Fragmento del Capítulo Uno de "El despertar...":
Martes
Anoche me quería matar -es un decir, no te asustes- y esta mañana creo
que nunca voy a volver a sentirme tan mal en mi vida. Hoy soy otro. Creo
que si no paro voy a terminar el informe a tiempo, tengo un acelere tremendo.
Todo parece tan difícil y de repente el aire cambia y sin saber cómo lo
que parecía imposible ya no lo es.
El viaje en tren me hizo muy bien, además, salir un poco de la ciudad
y de la paranoia general. Aunque en realidad, y pese a que vos no quieras
aceptarlo, lo mio no era paranoia sino persecución concreta, porque el
cagador de Salsatti realmente me persiguió, a mí, a mi tío, a mi vieja,
a mi hermana y a todo el que se le pusiera en el camino de esta investigación
o como quieran llamarla. Me calenté. Tampoco tanto. Es raro que con vos
él nunca haya hecho ninguna cagada, aunque también me parece lógico, no
se va a andar haciendo el tarado con su editor.
No se me escapa que tiene su lado interesante, este desastre. No me digas
que no es gracioso que un tipo quiera hacer una investigación sobre la
violencia y al ir haciéndola se transforme como se transformó Salsatti,
el que se las da de prolijo. Si la gente supiera cómo es de verdad, si
el público de su programita de cable y sus lectores pudieran ir más allá
de su apariencia y tomaran contacto con su verdadera realidad... (quien
sabe, de repente se recoparían, lo creerían una especie de luchador del
campo intelectual). Pero no sé porque digo todo esto tan suelto de cuerpo,
si vos mismo no me creés. O no me creías. Cuando te comenté algunas de
las cosas que pasaron vos me pusiste cara de "este pibe es un exagerado"
y me hiciste dudar, porque todavía no habían pasado las otras que vinieron
después, que son las que quiero contarte en esta carta.
Esta carta o especie de carta quiero hacerla bien clara y larga. Te la
voy a presentar con el informe el viernes. Anoche tomé la decisión de
superar todo el quilombo y entregar en fecha lo que tengo que entregar.
También porque decidí irme de mi casa -de la casa de mi vieja, mi casa
es un lugar que todavía no existe- y necesito la segunda parte de la plata
que arreglamos. Me imagino que no me irás a cagar. Después si a Salsatti
le gusta o no, si va a usar el material o se va a seguir haciendo el estúpido,
ya no es mi problema. Es el tuyo. Já. (Perdón). Lo único que falta es
que a mis 23 años me deje intimidar por un gordo cerdo y tarado de cincuenta
y tantos, que por más famoso y decente que quiera presentarse es un gordo
grasa degenerado e imbécil. Sí, estoy con bronca. Ya te voy a contar.
Espero que no lo tomes a mal, pero creo que te conozco lo suficiente como
para saber que vas a entenderme. Vamos por partes.
El día del casting ya podría haberme dado cuenta de que Salsatti era
un cagador, sobraba evidencia. Pero entre que yo lo admiraba como profesor
-me parecía el mejor que había tenido- y vos me decías que era un tipo
bárbaro, pasó que caí como un salame. Vos me dijiste -te acordás, supongo,
en el bar de Los Tarantos, la única y primera vez que conseguí verte desde
que empezó todo esto, y porque nos encontramos de casualidad, como nos
sucede cada tanto- que el problema debía ser que yo no estaba acostumbrado
a cumplir, a trabajar, y te reíste de lo que te conté.
¿Sabés cómo fue el casting? ¿Te cuento? (Ojo que la palabra casting para
hablar de ese examen o selección la usó él primero, no es invento mio,
eh). Nos reunió en un aula del primer piso de Comunicación. Eramos cinco
personas: un boludo de barbita que siempre interviene en clase diciendo
las mayores taradeces con cara de estar diciendo algo importante, una
chica bastante linda con aspecto de alumna empecinada -que después me
enteré que es estudiante de letras y que sale con uno que escribe para
Canal 11 unas boludeces tremendas-, un pelilargo que reparte volantes
de Franja en los pasillos de Sociales -que no debe saber ni cómo se llama-,
¡un administrativo de la secretaría! (y mirá que yo no soy de discriminar,
pero me pareció demasiado, es una clásica actitud demagógica tipo Salsatti,
esa) y yo. Está bien, es legítimo que Salsatti haya querido conocer a
la persona con la que iba a trabajar, pero me parece que armó una situación
un poco loca -¿era necesario vernos a todos juntos?-, y sobre todo por
el tono cuidadoso y el disfrute que se le vio que sentía al medirnos con
la mirada. Parece astuto, Salsatti. En realidad me parece que está lejos
de serlo.
