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2005 "Amor y País. Manual de discusiones".
Ensayo. Buenos Aires, Editorial Sudamericana.

Amor y pais - Click para ampliar"Amor y país. Manual de discusiones" está armado en base a una serie de premisas que contienen puntos de vista fuertes y poco corrientes sobre temas que van desde la política y el poder hasta la historia y la pobreza. Se trata de una reflexión que se propone no transitar los mismos caminos de siempre sino indagar en las ideas que están detrás del telón: esas perspectivas que no aparecen con frecuencia en la discusión pública porque en ella la mayor parte de los participantes están haciéndose los buenos todo el tiempo. Ejemplo de premisas desarrolladas en el libro: La opinión pública descarga la frustración social; El pueblo no existe; Los desaparecidos no son héroes, son víctimas; Lo políticamente correcto es un obstáculo puesto en el camino de lo políticamente útil; Ser pobre no es ser bueno, es ser pobre; El pobrismo es una visión del mundo; Hay que terminar con el melodrama de la dominación; El político debe ser un artista de la sociedad; Para crecer, Argentina debería superar su melancolía; Las ganas de vivir son el punto de apoyo de la mejor política.

 

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Fragmento de "Amor y País":

1. Hacer una sociedad no es un trabajo político, pese a que la política esté involucrada. Si la política no es algo más que la política no vamos para ningún lado.

Me doy cuenta de que el título de este libro es un poco sonso, o de que al menos así debe parecerlo, observado desde la perspectiva grave con la que suele considerarse la situación nacional a la que alude. Pero no es tan sonso como parece: responde a la propuesta de despojar a la tarea de pensarnos del tono pesado y denso que nos aleja de las soluciones posibles, de proponer para ella, por el contrario, la asunción de una cierta ingenuidad de la cual estoy seguro cabe esperar mejores resultados que de las actitudes desencantadas que reproducimos en forma automática.

Si hubiera que identificar un rasgo útil en lo que se llamó durante unos meses “la nueva política” (en un capítulo hablaremos de las limitaciones de tal concepto) creo que habría que apuntar a un cambio de tono. No digo que se trate de un avance que ya haya sucedido, sino que podríamos alentarlo. El término amor, puesto en el contexto de los problemas nacionales, puede tanto llevarnos a desencadenar la retórica arrebatada de quien no sabe qué decir pero se oculta en la exaltación de lugares comunes o puede en cambio permitirnos meter en el pensamiento que se ocupa de las cosas del país otras perspectivas, otros temas, un estilo a la vez más íntimo y verdadero. Hay mucho por ganar si logramos abordar los problemas de nuestra vida común incorporando pensamientos ajenos a la política. No me refiero sólo a trabajos de tipo académico, en donde se producen muchos aportes valiosos que no llegan a destino (ni al destino de la gestión ni al destino de quienes tienen la preocupación de lo que sucede en nuestra sociedad), sino a mil formas de experiencia y búsqueda que la sociedad ha multiplicado en los últimos años y que son parte de su riqueza cotidiana pero no suelen proyectarse sobre la función pública, o que no suelen hacerlo con toda la libertad con que sería deseable que lo hicieran. Hacer una sociedad no es un trabajo político, pese a que la política esté involucrada. Hacer una sociedad (o expresarse una sociedad en la obra de su vivir conjunto) requiere la suma de millones de vidas que buscan su camino al mismo tiempo, entremezclándose.

No es de la rigidez ideológica de donde cabe esperar el brote de una Argentina renovada. Tiene más sentido aludir al amor, a esa energía que sabemos usar y pensar en la intimidad y que no encuentra aun un camino político claro, que aludir al deber. Ese giro necesario es el que quise desarrollar en este libro. Este objetivo hace que el trabajo completo pueda ser observado como un planteo algo inocente, pero en todo caso, ¿no es mejor que un filósofo juegue con las ideas a que reproduzca escepticismo?

Cuando abordamos los problemas de nuestra sociedad desde el punto de vista más habitual solemos insistir sobre un punto necesario pero insuficiente: el valor de las instituciones, la necesidad del acuerdo y la honestidad. Inunda el aire una actitud mezclada de dignidad y reproche, que actúa de manera inmediata como una especie de mancha hielo, congelando tanto al que habla como al que escucha. Ese juego de una moral vieja señala en una dirección que parece adecuada pero que ya no lo es. No es que esos valores no sean correctos, es que si queremos acercarnos a ellos tenemos que pensarlos de otra forma, expresarlos de otra manera, y ponerlos en escena también a través de acciones distintas. Y abandonar esas voces cargadas de sombría seriedad, ese hábito de indignación y astucia crítica, de sospecha y reclamo eterno. La nueva política, si debe significar algo, sería bueno que señalara el necesario cambio de estilo. Con él muchas pequeñas modificaciones se volverían también posibles.

 

 

 

 
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