadas y deshumanizantes, ilimitadas encarnaciones de un afán de lucro que no debería tener lugar sobre la tierra. Esta imagen falsa y resentida expresa una ignorancia peligrosa, y arma una visión del mundo empobrecedora. Valga este solo ejemplo: hace poco, en una conferencia sobre internet, una mujer del público expresó sus reparos acerca de los servicios que allí suelen ofrecerse diciendo que “siempre sale perjudicado el usuario”. El conferencista le hizo notar que internet, sin embargo, le daba la posibilidad de usar, gratuitamente, herramientas tales como sofisticados buscadores que valen miles de millones de dólares, ¿aun así creía correcto sentirse abusada? ¿Qué había aportado ella al deslumbrante desarrollo de la red internacional?
El ejemplo pone en claro una vez más hasta qué punto la riqueza de la producción de la que nos beneficiamos, conseguida por distintos tipos de empresas abocadas a la creación competitiva, es frecuentemente menospreciada o desconocida por el ciudadano común. Sí, los laboratorios pueden tener en algunos casos grandes ambiciones económicas, pero ¿acaso no vemos que la existencia de los antibióticos y de tantos otros recursos útiles para nuestra salud han sido creados y producidos en base a esa ambición? ¿De qué manera nos curaríamos, los bien intencionados que rechazamos el afán de lucro, si tales organizaciones no hubieran investigado y puesto en el mercado sus productos? ¿Nos hubieran curado los gobiernos, las entidades de beneficencia, los partidos políticos? Muchos dirán que las cosas no han sido así pero que debieran serlo, ¿hasta cuando seguiremos creyendo que la expresión de buenas intenciones es un paso activo cuando no es más que un modo de hacerse el bueno y de quedar bien que suele carecer de mayores consecuencias?
Pero no es solamente en función de los productos que logran introducir en el mercado que las empresas deberían ser mejor evaluadas. El impulso afirmativo que constituye el nervio fundamental de la actividad empresaria -su afán de lucro y su necesidad de organización, creatividad, innovación y eficacia- hace que muchas de las cuestiones fundamentales de la experiencia humana sean pensadas con mayor sofisticación en su entorno que en los ambientes dedicados al pensamiento humanístico y especulativo. Las empresas suelen pensar mejor que las academias. El campo de trabajo llamado creatividad, el fenómeno del liderazgo, muchos procesos psicológicos y sobre todo el arte de la gestión, han sido desde hace años territorios habituales de la inteligencia que rodea a la producción.
Profundizar en este camino y hacer más abarcativos los marcos de pensamiento que nutren las estrategias de la producción actual algo que muchas empresas hacen constantemente. Hasta la filosofía, me consta, suele ser convocada para aportar su capacidad de pensamiento libre y abarcativo, para lograr aplicar perspectivas más amplias y renovadoras. Es verdad que en este caso los resultados suelen ser desparejos, entre otras cosas porque no resulta fácil que la intelectualidad sea capaz de abandonar la resistencia que siente cada vez que se encuentra con inteligencias aplicadas de manera decidida a la acción. La mayor parte de los intelectuales promueven el ejercicio del pensamiento en una distancia del mundo que los salve de toda confrontación con lo concreto. De ese modo pueden dedicarse a examinar cuestiones sin ningún tipo de prueba o consecuencia, riquezas inciertas que gozan de tanto prestigio como de falta de sentido.

Las relaciones entre el pensamiento y la empresa son un territorio de gran fertilidad tanto para aquellos que forman parte del ámbito de la empresa como para aquellos que, desde el ejercicio de un pensamiento reflexivo y libre, entienden el valor de la producción, captan el sentido de compromiso profundo que hay en el paso a la acción y prefieren abordar la complejidad de la realidad antes que las turbulencias de una especulación pura. La conjunción entre los pensadores creativos y las esferas productivas es un fenómeno constante y en muchos casos mal comprendido.
 

 

 

 
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