Fragmento de Capítulo 1 de "Cómo educar a los padres":
Papá salió
Un hijo es como un perro, siempre ahí abajo, esperando un gesto, sumiso.
Un hijo es como un árbol, plantado en el mundo. Un hijo es como plastilina,
materia primordial humana para dar forma a una persona. ¿O para dejar
aparecer la persona que hay en él? Un hijo es como una persona, pero no
totalmente, un hijos es casi como una persona, casi como otro pero menos
que otro, un pedazo de nuestros cuerpos, del de ella y del mío.
Un padre es como una nube, oculta el sol. Un padre es como un poste,
te sostiene; como una pared, arma el mundo. Un padre es como una mesa,
estructura. O como un camión, te lleva por delante. Como una estatua,
presencia para admirar. Una madre es como una radio, transmite.
Una madre es como una sábana, te cubre, te envuelve, te reconforta. Como
una cama, como una invasión, como una comida.
Fragmento del Capítulo
3
Ya no soy una nena
Un hijo es una molestia, una mirada mínima pero ávida y total, examinante,
que reclama y sabe. Un hijo es como un empleo, dedicación exclusiva, un
nene de carne que pide y pide y se lleva a la madre a otra parte. Un hijo
es como un brotecito, delicado, vulnerable, al que cualquier cosa puede
arrastrar muy lejos de aquí, tan absurdamente como lo trajo. Un hijo en
principio de no es nadie pero termina siendo alguien, un alguien aparecido
desde la nada de una panza potenciada por el resguardado semen. Un hijo
es el fantasma de algún otro proyectado y aparecido en la secreta transmutación
alquímica de los fluidos corporales. Un hijo es hacerse cargo del mundo
para siempre. Un hijo es alguien frente a quien morir, una manera de ir
a menos reflejado frente a quien va a más.
Una madre es una poseída, una mujer capturada por su misión fecundadora,
por un despliegue de su cuerpo que la desdibuja y la recompone. Una madre
es un todo del que el hijo emerge. Una madre es un calor, una carne, unas
tetas enormes que riegan y nutren. Una madre es una devota admiradora
de su inimaginable fruto, una consagrada al autónomo de dos patas que
la ronda pequeñito.
Un padre es un examen constante, una mirada presente aun (o especialmente)
donde no hay nadie. Una atención interesada y omnímoda, un instrumento
eficiente. Padre como guía, maestro, modelo, sostén, columna, dureza,
cobijo incierto, dificultad redoblada por ese afecto con que se le dirige
el necesitado. Un padre es como un edificio, solidez que no se discute,
lo que no puede no estar, la gran garantía. Un padre es como un brazo,
como una pierna. Un padre es alguien que no puede ser cualquiera.
La paternidad es un valor agregado que afecta la totalidad del mundo
pero que emana desde un centro que es un hombre. Un padre es como un superior
en casa, que acompaña y protege (y lo llamamos buen padre), o que abandona
y debilita (y le decimos mal padre).
Fragmento del Capítulo
13
Mi partícula inocente
Mi pimpollito. Mi gordita. Mi airecito del cielo. Mi piecita de colección.
Mi pedacito de amor. Mi bebita rosadita. Mi mutante. Mi rinconcito de
felicidad. Mi pancita de delfín. Mi amorcito confundido. Mi sueñito acolchado.
Mi caliente y tierna mujercita. Mi éxtasis con piernitas. Mi delirio transplanetario.
Mi viaje a las estrellas. Mi universo delicadito. Mi sensación de verano
en el mundo. Mis ojitos de reina desconocida. Mis manitos de diosa que
reposa. Mi rabanita. Mi sueño despierto. Mi canción de mediodía. Mi mágica
melodía. Mi dormidita ensabanada. Mi caquita de amor. Mi sopita derramada.
Mi partícula inocente. Mi sospechosa. Mi maricona. Mi cuerpita. Mi intensidad
desolada. Mi plantita de leche. Mi berenjenita de terciopelo. Mi horizonte
nocturno. Mi montañita comprensiva. Mi peladita. Mi nena, mi nenita, mi
belleza tiránica. Mi estufita encendida. Mi pedacito de mí. Mi gatita
humanizada. Mi dormilona del océano. Mi sentimiento materializado.
