Fragmento de "Bienvenidos a mi":
Jueves 22
Me gustaría ir a pedirle al tipo que está sentado en la mesa de allá
que me deje levantar su notebook para ver cuánto pesa. No creo que se
cope. Pesa dos mil pesos. Este cuaderno pesa dos pesos y la lapicera más,
pero igual es algo accesible. ¿Se escribe mejor con una notebook que con
una pluma fuente? La fuente de la escritura, esta tinta líquida que brota
de la punta de metal con forma de pique, como un pene culto que su simiente
de signos en geométricos renglones derramara. La notebook tiene fuente
de potencia, capacidad tecnológica que suple al muscular brazo y puede
tanto más que él. O puede otras cosas.
O sea que también los espermatozoides son letras, letras vivas que escriben
una persona en el tiempo que pasa como pasa ese tren. Eso es de una letra
de Spinetta. Pero es cierto que se pasa como pasa ese tren, porque avanzar
en el tiempo es pasar las estaciones y no quedarse en ninguna, y porque
hay un entusiasmo en la marcha traqueteante que genera espectación y nostalgia
en el que mira desde la estación o el campo ese paso decidido del tren
que avanza.
El tren es un objeto de la infancia, porque queda ligado a ese tiempo
en el que tanto sorprende y tanto interesa su ser maquinaria transportante
e inverosímil. Queda impregnado, en su tremenda fuerza, del sentir del
chico que lo ve como un dios realizado, mucho más potente que un dios
pensado. Hace falta una catedral, o al menos una capilla -una escenografía-
para convencer al espíritu de la existencia de un dios. Son los muy incrédulos
los que necesitan una catedral para conmoverse, y es esa conmoción la
que produce la fe, la que necesita que algo sea firme para no bandearse
en el vacío de la nada. Por eso los que fe no tenemos sentimos el intento
de conmoción de la catedral como una experiencia de amor intenso por el
mundo. De esa forma sentimos todas las cosas que los creyentes toman como
manifestación de lo divino, pero lo nuestro no es la fe. Se ve además
que los medievales eran como niños que armaban teatralidades. Yo jugaba
en casa de José Sztrum usando los cortinados del living como un telón,
y con él y sus dos hermanas hacíamos un programa de televisión, que no
es lo mismo que una catedral, ya sé, pero se le conecta por la onda escenográfica.
He dado testimonio de mi problema, ya: esta prosa que supura de mí, hilando
el mundo desde la línea infinita de mi lapicera. Un diario no es una novela,
pero ¿qué es una novela? El que esté libre de dudas que arroje el primer
capítulo. Un día no es un capítulo. Una idea no es un personaje. Pero
no hay ideas sin personaje. O sin persona. ¿Toda persona puesta en texto
es un personaje?
Una novela es algo que se lee fácil, que interesa, y eso necesariamente
tiene personajes y trama, porque no puede el interés fijarse si no hay
vida que viva en el texto. Sin personajes ni trama, ¿qué puede interesar?
No nos hagamos los tan cultos como si pudiéramos prescindir de la existencia,
porque no es cierto ni queda bien. Esta es una novela de ideas, una novela
de días, una novela de mundo que pasa por mí y ya.
Lenin se robó uno de los mejores títulos posibles para un libro: ¿Qué
hacer? Podría ser también el título de una guía de actividades para el
fin de semana, pero él tenía otra cosa en mente, en esa mente guardada
limpiamente por un cráneo sin pelo, porque para qué el pelo, burguesía
del ser que lucirse quiere. Lo suyo era el proyecto que conmovió al mundo.
En este bar, ahora, se mezcla el ruido de un jet con la música suavizante.
Música funcional, no música en sí, música vana, sino música que cumple
su cometido, el de aplacar a las bestias financieras empresarias que acuden
a este bar elegantón y choto. Ni música fusional, como la de las raves,
que superan el artificial separarse de los seres que quieren preservarse
pero al separarse mueren. También hay que prestarse un poco al desvarío
natural.
Célula que no se comunica muere. Lo que parece algo así como "todo lo
que está quieto se pinta y lo que se mueve se saluda", pero no es. Me
lo dijo Leopoldo que se lo dijo una médica que se lo dijo un cuerpo. Algún
cuerpo. O el cuerpo de un libro, o el cuerpo de un saber. Corpus dicen
los estudiantus de letrus.
Pero la idea es buena, permite entender, sirve de guía: comunicarse,
circular, intercambiar, derramarse, fluir, recibir, percibir, es vivir.
