Fragmento de "Argentina Impotencia":
Capítulo Dos: HAY QUE PENSAR
DE NUEVO
También el pensamiento está en un corralito. Sus barrotes son: miedo,
angustia, pasividad, reproche, visión miserable de la vida, idealismo
alucinado y debilidad. Es un corralito peligroso, porque pasa inadvertido.
Creemos estar pensando, entendiendo, viendo los problemas a la cara, sin
realmente hacerlo. La crisis hace evidente que algo se nos escapa, que
nuestro pensamiento, tanto como nuestra acción, no logra dar con una versión
suficiente del país, con una que sea productiva y nos permita proyectarnos
en una sociedad con vida, deseo y futuro. Hay que pensar de nuevo, salir
del corralito mental, volver a mirar, hacerlo con otras ideas. Es probable
que tengamos una noción muy desenfocada de qué es la vida, de qué cosas
son posibles y cuáles no, de cuáles son las formas en las que se construye
una realidad deseada. Las realidades se construyen, no vienen dadas. Una
comunidad que no logra ser productora de su plenitud termina en cambio
produciendo su fracaso.
La visión que expongo -la que supone que este desastre es nuestra producción
y no algo que se nos haya venido encima accidentalmente, pese a nosotros-
sugiere una causalidad rara, que a primera vista parece imposible. ¿Acaso
quien perdió su trabajo lo hizo porque prefería pasar hambre? Hay muchos
casos en los que no es posible señalar la forma en la que una persona
produce su infelicidad, y resulta obvio que las circunstancias la colocan
en una situacion muy difícil de remontar. No se trata de culpar al que
no pudo hacer otra cosa, no se trata de culpar a nadie. El mismo proceso
de culpar, que cultivamos con ardor, es un uso mal encaminado de nuestra
fuerza. Alivia, pero no ayuda. Más importante es en cambio pensar, averiguar,
comprender de qué manera incluso el que se cree al margen de esta produccion
nacional de crisis, incluso el que más la padece, hizo su aporte en ella.
Es el único camino para que podamos desmontar esos mecanismos y hacer
otra cosa.
No es tan raro pensar que una crisis sea secreta o inconscientemente
deseada. A nivel individual la idea resulta más familiar. Eso es la neurosis,
y el psicoanálisis nos enseñó a entenderla: cómo puede uno estar generando
justamente lo que no quiere, su situación más temida. El problema es que
nuestra crisis es la producción colectiva de una comunidad. El nosotros
que es difícil de aceptar o de entender, el que parece inadecuado en las
formulaciones que planteo, es el sujeto plural que es necesario convocar,
el que debe recrearse y ponerse en juego si queremos lograr otra cosa.
Ese "nosotros" es la patria, el país, la nación. ¿Acaso queremos todos
lo mismo, participamos todos de igual manera de esta creación de desastres?
No, pero sale de nosotros un promedio de acción, en el que se suman las
actitudes y producen un sentido. Este nosotros puede resultar extraño
pero es inevitable, porque es el que nos va a permitir elaborar una acción
comunitaria que tienda hacia el futuro. Puede sonar ingenuo, como ingenua
suena a nuestros oídos la forma en la que comunidades nacionales de otros
países quieren y sostienen su propio país. No tenemos que confiar más
en nuestra forma de entender quiénes son ingenuos y quiénes no, es más
que evidente que nuestra comprensión no sirve, que nuestros sentimientos
y nuestro ánimo tiene estilos y vicios de los que hay que desprenderse.
¿Puede observarse la crisis como un movimiento del ánimo y captar de esa
forma alguna variable fundamental en la producción de crisis que nos preocupa?
Lo más sensato sería decir que la crisis es una cosa y el ánimo es otra,
que el ánimo es una consecuencia de los hechos vividos. Pero tal vez la
construcción de la crisis tenga un componente anímico y algo de nuestra
variabilidad emocional, de nuestro cotidiano estar bien o estar mal, contentos
o angustiados, tenga una incidencia importante.
Dicho todo esto, ¿por qué utilizar la filosofía, qué necesidad hay de
ir tan lejos, para qué llenarse de citas y de nombres? La filosofía es
reconocida socialmente como una actividad meritoria aunque no sea muy
claro cuál es su aporte. Pero olvidémonos por un momento de la filosofía
y quedémonos con la más modesta noción de "pensamiento". ¿Cómo tendría
que ser un pensamiento para resultar interesante, valioso, fertil? ¿Cómo
sería un pensamiento que tuviera algo que decir en este momento nuestro,
algo que nos ayudara a salir adelante? Tendría que ser capaz de una gran
libertad, tendría que poder tratar con los temas y las ideas sin estar
atado a las convenciones que nos duermen, ser capaz de sospecha y de reinvención,
tendría que poder encarnar la mirada del que descubre el mundo como si
lo viera por vez primera y alimentar una curiosidad natural que nos despierte.
Tendría que ser capaz de ver belleza donde la encuentre, estar atento
a su placer estético, tendría que poder utilizar las palabras para generar
visiones además de conceptos. Tendría que utilizar a favor de su plan
toda la arbitrariedad disponible, entender que la asociación libre es
un método de conocimiento del mundo, un método científico de investigación
y producción de realidad aun no del todo comprendido y aceptado. Tendría
que ser un basketbolista de la idea, sentir el impulso de tirar al aro
del diálogo sus ocurrencias, a ver si anota o no, corriendo el riesgo
de fallar, probando. Y tendría sobre todo que distanciarse del sentido
común, entendiendo que la forma promedio de comprensión de las cosas está
legítimamente bajo sospecha, sobre todo en medio de esta catástrofe alimentada
colectivamente. Este pensador es el filósofo. La tradición, los grandes
términos, que creíamos caracterizaban a la actividad filosófica, estaban
de más. Lo que queda, lo que vale, lo que puede significar hacer filosofía
hoy en día tiene que ver con la producción de esta riqueza de pensamiento.
