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1999 "Pernicioso vegetal".
Novela. Buenos Aires, Editorial Sudamericana.

Pernicioso vegetal - Click para ampliar

 

El título es una poética alusión a la marihuana. Proviene de una noticia periodística publicada en un diario sensacionalista en el que se informaba que habían apresado a un "notorio adicto" con dos kilos del "pernicioso vegetal". En esta novela, Arturo, 26, prende un porro en su auto. Se distrae y un policía, Clever, 19, lo detiene. O intenta hacerlo. Es una noche larga y rara en la que policía y chabón fuman juntos, pasean y hacen visitas. Una historia rápida, con humor y pensamiento.

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Fragmento de "Pernicioso vegetal":

La primera pitada al porro no había prosperado, ¿le había entrado algo de humo?. Se le había apagado entre los dedos y lo había dejado, distraído, en el cenicero del auto. Tal vez el problema estaba en que no se sentía completamente convencido de fumarlo, lo había guardado para hacerlo en compañía de ella, pero ahora no había más ella. Decidió que definitivamente no tenía sentido guardarlo para otra vez -qué otra vez, además-, y resolvió intentar prenderlo otra vez. Lo buscó en el cenicero, se lo calzó en la boca, y estiró la mano hasta la guantera sin dejar de manejar, tratando de encontrar el encendedor, porque era obvio que con el del auto no prendía. Los que había inventado esos encendedores de coche no habían pensado en las puntas irregulares de los porros, sino en las anchas y prolijas puntas de los cigarrillos normales, pero esos hacen peor.

Por Federico Lacroze circulaban apenas unos taxis. Pero no estaba desesperado, como podría haberlo estado si esa noche la hubiera vivido un mes atrás -aunque lo de esa noche había sido lo peor hasta el momento-, pero su mano no se movía tampoco con total tranquilidad, tenía una especie de temblor nervioso, leve, un apuro torpe, algo. Semáforo. Frenó. Se inclinó para buscar con los ojos el encendedor y lo vió inmediatamente, entre la guía de calles y los casettes. Estaba como metidito en el mapa de la costa, que todavía nadie había sacada de la guantera desde el año anterior. Ya ni la música le significaba nada. Estaba tan acostumbrado a tenerla a ella como horizonte de todo que ahora todo se vaciaba. Acercó la llamita al porro y consiguió calzar una pitada nítida, perfecta, la brasa grande y extendida. Con convicción el porro siempre anda mejor.

El porro estaba bien armado y tiraba, por primera vez conseguía que uno armado por él le quedara bien. Hinchó el pecho, retuvo el humo, apoyó el brazo izquierdo en la ventanilla bajada. Se aflojó en el asiento y en ese mismo instante, cuando intentaba dar un paso hacia su calma y su bienestar sintió que una mano dura, salida de la nada, de las sombras, del más allá, le agarraba el brazo con fuerza. No tuvo tiempo ni de pensar que podía ser un asalto -ni se resistió al tirón, no estaba en él-. En cuanto miró vio la gorra y el uniforme. Un policía. Uy Dios. Sintió de pronto y junta toda la urgencia que era capaz de sentir, es decir, se asustó mucho. El policía le sostenía la mano que sostenía el porro. En seguida se dio cuenta de que no podía intentar ninguna de las cosas que sabía lo hubieran salvado. No podía comerse el porro ni tirarlo -mientras el cana no tenga testigos no puede llevarte, lo sabía como lo saben los advertidos-. Ridículamente pensó en la reacción de su viejo casi como si lo tuviera ahí y se sintió todavía peor, como si fuera más duro el hecho visto desde la intimidad, ¿un error?

- Apague el auto- dijo el cana con su voz de mierda. Arturo obedeció, hizo girar la llave pero la dejó puesta. Imaginó que salía a los pedos, pero también que el cana le pegaba un tiro en la cabeza. No hizo nada. La mano del cana era una tenaza, o una pico de loro. De metal.

- Bájese despacio-, dijo el cana con cautela, peligrosamente. Arturo abrió la puerta, el cana lo soltó para dejarlo moverse pero sin darle casi espacio.

