
Este libro relata la experiencia de intentar hacer
filosofía con un grupo de preadolescentes. El objetivo fue el de
ponerlos en el lugar del filósofo, de quién se enfrenta con el mundo
y dice cómo lo ve, y no el de enseñarles filosofía. Se considera
a la filosofía entonces más como una acción del pensamiento que
como un estudio de autores. El método buscado indaga la invención
de caminos propios, experimentales, ligados al psicoanálisis, en
el campo de trabajo llamado "filosofía para chicos". Hay textos
de los chicos y reflexiones sobre ellos. También está el relato
de mi relación con la filosofía, el deslumbramiento inicial y posteriores
ajustes. |
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Fragmento del Capítulo
Uno de "La filosofía para chicos":
1. Las preguntas
¿Siento ser?
¿Qué es la vida?
¿Qué es vivir?
¿Dónde voy?
¿Siento ser?
¿Tengo objetivos?
¿Estoy vivo?
¿Cuándo muero?
¿Moriré algún día?
¿Seré inmortal?
¿Soy feliz?
¿Qué es la muerte?
¿Qué es estar muerto?
¿Algún día, cuándo tenga ya edad, podré vivir?
¿Voy a ser alguien?
¿Por qué los demás no me pueden conocer como soy?
¿Por qué todo?
¿Por qué a veces sueño y a veces no?
¿Por qué a veces soy masoquista?
¿Toda la gente piensa?
¿Qué es pensar?
¿Cómo tiene qué ser una persona para que me guste?
¿Alguien realmente sabe lo qué pienso?
¿Es malo ser directa?
¿Todas estas preguntas tienen respuestas?
¿Está bien el mundo?
¿Para qué tanto vivir si nos vamos a morir?
¿Qué es morirse?
¿Me quiero morir?
¿Para qué vivir?
¿Existe Dios?
¿Y si después de todo Dios no existe?
¿Nos vamos a enterar algún día?
¿Qué es ser obediente?
¿Sirve para algo ser obediente?
¿Qué es querer a alguien?
¿Cómo estás?
¿Cómo te sentís?
¿Qué sentís?
¿Qué pensás?
¿Cómo miro?
¿Cómo siento?
¿Qué soy?
¿Por qué me siento como me siento?
¿Qué hago?
¿Qué pienso?
¿Qué es la vida?
¿Qué es el mundo?
¿Qué es ser grande?
¿Qué es ser chico?
¿Qué es ser un genio?
¿Qué es ser un bruto feliz?
¿Por qué duermo?
¿Por qué no duermo?
¿Quién piensa lo qué yo pienso?
¿Qué es un ser?
¿Me siento bien?
¿Me siento mal?
¿Me siento con orgullo?
¿Para qué vivo?
¿Por qué soy un ignorante?
¿Por qué soy lindo?
¿Por qué soy feo?
¿Cuándo me voy a morir?
¿Por qué estoy viva?
¿A quién voy a conocer?
¿Por qué me pongo mal sin razón alguna?
¿Recordaré esto como algo triste cuando crezca?
¿Lo recordaré?
¿Siempre me gustará vivir de la forma en qué vivo?
¿Cuando sea grande seré como alguna gente que odio qué sea as¡?
¿Por qué hay gente qué se cree qué es alguien importante y no lo
es?
¿Alguien me irá a hacer algo qué me cambiará la vida?
¿Por qué soy como soy?
¿Por qué no me banco a alguna gente?
¿Por qué me da vergüenza decir algunas cosas?
Estas preguntas fueron escritas por Nadina, Nicolás, Lara, Lucas, Mercedes,
Julieta y Emanuel, los chicos de 13 y 14 años que conforman el grupo de
filosofía que recibía en mi casa todos los sábados a la mañana. En rigor
ya no eran niños sino adolescentes, pero no es forzar demasiado las palabras
hacerlos parte del conjunto que denominamos desde la perspectiva de nuestra
adultez como chicos.
Todos ellos eran chicos perfectamente normales. No eran de ninguna manera
ejemplares de precocidad intelectual ni estaban especialmente interesados
en adoptar un aire de seriedad cultural o metafísica. Iban a bailar, leían
13/20, escuchaban a Roxette, Sumo, Charly García, se peleaban entre ellos
con facilidad (con demasiada para mi gusto), solían ser bastante vergonzosos
y les costaba concentrarse cuando les proponía algún trabajo. Todos ellos
estaban en los primeros años de la escuela secundaria y no concebían nuestro
trabajo común como parte de su educación. En líneas generales ni ellos
ni yo fuimos capaces de formular con claridad el objetivo de la experiencia
que nos unía, pero la compartimos con interés. La filosofía o el pensamiento
no han sido sino ocasionalmente objeto de nuestro diálogo. De no haber
escrito los capítulos de este libro debo confesar qué ni yo sabría muy
bien cuantas y qué cosas hay en juego en este experimento.
