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1994 "Cómo educar a los padres", con Mario Pergolini.
Buenos Aires, Editorial Planeta.

Cómo Educar a los padres - Click para ampliar

 

Una serie de relatos entrecruzados sobre situaciones entre padres e hijos, con algunos episodios clásicos de momentos conflictivos compartidos en las familias. Un libro que aplica el método del delirio y del sentimiento para trabajar sobre su tema, con una escritura libre y graciosa.

 

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Fragmento de Capítulo 1 de "Cómo educar a los padres":

Papá salió

Un hijo es como un perro, siempre ahí abajo, esperando un gesto, sumiso. Un hijo es como un árbol, plantado en el mundo. Un hijo es como plastilina, materia primordial humana para dar forma a una persona. ¿O para dejar aparecer la persona que hay en él? Un hijo es como una persona, pero no totalmente, un hijos es casi como una persona, casi como otro pero menos que otro, un pedazo de nuestros cuerpos, del de ella y del mío.

Un padre es como una nube, oculta el sol. Un padre es como un poste, te sostiene; como una pared, arma el mundo. Un padre es como una mesa, estructura. O como un camión, te lleva por delante. Como una estatua, presencia para admirar. Una madre es como una radio, transmite.

Una madre es como una sábana, te cubre, te envuelve, te reconforta. Como una cama, como una invasión, como una comida.

 

Fragmento del Capítulo 3

Ya no soy una nena

Un hijo es una molestia, una mirada mínima pero ávida y total, examinante, que reclama y sabe. Un hijo es como un empleo, dedicación exclusiva, un nene de carne que pide y pide y se lleva a la madre a otra parte. Un hijo es como un brotecito, delicado, vulnerable, al que cualquier cosa puede arrastrar muy lejos de aquí, tan absurdamente como lo trajo. Un hijo en principio de no es nadie pero termina siendo alguien, un alguien aparecido desde la nada de una panza potenciada por el resguardado semen. Un hijo es el fantasma de algún otro proyectado y aparecido en la secreta transmutación alquímica de los fluidos corporales. Un hijo es hacerse cargo del mundo para siempre. Un hijo es alguien frente a quien morir, una manera de ir a menos reflejado frente a quien va a más.

Una madre es una poseída, una mujer capturada por su misión fecundadora, por un despliegue de su cuerpo que la desdibuja y la recompone. Una madre es un todo del que el hijo emerge. Una madre es un calor, una carne, unas tetas enormes que riegan y nutren. Una madre es una devota admiradora de su inimaginable fruto, una consagrada al autónomo de dos patas que la ronda pequeñito.

Un padre es un examen constante, una mirada presente aun (o especialmente) donde no hay nadie. Una atención interesada y omnímoda, un instrumento eficiente. Padre como guía, maestro, modelo, sostén, columna, dureza, cobijo incierto, dificultad redoblada por ese afecto con que se le dirige el necesitado. Un padre es como un edificio, solidez que no se discute, lo que no puede no estar, la gran garantía. Un padre es como un brazo, como una pierna. Un padre es alguien que no puede ser cualquiera.

La paternidad es un valor agregado que afecta la totalidad del mundo pero que emana desde un centro que es un hombre. Un padre es como un superior en casa, que acompaña y protege (y lo llamamos buen padre), o que abandona y debilita (y le decimos mal padre).

 

Fragmento del Capítulo 13

Mi partícula inocente

Mi pimpollito. Mi gordita. Mi airecito del cielo. Mi piecita de colección. Mi pedacito de amor. Mi bebita rosadita. Mi mutante. Mi rinconcito de felicidad. Mi pancita de delfín. Mi amorcito confundido. Mi sueñito acolchado. Mi caliente y tierna mujercita. Mi éxtasis con piernitas. Mi delirio transplanetario. Mi viaje a las estrellas. Mi universo delicadito. Mi sensación de verano en el mundo. Mis ojitos de reina desconocida. Mis manitos de diosa que reposa. Mi rabanita. Mi sueño despierto. Mi canción de mediodía. Mi mágica melodía. Mi dormidita ensabanada. Mi caquita de amor. Mi sopita derramada. Mi partícula inocente. Mi sospechosa. Mi maricona. Mi cuerpita. Mi intensidad desolada. Mi plantita de leche. Mi berenjenita de terciopelo. Mi horizonte nocturno. Mi montañita comprensiva. Mi peladita. Mi nena, mi nenita, mi belleza tiránica. Mi estufita encendida. Mi pedacito de mí. Mi gatita humanizada. Mi dormilona del océano. Mi sentimiento materializado.