Una facultad de filosofía debería ser un Centro Creativo de Pensamiento,
no un Programa de Estudios Repetitivos. Más atrevimiento que seriedad,
más realidad que historia, más pensamiento inquieto que estudio minucioso
y encerrado.
El sentido de esta defensa de una mayor libertad de pensamiento parte
del hecho de que nuestra situación no se explica satisfactoriamente con
categorías económicas, ni con una observación política, ni con un relevamiento
sociológico. Esta es una de las consecuencias o regalos de la crisis,
la necesidad de una osadía en el manejo de las ideas. Es nuestro deber,
si no somos capaces es por causa de nuestras características, y no por
la cultura de la globalización. La crisis puede permitirnos, si queremos,
terminar con un estilo intelectual en el cual encallan tantos pensamientos,
ese narcisismo crítico melodramático que se acompaña siempre de un severo
ceño fruncido y de la complacencia en la falta de horizontes. El intelectual
progresista, cada vez que se acerca a un fenómeno real, lo observa con
una expresión de profundo desencanto, confundiendo su visión cerrada con
inteligencia, haciendo gala de una desconfianza que le hace rechazar el
mundo en vez de intentar comprenderlo y actuar en él.
Dar lugar a un pensamiento capaz de libertad y ganas de vivir nos lleva
a la necesidad de hablar de creatividad. Es ya un lugar común en el constante
debate social la idea de que son necesarias ideas nuevas, pero en lo concreto
de los hechos la resistencia a pensar las cosas de una forma distinta
a como son pensadas habitualmente es enorme. Hay una contradicción llamativa,
por un lado se señala la importancia de la creatividad, se llega a ella
como el paso faltante, pero al mismo tiempo el vicio de ejercer una y
otra vez los mismos trucos de pensamiento deja sin efecto la apelación
anterior y paraliza toda voz nueva, como si en realidad el "truco de la
creatividad" tuviera que permanecer como una declaración vacía y no fuera
más que eso, un truco, la forma de poder seguir decepcionado sin intentar
nada que pudiera permitirnos salir de la decepción.
Si intentamos comprender qué hay dentro de la idea de creatividad vemos
que ella pide de nosotros algo más que conocimiento. Ella introduce la
pregunta: ¿cómo se hace, qué hago, a través de qué recurso o experiencia
logro lo que quiero, intervengo en la realidad de manera favorable? Podríamos
formular así la pregunta que la creatividad siempre expresa: ¿de qué forma
puedo/podemos vivir de la manera más plena y placentera posible? La creatividad
quiere algo e interviene en la realidad tratando de producirlo, pide que
seamos capaces de inventar, de dar forma, de ser plenamente activos. A
veces la filosofía se pone política y roza ese tipo de planteos, es cierto,
pero queda siempre al margen, tal vez porque su efecto de saber se produce
más fácilmente en una realidad quieta que en un movimiento en el cual
el pensador tiene que ser además protagonista o personaje activo. La filosofía
puede a lo sumo enunciar la necesidad del paso a la acción, pero no darlo.
La creatividad es en cambio la vía por la cual el pensamiento logra trabajar
con las formas concretas del mundo, desarrollar los proyectos, seguir
el impulso del deseo. Poner a la filosofía frente a la creatividad es
ponerla en un compromiso, como poner a una persona tímida en medio de
una fiesta llena de gente alegre. Ponemos a la filosofía en la exigencia
de la creatividad y planteamos así la necesidad de hacer surgir ideas
nuevas y útiles, de despertar las fuerzas dormidas.
¿Por qué están dormidas las fuerzas? El plan del conocimiento es el de
captar cómo es el mundo. No es poca cosa, pero es todavía el nivel del
análisis. ¿Cómo es la crisis? ¿Qué provocó la crisis? ¿De dónde viene?
¿Cómo se manifiesta el deterioro, hasta dónde llega? La creatividad es
otra cosa. De Bono, pensador inglés que es una de las figuras principales
del campo de estudio y trabajo llamado creatividad, lo explica así: la
creatividad supera el nivel del análisis llevándonos al del diseño. ¿Cómo
salimos?, ¿qué hacemos?, ¿qué podemos inventar? No tenemos formación en
creatividad. Como disciplina, como campo de estudio, como preocupación
intelectual explícita, como intención asumida y afirmada, la creatividad
nos resulta desconocida. Filosofía y creatividad son recursos para adoptar
una actitud que sea capaz del doble trabajo de ver la crisis a la cara
y revelar una fuerza disponible con la cual lograr romper su juego, que
es el de creer que la catástrofe es nuestra verdad terminal.
Deben surgir ideas para despertar las fuerzas dormidas, para aprender
a pensar de otra manera, para pensar a favor de los proyectos y de un
nuevo estilo de vida, para aceptar el mundo y trabajar en él, para ser
más osados, más poderosos, más felices, para aprender a ver las cosas
como realmente son y hacer algo con ellas. Hay que desarmar el dispositivo
automatizado con el cual sentimos desesperanza y fracaso. Hay que construir
una visión del mundo que ayude a la construcción de otro país, de un país
que ya aparece en muchas experiencias pero que necesita ser fortalecido.
Y recordar que pensar sirve para eso. Que no necesariamente la hora de
la acción está peleada con la hora del pensamiento. Ambas horas son la
misma. |