Capítulo 16
Padres, madres, hijos e hijas
Madres que deciden tener a su hijo porque tienen ganas de tenerlo, independientemente
de la relación en la que el hijo surge, de la que tal vez no estén muy
seguras. Padres que se separan sin sentir que esa separación afecta en
nada al afecto que sienten por sus hijos, ni a la alegría que reciben
de ellos, y que se disponen a cuidar que la separación, necesaria y querida,
no afecte a los hijos engendrados en el transcurso de esa relación.
Madres que aprenden a no mezclar la distancia que tratan de poner con
su ex con la cercanía que sus hijos y ellas mismas necesitan, que aprenden
también a no interferir entre sus hijos y su ex, el padre de los chicos,
porque entienden que lo que a ellas les pasa como mujeres con ese hombre
no tiene que ver con lo que sus hijos necesitan de él como padre.
Madres y padres que aprenden a no dejarse ganar por una perspectiva de
la vida según la que todo conduce a la tristeza y el desencuentro, pero
que aprenden también a desconfiar de las visiones demasiado idealizadas,
en las que todos -padres, madres, hijos, hijas- nos comparamos constantemente
con un modelo de felicidad irreal.
Madres, padres, hijos, hijas, que buscan el punto justo del contacto,
ése en el cual la relación se vuelve posible y agradable, porque se basa
en el reconocimiento de la independencia mutua, y de la diferencia, y
que no sienten a esa diferencia como una prueba de la falta de cosas en
común. Hijos e hijas que aprenden a ver en sus padres a adultos pertenecientes
a otra época, distinta de la que les ha tocado vivir a ellos, y que entienden
también entonces que sus inapropiados puntos de vista no tienen la intención
de hacer daño. Hijos e hijas que aprenden a separarse de padres y madres
que, a causa de una vida completamente insatisfactoria, o a causa de quién
sabe qué misterio de la vida humana, son incapaces de entender y valorar
la vida presente en sus hijos. Hijas e hijos que aprenden a liberarse
de padres incapaces, sin por ello creerse en falta ni censurarse, sabiendo
que un padre que no respeta la individualidad de su hijo ni valora su
independencia es un padre que no merece ser respetado.
Padres y madres que aprenden a seguir siendo una pareja sin sentir que
por ellos descuidan a sus hijos, sino más bien sabiendo que -aunque por
estar ellos solos dediquen a veces menos tiempo a estar con sus hijos-
con esa actitud les transmiten la noción de la legitimidad de la búsqueda
de la felicidad personal y la valoración del amor sexual adulto. Padres
y madres, entonces, que aprenden a adoptar una actitud en la que su propia
búsqueda de felicidad y realización es respetada y que saben ver en ella
una importantísima enseñanza para dar a sus hijos, padres y madres que
han aprendido a dejar de lado la idea de que lo que los hijos y las hijas
requieren antes que nada es sacrificio.
Padres, madres, hijos e hijas que aprenden a relacionarse con la actitud
de la plenitud y la satisfacción y no ya con la del sacrificio y la devoción;
padres, madres, hijos e hijas que prefieren vivir relaciones de comprensión,
aceptación e intercambio a las antiguas relaciones de respeto, severidad
y obediencia.
Familias que han creado nuevos códigos de relación, en los que se tiene
mucho más en cuenta la necesidad y las ganas específicas de sus partes
que la necesidad de crear una apariencia acorde con una versión convencional
y tradicionalista de lo que debe ser una familia. Familias que se guían
más por lo que ellos quieren que pase entre ellos que por lo que la costumbre
propone como forma inamovible.
Chicos chicos que se desconciertan por la visión de unos padres que no
siempre están disponibles, que a veces prefieren estar solos a estar con
ellos, pero que al ser partes de esa decisión empiezan a hacer germinar
en ellos la semilla de una vida independiente, de una vida en la que los
padres no mezclan sus vidas con las de sus hijos ni los hijos creen ser
la prolongación de la vida de los padres. |