Lo primero que hizo fue explicarnos cuál era el trabajo para el que buscaba
una persona. Nos dijo que quería un ayudante que hiciera para él una serie
de entrevistas para escribir su nuevo libro, que debía ser responsable,
cuidadoso, educado, porque iba a tratar con gente importante y porque
iba a ir en su nombre. Dijo que quería conocernos un poco y que por favor
le dijéramos quiénes éramos, qué hacíamos y por qué nos interesaba el
trabajo. El de barbita se apuró a hablar primero, como si Salsatti se
hubiera dirigido especialmente a él, y con una voz medio graciosa explicó:
era estudiante de la carrera de Comunicación, alumno suyo, jeje, y su
proyecto intelectual era el de investigar el desarrollo de la imagen de
la libertad de prensa que parecía convencer a la opinión pública sin ser
en verdad real. Qué se yo, cualquier cosa. Cuando ya citaba a Portantiero,
Salsatti le dijo que era suficiente, gracias, y posó su mirada en la chica,
que comenzó a hablar retocándose (re-tocándose) el pelito corto. Se la
notaba nerviosa, pero no importaba, era linda en serio y hablaba bien.
Necesitaba trabajar porque planeaba irse a estudiar inglés a Londres en
las próximas vacaciones, y antes que nada quería aclarar que no iba a
poder trabajar por las tardes porque en ese horario atendía el teléfono
en el consultorio de un tío suyo que hacía tratamiento de alguna estupidez,
de várices ponele. Bien, mejor, si no podés para qué mierda viniste, pensé
yo. Después habló el de Franja, no estaba de acuerdo con las posiciones
políticas de Salsatti (mal comienzo eligió el pelotudo, vas a tratar de
conseguir un trabajo y empezás subrayando las diferencias...) pero estaba
muy interesado en aprender su método de trabajo, porque aunque fueran
luchadores de distintos frentes estaban unidos por un interés común en
mejorar la realidad del país y él creía que podía hacerlo bien, cosa que
quedaba probado por el hecho de su alto promedio de calificaciones en
el último año. Los años anteriores no había conseguido buen promedio,
dijo, explicó de más el salame, porque había tenido problemas de concentración,
ya solucionados gracias a un tratamiento psicológico. No estuvo mal, pero
tenía tics. Yo al menos me hubiera fijado en eso para no tomarlo.
Después habló el administrativo y dijo que él había venido sin saber
en realidad cómo se hace una investigación, pero había oído el rumor de
que la universidad iba a achicar la nómina y quería conseguirse otro trabajo
para no morirse de hambre. Dijo que el país no daba para más y la corrupción
y todo eso que dice todo el mundo. Sabía computación y tecleaba no sé
qué cantidad enorme de palabras por minuto.
Entonces Salsatti me miró y hablé yo. Estaba un poco nervioso, para que
negarlo. Le dije que me había enterado de esa reunión gracias a vos, a
Víctor Notrich -el asintió, en parte porque como supe después había sido
advertido por vos que yo iría a esta prueba y en parte porque debía acordarse
de mi cara y de mis intervenciones en sus clases-, y que me interesaba
muchísimo colaborar con él en cualquier proyecto que emprendiera porque
era el profesor que más me había interesado desde que iba a la Facultad,
el único con el cual había aprendido algo. Salsatti sonrió. Y que su último
libro, La amenaza del Tercer Milenio, me había parecido genial y me había
hecho entender muchas cosas. Juro que lo dije en serio, que yo sentía
eso en ese momento y que no lo hice para quedar bien, vos sabés que es
así. Parece que esa opinión le importó, porque después de disolver la
reunión pidiendo antes que le anotáramos nuestros datos en un cuaderno
que nos pasó, me tocó el hombro mientras ya me estaba yendo y me pidió
que lo esperara.
