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Presentación en el 39º Coloquio Anual de Idea

La presencia de la idea de integración en la convocatoria de este Coloquio obedece seguramente al intento de responder al actual fenómeno de exclusión social -también aludido como marginalidad-, y a la necesidad de limitar la costumbre nacional de desgastarnos en enfrentamientos excesivos que no reconocen intereses comunes. Ambas formas de abordar el término "integración" son valiosas y apuntan a objetivos actuales, pero me propongo mirar al término de desde otro punto de vista.

Voy a proponer observar a la integración no como la suma o reconciliación de los sectores sociales sino como la oportunidad de producir un efecto en cada uno de ellos. Voy a tratar a la integración como a una operación del pensamiento y la sensibilidad, una operación en la comprensión y en la gestión concreta de la vida.

Algunas de las ideas que surgen desde este punto de vista. pueden resultar extrañas. El rol del filósofo es precisamente el de decir cosas raras pero interesantes, el de proponer miradas que resulten fértiles a la hora de generar enfoques nuevos. Las formas de pensar que solemos cultivar deben ser reexaminadas: sabemos que no han logrado lo que queríamos. Una necesaria conclusión sobre la experiencia intelectual de los años pasados sería la de señalar la urgente necesidad de volver a mirar, de producir descripciones nuevas de los fenómenos, generar ideas que ordenen el campo de nuestros objetivos de manera más eficiente.

Integrar el mal

a) Buenas intenciones

Quiero empezar señalando dos aspectos en relación con la necesidad de integrar el mal. El primero de ellos plantea el tema de las buenas intenciones. Podríamos comenzar a abordarlo con la siguiente pregunta: si ha habido y hay buenas intenciones por doquier, ¿por qué tantas cosas han salido mal?

Debemos superar una de las limitaciones de nuestro pensamiento, la necesidad de situarnos constantemente en el campo de la benignidad y lo políticamente correcto. ¿Por qué eso sería una limitación? Es una moral de jardín de infantes. En su ignorancia e inmadurez es una buena muestra de la falta de integración. Es el resultado de planteos maniqueos para los que el mal proviene siempre de las acciones de otro. Pero no sólo es tosca esta moral desde el punto de vista de la incapacidad de autoobservación, también lo es al condenarnos a representar sólo uno de los aspectos de la vida, como si fuéramos ositos cariñosos sobre los que el mundo proyectara sus problemas y no tuviéramos nosotros también nuestras asperezas o nuestros poderosos y no siempre respetuosos deseos.

Producir integración requiere integrar la personalidad, salirnos del espontáneo rol de santos desde el que solemos hablar para dejar a todos los demás en el rol de demonios. Hay que eliminar las falsas figuras de santos y demonios. De otra forma quedamos estrangulados por nuestras buenas intenciones, siendo nosotros sus primeras víctimas, atados a un imposible rol de pura bondad. Y lo peor: con ello perdemos el sostén real para cualquier acción deseada (porque para ello es necesario ser una persona y no un fantasma), perdemos la capacidad de pensar profundamente. La posibilidad de reconocer los conflictos reales en su densidad y complejidad legítima nos abandona.

La vida no es una emanación del bien puro, ni un fenómeno esencialmente benigno. No puede ser sencillamente encausada a través de buenas intenciones. Hay que integrar por lo tanto los datos de un conocimiento más realista, integrar los límites a lo posible.

b) Pensamiento crítico

El segundo de los aspectos que creo interesante abordar en relación con la cuestión del mal es la del pensamiento crítico. La perspectiva no integrada respecto del mal es la que aparece en la idea de que la inteligencia es fundamentalmente pensamiento crítico. La crítica es una de las partes o funciones del pensamiento, pero no la más importante. La crítica, cuando ocupa el lugar central de la conciencia, la anula. En contra de ese tipo de lucidez al cual nosotros, argentinos, hemos apostado tanto, es necesario crear otra versión del pensamiento, una que integre el mal en vez de ponerlo fuera. La crítica, pareciendo ser intolerante con el mal en realidad lo homenajea de manera constante, y lo hace más poderoso.

Un pensamiento más integrado requiere que su movimiento dominante sea el del entusiasmo y el deseo, que entienda que el mal no puede no existir y que son más efectivos los pasos parciales y creativos que la intolerancia hecha costumbre. La crítica como forma de pensamiento genera una forma de vida poco integrada e ignorante, pese a su apariencia de lucidez y sofisticación.

Integrar la pobreza

En una sociedad como la nuestra, en la que hay tanta mala conciencia en relación con la riqueza, en la que por el contrario la pobreza ha sido vista probablemente durante siglos como una prueba del bien, es más que lógico que la producción de riqueza se enfrente con una cantidad de obstáculos inimaginable. Pero hay que hacer una aclaración: la pobreza no es un fracaso en la producción de riqueza sino el resultado de una intencional (aunque probablemente no advertida, o inconsciente) producción de pobreza. La autoresponsabilidad nos pide ser capaces de pensarlo de esta forma: así como cada individuo vive lo que es capaz de generar para su propia vida y produce su felicidad o produce su infelicidad (es decir, el padecimiento es también un producto, un extraño logro), de la misma forma un país o una sociedad genera su propia situación a través de sus actos, de sus pensamientos, de sus valores y costumbres.

