El impulso afirmativo que constituye el nervio fundamental
de la actividad empresaria -su afán de lucro y su necesidad de
organización, creatividad, innovación y eficacia- hace que
algunas cuestiones fundamentales de la experiencia humana sean pensadas
con mayor sofisticación en su entorno que en los ambientes dedicados
al pensamiento humanístico y especulativo.
El campo de trabajo llamado creatividad, el fenómeno del liderazgo,
muchos procesos psicológicos y sobre todo el arte de la gestión,
han sido desde hace años territorios habituales de la inteligencia
que rodea a la producción, y resulta de especial interés
reconocer este escenario.
La idea de que la empresa está disociada del pensamiento es un
mero prejuicio sin valor. Parece comprensible que tal opinión se
haga visible en ámbitos tradicionalmente enfrentados al emprendimiento
productivo (por ejemplo en sectores populistas o demagógicos que
ganan terreno en la opinión pública transformando a los
empresarios en enemigos del pueblo), pero lo cierto es que también
en ámbitos empresarios suele escucharse una queja semejante.
Ese hecho debe ser interpretado como la manifestación de la necesidad
de la empresa de lograr una fluidez conceptual mayor, adecuada a los tiempos,
y por lo tanto como expresión del deseo de la empresa de ampliar
y diversificar su mirada y sus capacidades de elaboración. A causa
de una extrema inmersión en las tareas productivas -que insumen
no sólo tiempo mental sino las capacidades de refinamiento y reflexión
asociadas-, el empresario entiende que hay un cierto riesgo en su dificultad
para detener los automatismos de la gestión y mirar el mundo con
ojos nuevos.
Profundizar en este camino y hacer más abarcativos los marcos
de pensamiento que nutren las estrategias de la producción actual
es otra de las variantes que las empresas más ambiciosas abordan
de manera constante o periódica. Hasta la filosofía ha sido
convocada para cumplir su rol de pensamiento libre y a poner en escena
su amplia perspectiva. Los resultados suelen ser desparejos, entre otras
cosas porque no suele ser sencillo que esta actividad intelectual se vuelva
capaz de abandonar la resistencia natural que siente cada vez que se encuentra
con inteligencias aplicadas de manera decidida a la acción.
Las relaciones entre el pensamiento y la empresa son un territorio de
gran fertilidad tanto para aquellos que forman parte del ámbito
de la empresa como para aquellos que, desde el ejercicio de un pensamiento
reflexivo y libre, entienden el valor de la producción, captan
el sentido de compromiso profundo que hay en el paso a la acción
y prefieren abordar la complejidad de la realidad antes que las turbulencias
de una especulación pura. |