- ¿Tenés un rato para que conversemos?
Le dije que no tenía nada que hacer y me pidió que lo acompañara. Caminamos
por los pasillos hasta la puerta y vi cómo la gente lo miraba, como mira
todo el mundo a alguien que ha visto por televisión, con asombro. Otros
miran con desprecio, también, y están los que se esmeran para que no se
les note que reconocen al personaje, no vaya a ser cosa que sea evidente
que sienten curiosidad, como si estuviera mal.
Tomamos un taxi, porque Salsatti me dijo que quería salir de la zona
de la Facultad para poder hablar más tranquilo. Me eligió a mí, pensé.
Me abrió la puerta del taxi y me hizo pasar, y pensé muchas cosas más.
Para empezar tuve el temor de que el tipo fuera puto y me estuviera arrastrando
a una escena lamentable. Me dio miedo que me viera alguno de mis amigos.
Pero también me dio cosa estar en un auto con una persona famosa. Nunca
me había pasado, y Salsatti no será Maradona, pero quien más quien menos
lo ha visto en su programa de cable o en Memoria o en el de Grondona.
Además yo lo admiraba, yo mismo. Aun hoy creo que tiene talento para pensar,
aunque me haya dado cuenta de que su pensamiento no funciona bien. Pero
de eso vamos a ir hablando de a poco.
Me llevó a Edelweiss, ¿conocés?. Un restaurante que queda en Talcahuano,
o en Libertad, no me acuerdo bien, medio concheto y antiguo, donde me
dijeron que va gente de teatro y personas así. Es un restaurante, pero
Salsatti lo usa como bar. Qué canchero. Entramos, eran como las siete
de la tarde, y lógico, no había nadie. Estaban los mozos preparando las
mesas, y todos lo saludaron como a un habitué. Yo pensé que íbamos a tomar
un café -es lo que había dicho, además-, pero cuando el mozo se acercó
le pidió una botella de vino blanco de una marca en especial. Bueno, por
mí... Después me preguntó si quería tomar alguna otra cosa, pero le dije
que no.
¿Es demasiado detallado lo que te cuento? Prefiero no parar, mirá, porque
siento que por fin puedo escribir y porque quiero llegar a contarte todo,
para que me entiendas, y para que me pagues. Porque además, y esa fue
una de las cosas que me decidió a entregar el viernes el material completo,
me enteré ayer de que Salsatti nunca te presentó nada de lo que llevo
hecho, pese a que él me dijo que sí, y que no sólo me dijo que si sino
que me contó en detalle tus supuestas críticas a mi material. Con lo que
me doy cuenta de que vos debés estar pensando que no hice un carajo, pero
yo el trabajo lo tengo casi listo, y me quedó bastante bien, me parece
ahora.
Bueno, Salsatti, que ya en el taxi me había empezado a hablar de un libro
sobre Foucault que estaba leyendo, se puso a explicarme ahí en Edelweiss
lo importante que era hacer un trabajo que mostrara la articulación -viste
que él habla así, ustedes los intelectuales todos hablan medio así, la
verdad- entre la violencia y la juventud, porque de esa forma iba a poder
enfrentarse el problema. Que el problema era muy serio, gravísimo, porque
la violencia deshace la trama social, ya seriamente afectada por las cosas
que están pasando, y las fuerzas incontenibles del deterioro dañan el
sistema y pueden llegar a ser las responsables del ya próximo fin del
mundo. La violencia está en todas partes, me acuerdo que me dijo, en las
casas, en los medios de comunicación, acá mismo, en el hecho de que los
mozos tengan que servirnos a nosotros, que no somos mejores que ellos,
o en la interna que deben tener con los cocineros y con el patrón, la
violencia lo inunda todo.