Si no, morir. Y uno se encierra, muchas veces, por neurosis, y la neurosis
tiene mucho de muerte, es una transa que hace la vida con la muerte para
poder vivir. Vivir del todo no se puede, lo único que se consigue al querer
hacerlo es morir del todo. O suspenderse, no vivir. Pero aceptar las muertes
constantes es una puerta a las vidas posibles. Palabras que sólo deberían
admitir el plural. Me voy a casa.
Ahora es de noche, el día me pasó por encima y estoy sentado en una mesita
redonda, linda y chiquita y de color marrón claro, en el gigantesco Carrefour
de Paseo Alcorta. Justo enfrente de mí la góndola del foil y del papel
de aluminio, hermosos envases de colores. Un carrito llevado por una gorda
tetona llena de culo tiene un asiento adosado, y en el asientito hay una
beba rubia que me mira sin parar. Ahora la hermana mayor, otra gorda llena
de piernas que le asoman bajo el jumper, le mueve las piernitas y al reírse
se le ven unos dientes piantados. Pobre, es fea, aunque no parece afectada
por eso. ¿Quién no va a estar afectado por ser feo? Hasta los lindos lo
están, porque la fealdad es un vicio, un virus de la percepción que actúa
desaprobando lo maravilloso del ser. ¿Y cuando el ser es realmente feo?
Ahí falla la visión sagrada de la vida, arruga hasta el más hindú. ¿El
Hindú Club es una asociación budista?
El Tarro Florine de un litro está en oferta, cuesta 3.90 No sé cuál es,
porque está lleno de tarros. No sé cual es y sin embargo tal vez me hace
falta y no me doy cuenta. Allá a lo lejos veo unos sacos colgando como
si fueran personas suspendidas en el aire. Mi carrito me espera, paciente,
con la caja de panzotis entreabierta. ¿Querrán salirse, escapar, buscarán
advertirme de algo?
Y más acá, en la entrada entre dos góndolas, veo otra góndola más baja,
con bols y ensaladeras blancas, amarillas, corales y verdes aguas. La
verdad, son muy lindos tonos.
También veo, en la góndola de los rollos pero más allá, bolsas de compras.
Qué lindos diseños tienen. Muy coloridos, unos juegos de rayas de distintos
grosores llenos de encanto, traen un mundo. ¿Por qué serán tan lindas
las bolsas de compras? ¿Quién será el que decide los diseños y los colores?
Su influencia artística en la vida argentina es mucho más real e importante
que la de los artistas plásticos. ¿Por qué los pintores se recluyen en
el arte? ¿Por qué no ven el arte donde está, en vez de buscarlo lejos?
Parece que para poder buscar uno tiene que sentir que las cosas están
lejos, porque si están muy cerca no sabe qué hacer. Por lo mismo por lo
que los escritores muchas veces rehuyen a su público, al lector. ¿Rehuyen
o rehuímos? ¿No me incluyo por el pudor de decirme escritor o porque no
quiero creer que también yo lo haga? Todos lo hacemos, porque ese es el
punto de partida, la posición básica, desde la cual se aprende a escribir.
Aprender a escribir es aprender a encontrarse con el cercano a través
de un rodeo inmenso, de una difícil vuelta por el trazado y manejo de
las palabras y las ideas. Este diario me lo tiene que dar, eso.
Oigo aullidos de una puerta. Es la que las chicas del bar abren y cierran
al fondo de la barra. Es un fuelle que parece tanguero, tanto se lamenta
de existir. Es el tango de la puerta vaivén, como el blues del sacacorcho.
El lamento de los materiales que se quejan de ser. Les falta el aceite,
como a las subjetividades tangueras, aceite para que la vida ande sin
el esfuerzo rasposo de lo concreto. El blues también es una queja, como
el tango, pero una queja más cachonda. Es la ventaja de los negros sobre
los europeos resignados. Y trasplantados.
Viernes 23
Hoy son dos los que tienen notebooks, los dos en la misma mesa. Una
es grande y la otra chiquita. Están juntas una al lado de la otra y los
tipos también, sentados lado a lado y no enfrentados. Las máquinas deben
ser amigas entre ellas, y se ven cuando sus dueños deciden.
El de la máquina chica es una mezcla de Harrison Ford con Steve Martin.
El otro es más joven. Tienen una (dos) caras de serios que voltean. ¿Será
por las máquinas?
Si me compro una temo que el peso sea una molestia excesiva. ¿Vienen
con la cara esa, o es un opcional?