Argentina produce muchas cosas, y algunas muy valiosas, pero también produce, de manera sorprendente y casi como un desafío a toda comprensión, una enorme cantidad de pobreza e infelicidad, al parecer una cantidad similar a las cosechas de soja que tan asombrados y orgullosos nos tienen. Abordar a la pobreza como nuestra producción es una manera de poder enfocarla con nuevos ojos, con ojos mucho más capacitados para la posibilidad de desmontarla. Pensar a la pobreza como una producción es una manera integrada de considerar a la pobreza. Una forma no integrada es la forma habitual, en la que se la considera meramente un fracaso en el camino de la superación y las buenas intenciones. No es así, hay un trabajo del mal, de nuestra cara oculta -oculta por no pensable, por inaccesible a una conciencia meramente "buena", inaccesible para una conciencia crítica- que a través de mecanismos y valores que debemos aprender a desentrañar, desea pobreza, siente que la pobreza es digna, siente un compromiso con la vida pobre, caída, imposibilitada, ve al pobre con bueno ojos, trata con sospecha y rechazo al que posee riqueza, y por lo tanto produce pobreza.

Integrar el límite

Integrar la consideración realista de que los países son fundamentalmente ingobernables, aceptar que la realidad debe ser justamente caracterizada como algo que supera la racionalidad de nuestros intentos de ordenarla, es paradógicamente volvernos más perfectos como artistas de lo social. Aceptar el límite inevitable, ser capaz de verdadero conocimiento y entender que la justicia absoluta no es posible, que el estado perfecto de bienestar no es una meta accesible, que la paz completa -en una sociedad o en las relaciones de las sociedades entre sí, o incluso en el individuo- no es más que una bonita aspiración irrealizable implica integrar lo que solemos dejar afuera (la verdad) y alcanzar un nivel superior en el camino de hacer diseño de sociedades.

La verdad de la exhuberancia indomable de la vida no es una verdad que deba necesariamente ser aceptada con resignación, como una fatalidad que nos encierra. Por el contrario, esta verdad nos libera. Libera para empezar las fuerzas reales de nuestro deseo. Libera a las fuerzas sociales mismas, a las que también debemos pensar como movidas por deseos específicos pero a las que solemos abordar con una mirada que busca domarlas, buscando menos entender qué son que decir cómo deberían ser, proyectando sobre ellas la sombra permanente de una negatividad que les pesa y les quita fuerza. Libera nuestro pensamiento y lo dota de una verosimilitud nunca antes alcanzada, de la que puede surgir con un brio nuevo la tan buscada creatividad. La creatividad pensada en forma realista, dicho sea de paso, debe integrar su inexpurgable cuota de destructividad, sin la cual no llega a ser posible jamás.

Integrar el logro

Hay que integrar también el bien, y ser capaces de entender qué es lo que la sociedad argentina sí pudo y cuáles han sido sus avances. La violencia política ha desaparecido. En medio de una de las crisis más grandes de nuestra historia a nadie se le ocurrió balear a un senador corrupto o asesinar a un periodista crítico.

Lo que suele llamarse de manera crítica el individualismo de nuestro momento histórico debería computarse como un avance en el reconocimiento del escenario real de la vida concreta. Somos individuos que deseamos nuestro bien personal y esto no es un límite a la construcción de sociedad sino por el contrario la base para la generación de riqueza, bienestar y felicidad. Frente a aquella juventud que se jugaba la vida por sus ideales y daba muerte y se daba muerte a sí misma creyendo que hacerlo era una acción gloriosa, debemos preferir esta juventud que enfrenta las dificultades de vivir con recursos más artesanales y valiosos, que no está dispuesta a morir, que prefiere jugar su vida en escenarios de vida y plenitud posible y no a través de ideales de muerte y heroísmo. Nuestra libertad espiritual, que podemos captar como libertad de prensa pero que es en general libertad de expresión, de pensamiento, de tolerancia mutua, es también un signo valiosísimo. Se dirá que de todas estas circunstancias provienen innumerables conflictos, que son realidades problemáticas. Es verdad que es así, pero es aquí donde debemos aplicar también el recurso mental de la integración: el conflicto es parte y no defecto.

Integrar complejidad

La integración tiene que ver con la superación de las antinomias, es cierto, pero no como ejercicio de buena voluntad y tolerancia, sino como aumento de la complejidad de la mirada. Para ejemplificar esto voy a usar una serie de casos, en los que una opción es suplantada o superada por una conjunción de partes. Para decirlo con claridad formal, en las frases en las que dividimos las aguas con una "o", debemos sumarlas con una "y". Ejemplos:

1) ¿Soy egoista o soy una persona que aporta valor a su comunidad?
Soy egoista y soy una persona que aporta valor a su comunidad.

