
"Ganas de vivir. La filosofía del entusiasmo".
Es una recopilación de principios existenciales orientadores.
Piensa la vida real, concreta, nuestra, la aventura de ser una persona
y tratar de entender qué es eso, cómo se vive, de
qué manera puede hacerse una experiencia fluida y plena de
la existencia.
¿Autoayuda? Autoayuda inteligente, decíamos
en la editorial, jodiendo un poco. Es más bien "filosofía
existencial", pensamiento cercano a la vida, que examina los
problemas, los escenarios, los deseos, tratando de producir comprensión
y orientación.
Cuando uno entiende se orienta y se destraba. Asi,
puede avanzar. El entusiasmo es esa posición de vida libre,
excitada, llena de ganas, capaz de encontrar un mundo lleno de riquezas
y posibilidades. Este libro aspira a producir libertad en sus lectores.
Es un pensamiento que se ejercita en la des neurotización,
en el atrevimiento y la alegría, que intenta construir una
posición sólida para poder tomar las decisiones que
deben tomarse, superando el estancamiento, el temor, las paralisis
habituales.
Es un libro que recopila premisas, ideas, formulaciones
que son como mis conclusiones de vida, principios que han sido útiles
para mi y espero lo sean también para quienes lo lean.
¡Espero que les guste!
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Fragmento
de "Ganas de vivir":
Trabajar es sensacional
No me refiero sólo a tener trabajo, digamos,
a tener la seguridad de una entrada regular (cosa que es por supuesto
importantísima), sino a que en el trabajo tenemos la oportunidad
de desarrollar nuestro valor, de agregar incluso cualidades a las
cualidades de base con las que partimos (y sin las cuales no habría
habido nunca trabajo posible para nosotros). Estoy seguro de que
muchos que tienen dificultad para encontrar trabajo padecen de una
cierta resistencia básica a entregar utilidad, a volverse
útiles, de manera que cada oportunidad que se les presenta
se ve abortada por ese fondo de obstinación, que les hace
sentir que cualquier prestación tenga el sentido del sometimiento.
Es un tema delicado, lo sé. Muchos deben estar
leyendo el inicio de este desarrollo con la idea de que estoy sosteniendo
que no trabaja el que no quiere, y que en realidad quiero presentar
a la pobreza como pura responsabilidad del pobre que se resiste
a generar riqueza y pasarla mejor en la vida. No es así.
No creo eso. Estoy tratando de describir un fenómeno que
afecta principalmente a personas que tienen tanto la posibilidad
de trabajar como la de no trabajar, digamos, personas en las que
cabe un nivel de elección en la realización de su
destino, o su suerte. En los casos más extremos de la sociedad,
las cosas juegan de otra manera. Pero en muchos otros casos, en
la mayoría de ellos, sí puede detectarse como factor
fundamental la diferencia entre, diríamos, engancharse bien
con la capacidad productiva, o no lograr la posición que
la habilita. El que logra productividad lo hace porque quiere servir,
ser útil, aportar algún tipo de riqueza generada por
sí mismo de manera que alguien quiera pagar por ella. El
que no la logra siente probablemente que servir es reducirse, disminuirse
o dejarse usar, con lo cual en vez de volverse cada vez más
capaz de generar y entregar riqueza, hace primar una actitud desafiante
de improductividad, como si el mundo debiera hacerse cargo de uno,
que es tan dignamente humano y que merece por su increíble
valor ser mantenido en condiciones satisfactorias de dignidad y
contento. Se conocen casos de personas que no condescienden a la
productividad a causa de su apabullante superioridad (imaginaria,
claro), a la que el mundo no sabe hacerle un lugar y a la que se
condena injustamente a quedar inexpresada. Seguro…
Lo humano es producir, hacer, generar utilidad. Y
quien tiene ese deseo de producir y de ayudar es paradójicamente
quien más cualidades despliega, quien más entiende
el universo de la producción, y quien logra, con el paso
del tiempo, las mejores posiciones en el mercado laboral. No es
el más abusado, sino el más protagónico. ¿Cuáles
son las mejores posiciones? Las que le permiten a uno desplegar
su capacidad en el campo en el que más significativo le resulta
hacerlo y de ese modo logra un nivel de bienestar económico
consistente.
Lo planteo así porque en general el trabajo
es considerado a partir de la figura de la alienación, como
un tiempo en el que uno renuncia a sí en pos de un pago.
Un tiempo de sacrificio. En ciertas situaciones seguramente debe
ser esa la única opción, pero en la mayoría
de las otras, y hoy en día una característica destacada
de nuestro tiempo es que lo que hace que un trabajo sea valorado
es precisamente que la persona que lo lleva a cabo integre en su
productividad la dimensión de su satisfacción, porque
ella parece hacer surgir un plus diferencial.
Suena feo decirlo tan sencillamente, pero eso no
quiere decir que no sea cierto: el que trabaja sintiéndose
explotado vive apretando el freno, sojuzgado, reproduciendo mentalmente
en cada idea el escenario de una experiencia limitante y enloquecedora,
y no avanza jamás, y tiende a ganar poco y nada; el que trabaja
aplicándose, y entendemos esta aplicación como una
inversión de su propia búsqueda de felicidad en el
campo del trabajo (sea como sea, en la actividad social o en el
tipo de desarrollo productivo), logra ofrecer algo valioso de sí
y ser recompensado más satisfactoriamente.
El trabajo no es el infierno. En el trabajo la gente
está en actitudes activas, y la gente activa es más
linda: allí mostramos nuestro poder de fuego, nuestra capacidad,
nuestro entusiasmo y para qué sirve éste. El trabajo
no es sólo el trabajo, es la aventura de hacer lo que uno
quiere, de inventar, de luchar, de competir, de trabajar en equipos,
de conocerse y compartir. De satisfacerse haciendo cosas. Si logramos
superar la mala prensa que tiene el trabajo podremos captar que
es una actividad que tiene mucho de excitación y de placer,
es un juego de creatividad y ambición, de defensa y ataque,
de resistencia y superación de la resistencia. En el trabajo
uno muestra lo mejor de sí, las capacidades de esfuerzo,
de concentración, el esmero en las tareas, el cuidado. El
trabajo en sí mismo es una especie de amor, tal como lo describimos
en premisas anteriores.
Sé que a muchos esta descripción del trabajo les puede
parecer demasiado positiva, pero es que el trabajo valioso, el trabajo
bien hecho, siempre tiene estas características amorosas.
Hay amor en el trabajo porque el trabajo mismo es, cuando está
bien encarado, una realización personal profunda y uno tiende
a adorar sus realizaciones. Y para terminar de captar la idea en
toda su amplitud, también conviene entender que… |