Qué confortable sería tener ruedas neumáticas como los autos. Las zapatillas
con aire no son nada parecido. Si fuera una gaviota libre querría volar
como el viento que arrastra la problemática.
Tiene que ser exceso y libertad, este diario. Después puedo limpiar la
mitad, si quiero. Tiene que ser descuidado y abundante, como la vida misma.
Domingo 25
Ayer no pude escribir. Después de esa declaración de descuido y fluidez
del otro día quedé seco, parece. Pero no. Tal vez uno de los que soy se
asustó un poco, pero el otro respiro hondo y acá estamos todos.
Nada es casual, dice la señora que en la otra mesa hojea la revista Noticias.
Antes le comentaba a uno de los dos hombres que están con ella, uno de
los cuales debe ser el marido, que el cuerpo de Rodrigo había salido despedido
quinientos metros afuera del vehículo en el momento del accidente. Falso.
¿Qué era, una bala, el tipo? ¿Tiene noción la señora de lo que son quinientos
metros? ¿Alguna vez vio quinientos metros, no salió nunca a caminar? ¿Por
qué siempre se dicen cosas así, sin sentido? La mente vive en un mundo
de fábula, la mayor parte de nuestra mente colectiva es infantil. La madurez,
la capacidad de ver y bancar la realidad es una conquista generalmente
individual. Cuando sucede, rara vez, seamos realistas.
¿Qué quiero lograr con este texto? Nada. Quiero hacer un objeto de escritura.
La novela esta es la aventura de lograr algo en donde la acción sea la
de escribir. Quiero lograr no querer lograr nada, lo que no es fácil.
El platito tiene una servilleta con el dibujo de una diosa egipcia, la
que da nombre a la confitería. El jarrito del café, ya vacío, está un
poco inclinado, y frente a él, también sobre el platito, hay tres sobrecitos
de edulcorante y tres de azúcar. El dibujito egipcio, en realidad no egipcio
porque mira de frente con los brazos extendidos, también está en el jarrito,
reducido. Dos gotas de café dejaron su huella a los costados de su cabeza.
Debo haber puesto mi boca en la figura de esa diosa antigua, y recién
ahora me doy cuenta, gracias a que escribo los detalles. Espero que no
lo tome a mal. ¿Escribiendo los detalles de las cosas uno descubrirá siempre
algo interesante, alguna de esas pistas ocultas que al revelarse iluminan
lo que vivimos?
La escritura de un diario es como un filtro mágico por el que podemos
hacer pasar el mundo para recuperarlo transformado, más verdadero, porque
lo hemos unido con nuestra sensibilidad. ¿Y el plural? ¿Qué pasa, porque
escribo en plural, me volví loco?
Hice un Flor de Loto que me va a servir como hoja de ruta para esta escritura.
Un Flor de Loto es un ejercicio de creatividad que usan los japoneses
y que permite explorar ordenadamente las posibilidades o variantes de
algo. Es nada más que una sistematización de las conexiones pensables
por uno, o por un grupo de trabajo. Su virtud es que ese mapa interno
inconsciente e inexpresado se vuelca en un papel. Si uno hiciera dos o
tres flores de loto por día y guardara los papeles en una carpetita, a
esa carpetita le podría poner una etiqueta que dijera: Mi cerebro.
Flor de Loto no tiene nada que ver con Flor de Pelotudo, aunque sé que
a muchos puede pasarles, como a mí, de sentir una inicial sospecha respecto
de técnicas así. Casi podríamos instituir, como norma, que lo que despierta
sospechas es porque propone una vía demasiado directa de acceso a lo que
se suele querer encontrar más rebuscadamente. Si encontráramos tan rápidamente
lo que estamos empeñados en conseguir tardando, ¿qué haríamos después?
Habría que avanzar. Y por más que creamos que queremos hacerlo, lo cierto
es que hay muchos costos que pagar para hacerlo. Mejor sentir que las
técnicas de creatividad son estúpidas y que uno es más inteligente si
se niega a usarlas. Lo mismo pasa con otros libros directos y claros,
como La Antidieta, Tus zonas erróneas, etc. Heidegger o Virilio son más
seguros, porque guitarrean hasta el infinito y podés estar seguro de que
no vas a tener que vivir nada nuevo. Ahí está. Lo dije.
Cuento once servilletitas de la confitería puestas en mi mesa como parte
del servicio. Un equipo de fútbol de deidades egipcias. |