2) El peronismo, ¿es una especie de mafia o es un movimiento de profunda raíz popular?, ¿podemos esperar de él nuevos líderes capaces de una sorprendente maduración o repetirá su acostumbrada creación de caudillos corruptos y paternalistas?
El peronismo es una especie de mafia y un movimiento de profunda raíz popular. Podemos esperar de él nuevos líderes capaces de soprendentes maduraciones y la repetición de su acostumbrada creación de caudillos corruptos y paternalistas.

3) Argentina, ¿debe su crisis a una incapacidad propia, a su inmadurez profunda, a sus dificultades internas para la organización productiva, o sus graves problemas se deben a la acción de inescrupulosos intereses internacionales?
Argentina debe su crisis a su incapacidad propia, a su inmadurez profunda, a sus dificultades para la organización productiva y sus graves problemas también se deben a la acción de inescrupulosos intereses internacionales.

4) Los ideales de la opinión pública, la forma quejosa e ignorante en la que esta considera a la realidad política, ¿se deben a que prefiere no ver su responsabilidad o a que es su forma tosca de aspirar a algo mejor?
Los ideales quejosos de la opinión pública tienen su origen en que esta prefiere no ver ni pensar u responsabilidad y esa es su forma tosca de aspirar a algo mejor.

Como se prueba en estos ejemplos, el uso de la suma de las opciones enfrentadas suele entregarnos la imagen de una realidad más verdadera, con su real ambivalencia, y si bien este tipo de planteos por un lado agrega dificultad por otro nos entrega un mapa fiel de la situación, frente al cual queda a nuestro cargo ser capaces de trazar estrategias útiles.

Integrar al individuo

Es necesario integrar al individuo como núcleo fundamental del movimiento de la realidad. Solemos hacerlo objeto de una visión desangelada, considerándolo una instancia moralmente incorrecta. Sólo parcialmente aceptamos esa figura de la existencia, reclamando la primacía de figuras colectivas que resulten más rápidamente benignas. El individuo es sospechoso porque no resulta clara su utilidad, y sus modos fácilmente son catalogados de egoistas. Constantemente le pedimos al individuo su rendición, su renuncia en el altar del bien colectivo, le pedimos que abdique, a través de imágenes de sacrificio o deber, para reemplazarlo con el escenario de una sociedad de funcionalidad perfecta. Pero lo cierto es que la fuerza social creativa e interesante no es la clase, el sector, el grupo, es el individuo. Aun cuando la clase, el sector, el polo social, sean modos de interacción vital de valor estos deben ser siempre considerados como conjuntos de individuos. Colocar a la solidaridad como valor principal es falsear las condiciones de vida, y así no se genera sociedad. La ley es más valiosa que la solidaridad. Es la ley la que aglutina, y la exigencia, no las buenas intenciones. Una sociedad no puede estructurarse en base a la contención de la naturaleza individual del fenómeno humano, en base a la negación de su motor básico, la ambición individual. El idealismo no puede llegar a tanto.

Integrar la exigencia

Es necesario integrar la exigencia a la asistencia. Debemos pensar un exigencialismo que acompañe al actual asistencialismo, que si bien es una política humanitariamente comprensible es también la semilla de futuras pobrezas. Hay que poder ayudar pero hay que poder exigir. La exigencia, el deber, la ley, son las verdaderas ayudas, o son al menos la pata faltante en la ayuda tal como solemos espontaneamente concebirla.

Integrar la moral

Esto no quiere decir ponernos más morales que antes, intento que solemos pronunciar con voces cada vez más serias y falseadas. Quiere decir producir otra moral, abrirla a otras fuerzas, dejar de declamar que los valores han muerto para entender cuál es el camino actual de los mismos, en dónde está su verdadera vida.

Es necesario suplantar a la moral de los derechos por una moral del entusiasmo y la acción. La moral de los derechos, que parte del principio de que todos debemos conocer nuestros derechos y hacerlos respetar es una moral falsa. El derecho es sólo una demostración de buenas intenciones si no está sostenido por un poder en su base. No se trata de producir derechos, formulaciones formales, se trata de producir fuerza, poder, algo que sostenga aquello que enunciamos débilmente como derechos.

La moral de los derechos (crítica, frustrada, llena de buenas intenciones y con la boca cargada de reproches) debe ser superada por una moral de las ganas de vivir, de la afirmación de lo posible, que incluso afirma de manera más eficaz los mismos derechos sin quedar fijada en aludirlos de manera maníaca. Los derechos dan lugar a una actitud del tipo "a mí me tienen que dar lo que me corresponde". En su lugar es urgente colocar una moral de responsabilidad y generación de recursos, de esfuerzo y trabajo, de afán de logro y ambición cargada de buena conciencia.

Integrar los conflictos

Para finalizar quiero decir lo siguiente: es importante que reconozcamos que la sociedad argentina está viva. No pese a los conflictos que vive, sino en ellos. La exhuberancia de la vida se manifiesta como producción de formas siempre conflictivas, y en ese constante brotar salvaje de formas indomables tenemos la fuente de la vitalidad de la cual debemos servirnos para el difícil trabajo de diseño de experiencias e iniciativas.

Muchas gracias, buenas noches.
Alejandro Rozitchner.

 

 

 

 
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