 

Capítulo 16

Padres, madres, hijos e hijas

Madres que deciden tener a su hijo porque tienen ganas de tenerlo, independientemente de la relación en la que el hijo surge, de la que tal vez no estén muy seguras. Padres que se separan sin sentir que esa separación afecta en nada al afecto que sienten por sus hijos, ni a la alegría que reciben de ellos, y que se disponen a cuidar que la separación, necesaria y querida, no afecte a los hijos engendrados en el transcurso de esa relación.

Madres que aprenden a no mezclar la distancia que tratan de poner con su ex con la cercanía que sus hijos y ellas mismas necesitan, que aprenden también a no interferir entre sus hijos y su ex, el padre de los chicos, porque entienden que lo que a ellas les pasa como mujeres con ese hombre no tiene que ver con lo que sus hijos necesitan de él como padre.

Madres y padres que aprenden a no dejarse ganar por una perspectiva de la vida según la que todo conduce a la tristeza y el desencuentro, pero que aprenden también a desconfiar de las visiones demasiado idealizadas, en las que todos -padres, madres, hijos, hijas- nos comparamos constantemente con un modelo de felicidad irreal.

Madres, padres, hijos, hijas, que buscan el punto justo del contacto, ése en el cual la relación se vuelve posible y agradable, porque se basa en el reconocimiento de la independencia mutua, y de la diferencia, y que no sienten a esa diferencia como una prueba de la falta de cosas en común. Hijos e hijas que aprenden a ver en sus padres a adultos pertenecientes a otra época, distinta de la que les ha tocado vivir a ellos, y que entienden también entonces que sus inapropiados puntos de vista no tienen la intención de hacer daño. Hijos e hijas que aprenden a separarse de padres y madres que, a causa de una vida completamente insatisfactoria, o a causa de quién sabe qué misterio de la vida humana, son incapaces de entender y valorar la vida presente en sus hijos. Hijas e hijos que aprenden a liberarse de padres incapaces, sin por ello creerse en falta ni censurarse, sabiendo que un padre que no respeta la individualidad de su hijo ni valora su independencia es un padre que no merece ser respetado.

Padres y madres que aprenden a seguir siendo una pareja sin sentir que por ellos descuidan a sus hijos, sino más bien sabiendo que -aunque por estar ellos solos dediquen a veces menos tiempo a estar con sus hijos- con esa actitud les transmiten la noción de la legitimidad de la búsqueda de la felicidad personal y la valoración del amor sexual adulto. Padres y madres, entonces, que aprenden a adoptar una actitud en la que su propia búsqueda de felicidad y realización es respetada y que saben ver en ella una importantísima enseñanza para dar a sus hijos, padres y madres que han aprendido a dejar de lado la idea de que lo que los hijos y las hijas requieren antes que nada es sacrificio.

Padres, madres, hijos e hijas que aprenden a relacionarse con la actitud de la plenitud y la satisfacción y no ya con la del sacrificio y la devoción; padres, madres, hijos e hijas que prefieren vivir relaciones de comprensión, aceptación e intercambio a las antiguas relaciones de respeto, severidad y obediencia.

Familias que han creado nuevos códigos de relación, en los que se tiene mucho más en cuenta la necesidad y las ganas específicas de sus partes que la necesidad de crear una apariencia acorde con una versión convencional y tradicionalista de lo que debe ser una familia. Familias que se guían más por lo que ellos quieren que pase entre ellos que por lo que la costumbre propone como forma inamovible.

Chicos chicos que se desconciertan por la visión de unos padres que no siempre están disponibles, que a veces prefieren estar solos a estar con ellos, pero que al ser partes de esa decisión empiezan a hacer germinar en ellos la semilla de una vida independiente, de una vida en la que los padres no mezclan sus vidas con las de sus hijos ni los hijos creen ser la prolongación de la vida de los padres.

 

 

 
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