Uno de los campos que encuentro más fructíferos
para el pensamiento actual es el que se crea en la intersección
entre la filosofía y la creatividad. La filosofía tiene
como misión la de ser el emprendimiento de conocimiento más
abarcativo. Su intención es producir una imagen de la realidad
capaz de dar cuenta de los problemas más generales, y hacerlo acudiendo
a la totalidad del saber producido por el hombre. Pero la creatividad
aporta a este objetivo un paso no incluído en este cuadro, que
es la necesidad de intervenir con una intención concreta en ese
mundo tan sofisticadamente interpretado por la filosofía. Es decir,
la filosofía intenta conocer, pero la creatividad intenta dar forma.
Esta diferencia podría ser vivida como una oposición, pero
resulta desde todo punto de vista más útil producir la suma
de la riqueza de ambos intentos. La creatividad que toma en cuenta aquello
que la filosofía genera, es decir, la que incorpora la capacidad
para pensar en profundidad y la libertad para armar esquemas generales
propia del filósofo, resulta ser una creatividad incrementada.
Su poder de fuego es mayor y también la cantidad de recursos que
se le vuelven accesibles.
De la misma manera, la filosofía que en su plan de conocimiento
incorpora la intención plástica, y se suma al motor de iniciativas
concretas que la creatividad pone de manifiesto constantemente se vuelve
una filosofía capaz de superar sus peores costumbres: el amor por
la duda, la glorificación de la oscuridad conceptual, el escepticismo
que parece propio de todo estudioso de esta disciplina.
La intersección de la filosofía y la creatividad resulta
un terreno de alto valor para todo tipo de abordajes pensantes, pero la
empresa y su necesidad de acción y resultados encuentra en este
cruce un elemento cada vez más imprescindible. La complejidad del
momento actual, la velocidad de sus cambios, la incapacidad del pensamiento
convencional para captar lo nuevo, hacen que esta suma se vuelva una metodología
privilegiada y necesaria. |