- Deje la droga sobre el capó y apoye las dos manos en el techo del coche-. Arturo hizo caso, aunque lo de la droga le sonó raro, la verdad. ¿Qué droga, un porro es droga?. El cana le pegó una patada en la pierna izquierda para que la abriera más y después lo palpó rápido. La patada le dolió mucho, y lo asustó más todavía. No estaba acostumbrado a los golpes, porque no había sido nunca de pelearse y sólo en algún partido de fútbol había sentido cierto rigor, pero los amigos con los que jugaba preferían un juego más artístico que violento. Algunos fumaban para jugar, y se sentían inspirados. La patada había sido muy fuerte, más de lo necesario, con lo que se dio cuenta de que el cana creía tener derecho a dejar suelta su brutalidad, ¿si el auto hubiera sido un auto nuevo lo habría tratado mejor? A un boludito con un Vitara seguro que lo dejaban ir. A medida que se iba dando cuenta la situación en la que estaba se iba poniendo peor. Verificaba a ver si era cierto y era. No lo podía creer, dos minutos atrás se sentía un pelotudo por su desdicha sentimental y ahora estaba en esto, tanto peor, tanto más grave. Se sintió doblemente boludo: por haberse sentido mal y por haber permitido que le pasara esto, un descuido de su parte. ¿Si ella se enterara se conmovería, le impresionaría saberlo objeto de brutalidad policial?

- El baúl-. Arturo buscó la llave y lo abrió. El cana revolvió entre las bolsas de carbón teniéndolo por la solapa, como si fuera un delincuente, que es lo que en ese momento era, su debut.

- Cierre-. Arturo obedeció, pero el baúl se abrió de nuevo y tuvo que darle varios golpes hasta que la puerta se quedó quieta. El cana se había apartado unos pasos para controlar la escena.

- ¿Qué me va a hacer?- preguntó Arturo mirándolo, y se sintió un nene, como si por preguntar fuese más vulnerable.

- Me va a tener que acompañar a la comisaría. El coche queda requisado. Usted va detenido por posesión de estupefacientes y consumo en la vía pública. Ponga sobre el capó todo lo que tiene en los bolsillos-. Se acercaron al capó y Arturo vació sus bolsillos. Desparramó dos pañuelos arrugados, una púa de guitarra, unas pastillas de mentol, un sacapuntas, unas monedas y la billetera.

- Abra la billetera-.

Arturo mostró unos billetes desordenados. Eran pocos.

- ¿Frula lleva?-

- ¿Cómo?- realmente no sabía Arturo qué era la frula.

- Si lleva frula-.

- ¿Qué es?

- Cocaína-.

- ¡No!- dijo Arturo asustado, como si el cana le propusiese tomarla. Una sola vez la había visto en una fiesta y le había dado miedo. Ninguna tentación.

- Muéstreme su registro de conductor y los papeles del auto-.

Arturo rebuscó en la billetera y se lo extendió al cana, que lo examinó con cuidado. También le pasó la cédula verde, plastificada, el papel del seguro y la última patente. Por lo menos en eso estaba bien.

- Deme las llaves-.

Arturo le entregó las llaves del auto al cana.

- Siéntese en el asiento del acompañante-.

Arturo trató de pensar, pero no supo en qué. Estaba cansado de sólo imaginar lo que se le venía encima. El cana vigiló los movimientos que hizo para dar la vuelta y colocarse en la puerta del otro lado, pero estaba cerrada y no pudo entrar, así que el tipo tuvo que entrar al auto y estirarse para subir el seguro. Arturo entró. Es raro eso de que un policía te abra la puerta de tu propio auto, nunca le había pasado.

Ya estaban sentados el uno junto al otro. El cana abrió la guantera, revisando, sin preocuparse de no tirar los casettes al piso a los pies de Arturo. Revolvió también los diarios del asiento trasero y después metió la llave en el contacto. Dio encendido, pisó el acelerador y el motor hizo un ruido y se apagó. Intentó otra vez, pisando con ese vigor de cana que todos conocemos y que ellos deben considerar una nota de virilidad, o de algo aun más firme, pero el motor tosió, hizo una explosión y no quiso más. El cana lo miró con reprobación, como si creyera que también el auto había hecho uso de alguna sustancia ilegal. Arturo se sintió solo.

- Se ahogó- dijo el cana y se dispuso a esperar, lo cual no quiere decir que se hubiera relajado, sino que asumió una posición tensa. Giró la llave para que no estuviera en posición de contacto y las luces se apagaron.

Si alguien hubiera pasado por ahí y los hubiera visto seguramente no hubiera entendido qué hacía un policía sentado en un auto viejo junto a un flaco normal, esperando qué. Hay gente que mira y se pregunta esas cosas. Arturo miró el reloj y vio que eran las once y cuarto de la noche. Nada, re temprano. Por lo feo del momento creyó que al mirar el reloj vería una hora mucho más avanzada, como si las cosas graves sólo pudiesen pasar a eso de las tres de la mañana, cuando uno ya no da más. Pero el cansancio propio no engendra todos los hechos del descontrol, aunque uno a veces pueda creerlo.

 

 

 

 
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