El ejercicio que suscitó estas preguntas pedía qué cada uno de los chicos
escribiese cien preguntas. Es uno de los ejercicios qué más uso en cursos
de filosofía, el que por lo general abre el fuego del pensamiento, y es
notable la efectividad con la que es capaz de captar las inquietudes más
generales de la conciencia de quien lo escribe.
Se trata de sentarse y escribir, sin pensar, 100 preguntas al correr
de la mano. "¿Cómo sin pensar? ¿No se trata precisamente de una experiencia
de pensamiento?" Ya veremos cómo el pensamiento no necesariamente funciona
llevado por la intención. La idea del ejercicio es que ninguna pregunta
puede ser una pregunta mala, que ese desborde de interrogaciones va a
poner en evidencia necesariamente la carne del propio pensamiento y que
la intensidad que lo anima no va a poder escapar a este requerimiento.
Quien escribe este ejercicio vive una especie de mareo gnoseológico.
La pregunta es una modalidad vacilante, un tono que pesca la angustia
y la duda, y su expresión incentivada y sistemática cumple la función
de activar el pensamiento. La pregunta hace vacilar el contorno fijo de
la realidad, produce un movimiento de las formas en el cual aparece la
posibilidad de la elaboración. Preguntar es de alguna manera abrir el
mundo, y esa apertura que trae angustia también llama a la acción y a
la respuesta.
Fragmento del Capítulo
Dos
2. Perspectivas
Unas palabras dichas como si todo fuera muy
serio
Para poder abordar el tema del libro tengo que exponer una gran mezcla
de experiencias, temas, problemas y posiciones. Tengo que explicar cuál
es la concepción de la filosofía que se maneja para hacer posible esta
mezcla extraña de chicos y filosofía, y porque en vez de hablar de filosofía
sería tal vez más exacto hablar de pensamiento. Tengo que tratar de entender
qué pasa en la mirada de un chico cuando crece y cómo esa experiencia
se asemeja al trabajo de los autores filosóficos. Tengo que aludir
a la que fue mi situación como estudiante de filosofía y a una relación
ambigua con ese saber, a la vez poderoso y adormecido. Tengo que incluir
mi experiencia como docente que me permitió transformar mi pasada insatisfacción
de estudiante en nuevos métodos para lograr provocar e incentivar el pensamiento
de los alumnos. Tengo que hablar de la escritura como del camino más importante
para la constitución del saber en cada uno, de como me valí de ella para
lograr claridad en problemas que de otra manera no me hubieran resultado
accesibles, y de como también llegó a ser el elemento principal en los
ejercicios de los chicos. Tengo, en fin, que contar detalladamente esta
experiencia de trabajo de filosofía con chicos y mostrar los problemas
que plantea, los pasos que intenta y los resultados que consigue.
Al ser de alguna manera este libro un diario de trabajo no puedo evitar
hacer referencia a mi historia y mis impresiones. Solemos creer que las
de búsquedas personales no entregan resultados útiles y compartibles,
pero paradójicamente resulta evidente que es en ellas donde se concretan
los logros luego reconocidos como más interesantes por los demás.
Lo cierto es que si no se habilita el lugar subjetivo o personal como
espacio de elaboración la experiencia del pensamiento no se produce. El
pensamiento está al servicio de la propia necesidad de comprensión y manejo
del mundo. Esa necesidad de comprender no es una intención intelectual,
es un hecho orgánico, corporal, porque lo que el pensamiento pueda elaborar,
o lo que sea capaz de armar, es de valor inmediato para la vida en la
que ocurre.
Toda filosofía, toda imagen del mundo, por más abstracta y remota que
pueda parecer está indisociablemente ligada a una experiencia personal,
a una interioridad sin la cual el pensamiento no existe. Sin la asunción
de un cierto valor, sin darse lugar e importancia, la propia mirada no
se pone en movimiento. Para la comprensión del mundo, para el planteo
y el trabajo de los problemas que la filosofía y cualquier conciencia
aborda, la primera indicación sería la de asumir el pleno valor del ser
que somos, de manera tajante y sin disculpas. Soy, estoy, miro el mundo
y digo lo que veo. ¿Cuál es el problema? Sólo sirve el saber que uno ha
armado, y nada puede armar quien se considere carente de valor. |