Y no sólo eso, dijo, sino que dijo también que le gustaba la idea de
trabajar conmigo porque yo era parte de esa juventud que le interesaba
entender, y que por eso mismo iba a aportar elementos imprescindibles
a su trabajo. Fijate vos lo que decía, que tipo increíble. Y por supuesto,
me pidió, me convocó, sirviendo en su vaso y en el mío ese vino
riquísimo con el que nos íbamos poniendo cada vez más contentos, a que
hiciéramos una experiencia de pensamiento en libertad. El no quería ser
un escritor narcisista más, de esos que se aíslan para trabajar y muestran
sus productos como pruebas de su intelecto privilegiado. Por eso él quería
incluir la serie de las entrevistas en el libro, para mezclar voces, y
por eso también quería que yo lo ayudara a pensar -increíble-. Me acuerdo
con precisión que dijo que cuando uno pensaba, si pensaba en serio, no
sabía con lo que se iba a encontrar, y que sólo se podía pensar si se
aceptaba la más completa libertad, llegando incluso a dudar de sí mismo
si era necesario. No me lo dijo así, me lo dijo más lindo, pero esa era
la idea, qué te parece. A mí me re compró, me pareció una vez más inteligente
hasta decir basta, y creí que esta era mi oportunidad para despertarme
del todo, para aprender, para contagiarme un poco de su increíble capacidad
de ver más allá. Fijate qué cosa, empiezo a pensar que realmente resultó
así, pero de una forma rara, indirecta.
Y como si todo esto fuera poco también me dijo, con ese respeto exagerado
con que la gente seria habla de plata, que este trabajo que yo iba a hacer
la Editorial del Sur me lo iban a pagar.
- Te van a pagar mil pesos cuando firmes el contrato y otros mil cuando
entregues la serie de las diez entrevistas completas. Esa fue mi condición
cuando planteé el libro, que me pusieran un investigador asociado-.
Eso redobló mi felicidad: ¡2000 pesos! Nunca tuve tanta plata al mismo
tiempo. Me parecía un chiste. Ya estaba gastando a cuenta.
- ¿Estás de acuerdo? -me preguntó.
- Por supuesto - le dije, tomando un trago más. Por dentro yo saltaba
como un perro feliz. -Usted no lo sabe, pero yo lo admiro-.
- Tratame de vos, haceme el favor. No soy tan viejo- me respondió, con
la delicadeza de evitar el tema de mi fascinación por él.
Ya puestos en ese plan, no me acuerdo si fue él o si fui yo el que sacó
el tema de "La cerveza callejera". Debo haber sido yo, porque no creo
que vos le hayas comentado ese trabajo mío. Qué te va a importar
a vos, aunque también es posible, o me lo pareció entonces, que al recomendarme
para el casting le hayas dicho que habías leído algo mío que te
había parecido bien. Yo se lo comenté porque aunque nunca llegué a terminar
esa investigación como vos me decías que tenía que terminarla, igual es
mi orgullo. Y te digo una cosa más: ahora que enganché mejor la onda de
cómo es escribir, de cómo se hace, y que estoy mucho más entrenado en
trabajar, te juro que lo voy a terminar, voy a escribir las conclusiones
que me dijiste que faltaban y creo que me va a quedar bien, más que bien.
Como ves mi optimismo es imparable.
Pero volvamos a esa noche. Le conté, hice un trabajo sobre la experiencia
de los chicos que toman -que tomamos no me animé a decirle, quedaba feo-
cerveza en la calle, sobre esas cofradías alcohólicas espontáneas, sobre
ese submundo líquido en el que varias generaciones elaboran la verdad
a la que pueden acceder.
- Es precisamente lo que usted dice, lo que vos decís - (me parecía que
no podía tutearlo así nomás) le dije - muchas voces que dicen su experiencia,
su sentimiento, pero no sólo las voces de los que toman y charlan de todo,
arman su mundo, sino que incluí en ese texto, que es bastante largo y
si a usted le interesa le puedo dar una copia, también las voces que rondan
esa experiencia, la del almacenero o tipo del kiosco que suministra la
cerveza, la de los repartidores de las botellas, la del policía que circula
controlando y que alguna vez escondido en la sombra de un árbol nocturno
también se manda su botella de litro, yo los he visto y me acuerdo como
si fuera hoy-.
- Qué interesante- dijo él, como para no hablar más de la cosa, y no
pareció querer que le diera copia. Mejor, por suerte, si ahora él tuviera
ese texto seguro que idearía alguna mariconada en mi contra. ¡Lo que me
costaba escribir y ya llevo siete páginas en un ratito! Creo que en mi
vida comienza la felicidad. |